miércoles, 30 de mayo de 2012

Los Alagones (Maestrazgo)

El Morrón
El pequeño núcleo de Los Alagones, que en 2008 contaba con tan sólo 6 habitantes, es un modesto barrio de Castellote. Aún así, hay algo que no pasa inadvertido a todo aquél que circula por su carretera: la impresionante a la par que curiosa mole rosácea de El Morrón.
A este original fenómeno de la naturaleza, curtido por siglos de erosión, se llega pronto y fácilmente dejando el vehículo a un lado de la carretera.
Imprescindible la foto con El Morrón y un tranquilo vistazo a la panorámica que se divisa en dirección al pantano de Santolea.


Mazaleón (Matarraña)

Echando la mañana
Poéticamente, los árabes lo llamaron manzil ayun ó manzal al'ayun, que significa "parador de fuentes". Los reconquistadores, algo más brutos, no se partieron mucho la cabeza y, como echaron a los moros luchando con mazas y peleando como leones, pues le pusieron Mazaleón como nombre al pueblo. Y así, el blasón de su escudo es un león blandiendo una maza.
El río Matarraña baja tranquilo por estos lares, sobre un curioso cauce rocoso y generalmente con poca agua, aunque sí la suficiente como para abastecer la huerta antes de juntarse con el Ebro en tierras zaragozanas. Sus aguas discurren entre dos colinas: sobre la de la margen izquierda se asienta el casco urbano de Mazaleón; en lo alto de la de la margen derecha se adivina una ermita.
Para visitar Mazaleón, recomiendo dejar el coche a la entrada de la población (al lado del río es un buen lugar pues luego habrá que pasar por ahí). Más que nada porque en estos pueblos pequeños, como no seas de aquí y te lo conozcas más que bien, si te metes puedes acabar encajado en alguna calle estrecha. Por eso, y porque los pueblos hay que verlos andando por sus calles, tocando sus paredes, bebiendo de sus fuentes, hablando con la gente...
Comenzaremos por el peñasco de la margen izquierda, donde una calle empedrada nos sube hasta la plaza del ayuntamiento, en la que aún puede verse parte de la roca donde se asientan los cimientos de la localidad. En la arcada bajo el ayuntamiento se encuentra la cárcel medieval, muy particular porque conserva cepos y algún potro de la época. Pero lo que realmente la hace singular es la colección de grafitis que, en las paredes, hicieron los reos que pasaron por estas dependencias. Visitarla es casi obligatorio; hacerlo no es fácil: en la cerrada puerta no hay un triste papel (nada de información, vamos) con un teléfono o una dirección o un aviso de alguien a quien pedirle que nos deje entrar.
La ruta que propongo continúa recto y, tirando poco a poco hacia la derecha, entre casas de regio abolengo, la pendiente va subiendo hasta lo más alto de Mazaleón donde, entre flores, permanecen los restos de un antiguo castillo, en una plaza con un mirador al río Matarraña y a la otra colina, que luego habrá que subir.
Y, siguiendo el recorrido circular, pronto nos encontramos con la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, cuya fachada extraordinariamente preciosa y monumental es casi imposible sacar entera en una única fotografía (cuando se está allí, en seguida se ve por qué). Desde aquí, ya sólo queda bajar por una empinada cuesta hasta encontrarnos de nuevo con el ayuntamiento. Si necesitamos comprar algo, ahora es el momento pues la tienda que hay en el pasaje tiene de todo: pan, comida, bebida, zapatillas, navajas, cuadros, figuritas que cambian de color según el tiempo que va a hacer...
Volvemos al río Matarraña para situarnos de nuevo entre las dos colinas, bajo el mismo cielo en el que un día San Clemente deshizo milagrosamente un huracán que amenazaba con arrasar todo.
Tomando el camino empedrado subimos hasta la ermita de San Cristóbal a través de un calvario y, desde allí, contemplaremos cómo se distribuyen los edificios de Mazaleón por las laderas de su montaña. Ampliada y reformada en el siglo XVII, las piedras de la ermita rezuman historia; y, tanteando con cuidado, acaso encontremos dos muy especiales, que nos indican los años en los que las riadas se llevaron el puente.
En la parte de atrás de la ermita, y compartiendo nombre con ella, se encuentra al lado de un merendero un yacimiento íbero cuyo actual esqueleto debió ser un gran poblado, allá por los siglos VII y VI a.C.
Los orígenes de Mazaleón se pierden en el tiempo, así que si todavía os queda tiempo en esta mañana que tan bien habréis aprovechado, podéis ir a ver vertigios de pinturas rupestres, o acercaros a otro poblado íbero que hay un poco antes de llegar a Mazaleón, viniendo desde Valdeltormo o Calaceite: el de los Escodines. Eso sí, si ya se ha hecho la hora del vermú (o la de comer, si nos hemos entretenido a gusto)... la decisión es vuestra.














martes, 8 de mayo de 2012

Alfambra (Comunidad de Teruel)

La Roja
Estando situado en el valle del Alfambra, junto al río Alfambra, no es de extrañar que a este pueblo los árabes lo llamaran Alfambra*, que significa "La Roja", debido al color rojizo intenso de las tierras de alrededor. Y si juntamos el río Alfambra (río "rojo") con el Guadalaviar (al que los musulmanes llamaron "río blanco") a la entrada de Teruel, de esta mezcla de colores obtenemos el río Turia (ya de color "normal").
En esta villa se fundó la Orden del Monte Gaudio, a quienes se la donó Alfonso II el Casto en 1174; luego pasó a manos de la Orden de San Juan de Jerusalén y hoy día podemos admirar en su casco urbano alguna casa modernista y el trazado de una línea ferroviaria que se está convirtiendo, poco a poco, en una Vía Verde.
A lo que vamos: nada más aparcar en Alfambra, lo primero que hay que hacer es salir de allí... y subir al cerro rojo que abraza la localidad. El inicio del camino se intuye, y la subida es ya una ancha pista con una parada intermedia antes de llegar arriba del todo: los interesantes restos de una iglesia medieval, que surgen del suelo al que se aferran duramente para que el fuerte viento, cuando llega y sopla, no se lleve al olvido esta Iglesia Alta. Más arriba, es decir, arriba del todo, queda la casi nada de un castillo fortaleza que, por su valor estratégico, amontona un gran curriculum de batallas y ocupaciones desde el siglo XII. De lo que fue, sólo queda un cristo que alguien puso allí en los años 50 del siglo pasado, a falta de alguna idea mejor. Otro cristo, como el de Muniesa, el de Graus... e incluso en Río de Janeiro llegaron a poner otro (lo siento, no soy muy amigo de estas cosas y sigo prefiriendo los restos de una muralla). Tanto desde el cristo como desde la iglesia medieval hay una vista perfecta de la estructura del casco urbano de Alfambra, y cualquiera de ambos puntos es un buen inicio de ruta para (ahora sí) bajar al pueblo y callejear a nuestro aire. Que, por cierto, bien que soplaba la última vez que estuvimos.
Aquí debería acabar mi reseña de Alfambra, pero no va a ser así porque, indagando un poco sobre la localidad (al igual que hago casi siempre con los demás pueblos), me encontré con algo que no me encontré estando allí. Resulta que aquí está el único reloj analemático de Aragón, que es uno de los más grandes de España, y en el que la figura del gnomon se escribe en primera persona. Así que una de dos: o esperáis a que vuelva a Alfambra y os cuente mi aventura "analemática", o vais corriendo a la wikipedia a ver qué rayos significan estas palabrotas. Queda dicho.

(*) Chiste fácil basado en unas líneas de Rafael Andolz.
 




miércoles, 11 de abril de 2012

La Ginebrosa (Bajo Aragón)

Con un par
El enebro es un arbustillo que puede alcanzar el porte de arbolillo, se adapta a csi todo tipo de suelos y es muy resistente a condiciones climáticas duras. Siempre verde, sus frutos son usados en la destilación de licores, principalmente ginebra, la base de los digestivos y refrescantes gintonics. Hasta aquí, la tradicional clase de botánica.
Debido a la gran abundancia de enebros en el término municipal, no es de extrañar que a este pueblo lo llamaran "La Ginebrosa", nombre derivado de la pronunciación "ginebre", que es como se conoce a estos arbolillos en la lengua de tradición oral de la zona: el chapurriao.
La Ginebrosa se ubica entre un par de ríos: el Mezquín y el Bergantes, al que los musulmanes llamaban Algerez. El Bergantes es un río normalmente tranquilo, y uno de los pocos no regulados del Valle del Ebro, así que cuando llega la época de tormentas fuertes se cabrea y arrambla con todo lo que pilla por delante. Aún así, sus aguas son generosas y aplacan la sed de algunos de los campos de La Ginebrosa, de la que (dicen) produce las mejores cerezas de la comarca.
De la muralla que en tiempos protegió la localidad ya sólo se conserva el portal de la Herrería como acceso medieval a una serie de calles alargadas, estrechas, con pasadizos... destacando entre la arquitectura popular su iglesia parroquial. Conforme vamos cruzando el pueblo por las calles intrincadas de la parte más antigua, las casas de piedra nos dirigen, casi sin quererlo, hacia la parte más alta del pueblo: las eras.
En La Ginebrosa hay un par de neveras o "pozos de hielo", donde hasta el siglo pasado se almacenaba la nieve caída durante el invierno para su uso y disfrute el resto del año. Una de estas neveras se halla en una finca particular. A la otra, integrada dentro de la ruta "Las Bóvedas del Frío", se llega desde las eras, bajando por la pista forestal en dirección a la carretera que sigue hacia Aguaviva. El camino está señalizado y, como no siempre está abierto el acceso al interior de la nevera, una buena idea para antes de ir es preguntar en el bar de las piscinas y, si acaso, que os dejen la llave (así también tendréis una buena excusa para, al ir a devolver la llave, echaros alguna cerveza que otra y, según quién esté en la barra, enteraros de las últimas noticias de la zona).
La visita a la nevera merece la pena, por un lado, porque se ha musealizado hace poco con la temática del fin de los pozos de hielo (asunto muy interesante) y, por otro, porque en realidad es una de las últimas neveras de la comarca en abandonarse, pues estuvo en uso hasta el primer tercio del siglo XX. Posiblemente quede alguna persona mayor en el pueblo que aún viera cómo se llenaba de nieve hace 80 ó 90 años.
Esta "Bóveda del frío" se utilizaba básicamente para el abastecimiento comunal, y una vez en la base nos podemos asombrar con un par de cosas que la caracterizan: arriba, una atractiva falsa bóveda de aproximación de hiladas de piedra; y, abajo, los restos del antiguo emparrillado formado por maderos entrecruzados que servían de plataforma aislante para la colocación de la nieve por capas, permitiendo así el agua del deshielo. Hay que verlo, que así contado pierde mucho.
La Ginebrosa cuenta con un par de cosas más en su término municipal: se trata de dos simas, una de las cuales tiene una profundidad de unos 50 m. y unas características similares a la de San Pedro en Oliete. El camino a ellas está sin señalizar (o lo estaba), y un intento de ir a visitarla me lo echó atrás uno delpueblo: "Si no vas con alguien, no la has de encontrar". Imagino que se referiría a "alguien" que supiera dónde está.
Hay una leyenda muy bonita relacionada con estas simas. Cuenta que, al principio de los tiempos, los obreros que estaban construyendo el mundo olvidaron colocar los dos últimos tornillos. Los agujeros donde debían haber ido son estas dos simas de La Ginebrosa.




viernes, 23 de marzo de 2012

Cirujeda (Cuencas Mineras)

Se escribe con Jota
El día que vayáis transitando por la carretera que une Aliaga con Ejulve, contemplando cómo se van regenerando los árboles que un fatídico incendio devoró hace algunos años, seguro que tenéis un hueco para desviaros de la carretera "principal" y acabar en un pequeño pueblecito semioculto en el amplio valle que para marzo debería estar de un verde intenso: Cirujeda.
Si conforme avanzáis entre los campos no divisáis el pueblo no os preocupéis. Valga la redundancia, el río Campos (afluente del Guadalope) os indicará que estáis muy cerca, y la pared vertical rocosa de un pequeño monte os anunciará que ya habéis llegado. Escondido detrás, como si quisiera ocultarse de la civilización, está Cirujeda.
Algo que me gusta de los pueblos pequeños, y más de los que están al final de una carretera, es que generalmente presentan más anécdotas y curiosidades que otros a los que el progreso ha hecho crecer hasta casi hacerles perder su identidad.
En lo alto de la cresta que oculta y protege Cirujeda está la ermita de San Macario, un lugar idóneo donde sentarse relajado a fumarse un cigarro y contemplar el paisaje de bosques, llanos y montañas que rodea la localidad. Abajo, en el casco urbano, una pequeña plaza da acceso al resto del pueblo, en el que destaca la iglesia del siglo XVII.
Parece ser que el nombre del pueblo viene del ciruelo, un árbol a cuyo fruto en algunas partes de Teruel se le conoce como "ciruejos" (ciruelas).
Y la otra cosa curiosa es cómo se escribe el nombre de este pueblo, que parece que hay alguien por ahí que no acaba de decidirse. Hasta 1920 o así el nombre del pueblo fue Cirujeda (con "j"), fecha en la que cambiaron oficialmente su nombre por el de Cirugeda (con "g"), y que le duró hasta 1981, que lo volvieron a cambiar por Cirujeda (con "j" otra vez). Y así hasta hoy.
Así que ya sabéis: Cirujeda se escribe con jota.