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jueves, 14 de abril de 2011

La Cañada de Verich (Bajo Aragón)

Viva el alcalde
¡Ah, qué cosa más bonita es la democracia, que nos permite elegir políticos de vez en cuando! ¡Y qué bonitas son las subvenciones, que por artes mágicas te dan dinero por la cara!.
Fuera cinismos, la verdad es que admiro a algunas personas que, gracias a su cargo, hacen todo lo posible por su pueblo y por las gentes que en él viven. Conozco varios que han hecho de sus pequeños pueblos turolenses casi perdidos unos lugares en los que se respira vitalidad, ganas de quedarse y seguir adelante.
El momento de escribir estas líneas es época de elecciones municipales (entre otras), y algunos de estos alcaldes turolenses han sabido aprovechar el momento (y todo el tiempo anterior que llevan en el cargo) para poner guapo su pueblo. Así, estos días se han inaugurado tranvías y pantanos, pero también Centros de día, Parques de mayores, centros de interpretación... y se han arreglado calles, fachadas... Olé por estos últimos.
Esto viene a cuento de que, en La Cañada de Verich, además de otras cosas que se irán desvelando poco a poco, se ha hecho un Parque de mayores, un Centro de la Tercera Edad y, en el mismo edificio, el pasado mes de marzo tuve la suerte de asistir a la inauguración del Centro de Interpretación "Molino aceitero de La Cañada de Verich", una rehabilitada almazara del siglo XVIII que estuvo produciendo aceite hasta 1982.
El ambiente festivo rezumó también una atmósfera un poco mágica, en la que la sabiduría de la gente mayor, algunos de los cuales habían trabajado en el molino, se puso con gusto a disposición de los niños y no tan niños, que señalaban admirados cómo giraban las enormes piedras de moltura, mientras aprendían de primera mano cómo se elabora el aceite, y con los mejores profesores sobre el tema. Algo que nunca podrían aprender tan sólo con un libro de texto.
Cuando vayáis a La Cañada de Verich no dejéis pasar la ocasión de ver este Centro, único en su género en Aragón. Preguntad en el bar (porque, además, hay bar en el pueblo, y eso siempre es un buen aliciente de final de actividades).
Y, ya que os vais a acercar al bar, dad una vuelta por el pueblo. Hay una ermita, un curioso peirón al lado de una fuente, un lavadero rehabilitado, calles que invitan a un andar lento, la plaza de la iglesia, con el edificio que hace de Ayuntamiento (creo) y bar, con una curiosa calavera en el dintel de una de las piedras sillares que rodean la puerta de lo que en tiempo fueron las escuelas... Ah, y si la iglesia está abierta entrad a ver un cristo colgado con cuerdas en medio de la estancia. Ahí queda eso.
Como alguien os habrá acompañado al Molino Aceitero, o bien tendréis que devolver las llaves en el bar, preguntad también por la nevera.
La rehabilitada nevera está a unos 10 minutos andando, un poco en las afueras y por un paseo agradable, y pertenece a la ruta temática "Las bóvedas del frío". Este antiguo pozo de hielo almacenó y comercializó nieve entre los siglos XVII y XIX, y está incluido en los depósitos de gran capacidad que se construyeron en el territorio bajoaragonés durante la Edad Moderna.
El acceso actual que se ha practicado para facilitar la visita es a través de un túnel al más puro estilo Indiana Jones, y desemboca en lo que es la nevera en sí: un enorme espacio de planta circular de unos 8 metros de diámetro y con la abertura superior de lo que era la entrada original allá arriba, a casi 9 metros del suelo.Es impresionante, y con una acústica cuasiperfecta que invita a gritar chorradas como si tuviéramos diez años.
Sobre todo, cerrad bien la puerta cuando os vayáis y devolved la llave.
Cuando os alejéis de La Cañada de Verich, no os olvidéis de despediros con la mano del pueblo, por el buen rato que a buen seguro os habrá hecho pasar, y por lo mucho que os habrá enseñado. Y tened cuidado con la carretera estrecha y las curvas traicioneras. A ver si con otra subvención se puede mejorar el acceso...

Dedicado al abuelo que, entre amenas y divertidas batallitas, contó que su hermano y él fundaron/abrieron el bar "Cafetería de Verich", en Zaragoza, por el que casualmente paso todos los días al estar cerca de casa. ¡Cuántas veces me habré preguntado de dónde había salido la palabra "Verich"!.

Nota informativa para evitar malentendidos: No sé de que partido político es el alcalde de La Cañada de Verich. Ni me importa.



martes, 29 de marzo de 2011

Ráfales (Matarraña)

Recomendado para todos los públicos
Metido por ahí, por en medio de la Comarca del Matarraña, está Ráfales, un pueblo cercano al cauce del río Tastavins.
Aunque parezca un poco perdido, lo que puede dar lugar a pensar que está algo olvidado y dejado de la mano de Dios, la verdad es todo lo contrario. No es extraño que a los de Ráfales los llamen "raboses" (zorros), sin duda por la astucia y perspicacia con que levantaron, hace mucho mucho tiempo, este magnífico y acogedor pueblo.
Hay lugares enclavados en un entorno natural especial, hay lugares cargados de historia y patrimonio, hay lugares en los que se aprenden cosas, hay lugares hechos a propósito para relajarse y olvidarse del mundo por un tiempo, hay lugares donde se puede disfrutar de una excelente gastronomía, hay lugares donde se pueden practicar deportes de riesgo... creo que Ráfales lo tiene todo. O casi todo.
Si os gustan los paseos, un recorrido circular por los Estrets nos mostrará el paisaje típico del Matarraña, con su densa masa forestal, sus campos trabajados y sus masías desperdigadas. La ruta de los estrechos presenta rincones curiosos, no falta el agua en sus acequias y balsas, y sólo nos lleva unas tres o cuatro horas.
Algo más corto y tranquilo puede ser dar una vuelta por sus alrededores y visitar alguna de sus fuentes, claro.
Ráfales presenta una estructura de tipo medieval, con casas de piedra, como en muchos de los pueblos del Matarraña. Me cuentan que en tiempos "hubo un castillo aquí, pero ahora no quedan ni los cimientos. A la que te das un par de vueltas por el pueblo puedes ver dónde han ido a parar muchas de las piedras del castillo: a las paredes de las casas. Al fin y al cabo, el castillo tuvo su utilidad hasta el final".
El conjunto de los arcos bajo el ayuntamiento, la iglesia, los porches, la plaza con su fuente y esa fachada con el reloj de sol al que es imposible no fotografiar nos llevan a una época de mercados en las calles, de artesanos, de animales de carga regresando de los campos y de bullicio.
Precisamente bajo estos arcos del ayuntamiento, que en época medieval hacían las veces de lonja, se encuentra una antigua cárcel, enmarcada dentro de la "Ruta de las Cárceles del Bajo Aragón/Matarraña", que ha sido recientemente musealizada y a la que os aconsejo acercaros. Las luces y una locución teatralizada nos cuenta quién iba a parar aquí y cómo se las malapañaba. A algunos os gustará la historia, y a otros la ambientación y el lugar os pondrá los pelos de punta.
Algo más tranquilo es darse un paseo por el extenso jardín botánico, casi siempre cuidadosamente atendido, y donde podremos encontrar una gran variedad de plantas, con un panel explicativo de cada una. Tanto los mayores como los más pequeños aprenderéis aquí cosas curiosas sobre ellas: para qué se usan sus maderas, qué enfermedades curan sus hojas, por qué tienen colores llamativos, cuáles ahuyentan los mosquitos... Eso sí, no esperéis encontraros todas las plantas crecidas y florecidas a la vez; cada una lleva su marcha.
Otra oferta cultural que nos ofrece Ráfales es la visita al pequeño pero interesante Museo del aceite que se encuentra en el Molí de l'Hereu, un acogedor hotel que es una antigua almazara del siglo XVIII rehabilitada para pasar un fin de semana tranquilo, descansar y solazaros todo lo que queráis y más, pues el spa ya lleva funcionando algunos años.
La gastronomía de Ráfales (la que a mí me gusta) la encontraréis en el bar de la plaza; un bar tipo al que ya he comentado en muchas otras historias: de pueblo, normal, de los de toda la vida, donde todo el mundo se conoce, con una barra un poco triste y mesas propensas a la partida. Aquí he visto cosas que no creeríais... atacar naves en llamas más allá de Orión, untar un la cabeza de un tordo asado en la yema de un huevo frito y, de un bocado, comerse esa cabeza con sus ojitos y su pico chorreantes... ante la mirada atónita de un boquiabierto señor de Barcelona que sólo había pedido un café para almorzar. Excelente comida casera, vamos.
Y, por último, a todos aquellos a los que os gusten las actividades de riesgo, os recomiendo que os paséis allá para noviembre por la Feria de Ráfales, a echaros un orujo recién salido del alambique que ponen en la plaza y que, gota a gota, se pega todo el día destilando.

Dedicado a JL Roda, el forestal, una mezcla de vikingo y del gigantón de Harry Potter; buena gente.
Y también dedicado a Gaudi, otro friki de Blade Runner.


lunes, 4 de octubre de 2010

La Fresneda (Matarraña)

El poder de un conjunto histórico
Os sugiero poneros como obligación ir a La Fresneda al menos una vez al año. Las razones son muchas; yo sólo os voy a contar algunas.
Dejad el coche al lado de las piscinas y enfilad la ancha calle que lleva al casco urbano. Pero eso sí, hacedlo con las manos en los bolsillos (o, mejor aún, en la espalda) y caminad lentamente, a paso de pastor. Sin prisa alguna. Dejando que sean las calles las que os guíen.
Echadle un vistazo a la fachada de la iglesia; alcahuetead por El Convent (un enorme convento que ahora es un hotel-restaurante); entrad en el Palacio de La Encomienda si la puerta está abierta (realmente fue un palacio) y llevaos alguna garrafa del mejor aceite de la zona; en la carnicería de enfrente podréis comprar un cabrito delicioso... y que vuestros pasos os vayan llevando hacia la plaza del Ayuntamiento. Pero no lo hagáis por la calzada, sino por la preciosa bajocubierta que, en algunos tramos aún conserva el azulete de años atrás y, en las callejuelas que de ella salen, todavía están suspendidas de unos maderos unas ancianas escaleras usadas para coger la oliva o la almendra, y que todavía cumplen su función.
Cuando lleguéis a la plaza del Ayuntamiento, poneos en medio y girad poco a poco 360º para contemplar un pueblo hecho de piedra: el portal, los tintes renacentistas del algunas partes del ayuntamiento, los arcos que abrazan las puertas de madera... y algún coche. Porque, todo hay que decirlo, en esta plaza siempre hay algún coche (debe ser por el poder mágico de este pueblo, y del que hablaremos más adelante).
El Ayuntamiento se puede visitar (para eso es un ayuntamiento), y alberga algo que tendréis pocas ocasiones de ver: dos cárceles medievales. Una era para ricos y otra para pobres. Que os las enseñe la guía porque, la verdad, es muy muy curioso de ver (la oficina de turismo está abajo, en la calle por donde habéis pasado).
Y ahora, ya sí. Coged aliento y tomaos con calma la subida empinada que por calles estrechas y cuidadas os van a llevar a lo alto del pueblo, a esos misteriosos edificios en los que seguramente os habréis fijado al llegar al pueblo: la ermita, el castillo, y como "otra cosa" en medio. La gracia está en ir subiendo por unas calles para bajar luego por otras distintas, así que da igual por dónde empecéis este recorrido "de altura".
Para empezar, el castillo ya no es un castillo. Del antiguo castillo, destruido unas cuantas veces, ya sólo queda un torreón; eso sí, con unas vistas impresionantes de la Comarca del Matarraña que vamos a mantener hasta que bajemos.
Para seguir, la "otra cosa" es el antiguo cementerio, medieval, en el que se conservan unas estelas íberas (¿o celtas?) y, al lado, un aljibe musulmán bajo una gran roca.
El último tramo nos conduce, por un Vía Crucis arreglado, hasta la última loma, desde donde ya realmente se controla todo el Matarraña (podéis ver un montón de pueblos), y donde se levanta la ermita de Santa Bárbara, medio derrumbada tras su reedificación hace cien años, porque las anteriores se las fueron cargando: se cargan una, se construye otra... se la cargan y hacen otra... se la cargan y hacen otra. Así son las guerras.
Aquí arriba podéis estar un buen rato, en la explanada, disfrutando de las vistas, del aire que corre... y del poder, como los Masters del Universo.
Porque habéis de saber que estáis en el centro de un lugar mágico, en el lugar de donde parten líneas de poder hasta el resto de localidades. Y, para describiros este mundo friki (que tiene su encanto), os transcribo la sinopsis del libro de Jesús Avila Granados titulado "Matarraña insólito":
El elevado factor religioso de estos pueblos, desde el Neolítico y la Edad del Bronce, se pone de manifiesto al comprobar la riqueza de enclaves sagrados que hemos podido localizar, repartidos por toda la comarca, enlazados en gran parte a través de “líneas-ley”, que tienen como punto de partida la colina de Santa Bárbara, en la villa de La Fresneda. Son lugares de energía, en donde el visitante puede percibir la fuerza de unas vibraciones relacionadas con el Más Allá. Puntos energéticos que, más tarde, durante los siglos medievales, los magos del Temple y también los perfectos cátaros, supieron recuperar, alzando santuarios en las cimas de montañas sagradas, en la oscuridad y silencio de una gruta natural, o en aislamiento de un valle. Todo ello, y mucho más, ofrece el Matarraña.
Un patrimonio que hemos logrado recuperar del olvido a través de las evidencias, y que espera la llegada de un viajero –no un turista- capaz de captar estas vibraciones.
Así que ya sabéis, si queréis sentir el poder tendréis que ser viajeros, no turistas.
Y, dicho esto, y como se habrá hecho la hora de comer (que, como ya sabréis, es uno de mis mundos frikis), si habéis venido con buena cartera o una visa con fondos os recomiendo hacerlo en el restaurante Matarraña: cocina casera de la zona, ideal para probar cosas deliciosas que no encontraréis en ningún otro sitio (o casi).
Bueno, pues eso, que es un poco caro, pero con tanto poder, tanto poder... bien habrá que darse un homenaje, ¿no?.

Nota: Tenéis más información sobre las líneas de poder o "líneas ley" de La Fresneda en la web de la revista "Más allá".

A Sara, Paco, Añón, Toñito, Ramón, Bernardo... un poco brutos, pero muy buena gente.




jueves, 27 de agosto de 2009

Jaganta (Bajo Aragón)

El molino de aceite
Jaganta es un pueblecito de unos 50 habitantes, perteneciente al municipio de Las Parras de Castellote. Es un pueblo simpático y tranquilo, y que tiene un molino de aceite construido y utilizado desde el siglo XVII. Actualmente no está en uso (lógicamente), sino que se conserva como una especie de museo.
Si preguntáis por el pueblo, os dirán a quién podéis acudir para que os lo enseñe. Y a buen seguro que la señora dejará todo lo que esté haciendo para acompañaros, enseñároslo y explicaros cómo funcionaba, para qué servían los distintos utensilios que allí hay, y daros alguna teoría de cómo rayos debieron, en aquellos tiempos, meter la prensa de eje: una viga monumental, impresionante. La más grande de todas, y perteneciente a la tipología más antigua que se pueda encontrar en todo Aragón.
Y, lo que es mejor, a la señora le encantará contaros todo esto porque lo vivivió y, cada vez que lo enseña, se llena de satisfacción al recordarlo. Es muy posible que también os revele alguna anécdota curiosa... vale la pena visitar el molino.
Justo al lado hay un antiguo lavadero al que, hoy día, todavía van las mujeres a lavar la ropa, algo raro de contemplar en estos tiempos que corren.