Una serie de extrañas sensaciones
El otro día volvíamos del Matarraña y decidimos hacer un poco de turismo por el último tramo del río Martín en la provincia de Teruel. Allí nos topamos con Jatiel.
A la llegada se ve la fértil huerta del río Martín, y unas casitas al fondo de las que sobresale una torre de iglesia.
La entrada al pueblo provoca la salida de casa de una señora que, como en otros muchísimos pueblos de Aragón, con la excusa de regar plantas controla quién llega, dónde va y a hacer qué. Aparcamos en la calle de entrada, con el asfalto levantado por las raíces de los árboles. Es el primer "uy, uy".
Subimos por la calle y las casas dan una sensación de dejadez y abandono que multiplican los "uys". Y, de repente, giramos y aparece una espaciosa plaza con una imponente iglesia que se muestra como dueña y señora de la redolada. Pensamos que la cosa está salvada cuando tenemos que dar un salto hacia atrás del susto que nos pega un edificio completamente fuera de lugar, de estilo-diseño modernista-minimalista-columnero. Imaginamos que sería el ayuntamiento o algo así, y frente a él otro edificio con las paredes llenas de escorchones. Son los últimos "uy, uy, uy".
Y nos vamos bajo la atenta mirada de la señora que nos recibió, que sigue regando las plantas, y con una rara sensación visto lo visto.
Lo que sí nos queda claro es que aquí hace falta una mano de pintura, cuando menos.



El otro día volvíamos del Matarraña y decidimos hacer un poco de turismo por el último tramo del río Martín en la provincia de Teruel. Allí nos topamos con Jatiel.
A la llegada se ve la fértil huerta del río Martín, y unas casitas al fondo de las que sobresale una torre de iglesia.
La entrada al pueblo provoca la salida de casa de una señora que, como en otros muchísimos pueblos de Aragón, con la excusa de regar plantas controla quién llega, dónde va y a hacer qué. Aparcamos en la calle de entrada, con el asfalto levantado por las raíces de los árboles. Es el primer "uy, uy".
Subimos por la calle y las casas dan una sensación de dejadez y abandono que multiplican los "uys". Y, de repente, giramos y aparece una espaciosa plaza con una imponente iglesia que se muestra como dueña y señora de la redolada. Pensamos que la cosa está salvada cuando tenemos que dar un salto hacia atrás del susto que nos pega un edificio completamente fuera de lugar, de estilo-diseño modernista-minimalista-columnero. Imaginamos que sería el ayuntamiento o algo así, y frente a él otro edificio con las paredes llenas de escorchones. Son los últimos "uy, uy, uy".
Y nos vamos bajo la atenta mirada de la señora que nos recibió, que sigue regando las plantas, y con una rara sensación visto lo visto.
Lo que sí nos queda claro es que aquí hace falta una mano de pintura, cuando menos.


