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martes, 30 de diciembre de 2014

Ariño (Andorra - Sierra de Arcos)

Un paseo por la prehistoria y por el patrimonio hidráulico
Cosas de las cosas, hace un rato han desfilado ante mis ojos unas fotos de barrancos, con sus ríos, y me han recordado una excursión que hicimos hace algunos años por Ariño, por el Parque Cultural del Río Martín.
Aunque luego he visto que, oficialmente, ahora esta ruta empieza desde el mismo Ariño, en su momento nosotros la comenzamos desde casi el principio del cañón, dejando el coche en una pequeña explanada, un soleado día de finales de octubre.
El sendero, bien marcado, nos lleva en su primer tramo por unas paredes de arenisca en las que se habían formado una especie de cuevas que, por las pinturas rupestres que en algunas había, debieron de servir de cobijo a alguien hace muchos, muchos años. Y, por otro tipo de marcas, algunas también debieron de servir de escondite hace no tantos.
Esta primera parte del paseo nos deja en una explanada junto a las aguas del río Martín, donde se ha habilitado un merendero. es un sitio curioso, dentro del barranco, pues aquí también han aprovechado algunas covachas, en este caso para parideras de algún que otro rebaño de ovejas, corderos, cabras…
Aquí acaba la Prehistoria y, tras cruzar una pasarela, comienza una parte de la Edad Contemporánea.
Una brusca subida nos coloca junto a una canalización de agua y un acondicionado sendero a su lado, unas veces en forma de apañado camino, otras en forma de escaleras, y otras como tramos excavados en roca, a los que ha sido necesario colocar una sirva de seguridad. Las vistas del barranco siguen siendo magníficas y, ya al final, se divisa nuestra meta: una blanca construcción de la que aún tengo dudas de si se trata de una minicentral eléctrica (quieren verse algunos postes de distribución) o un molino (más improbable, aparentemente).
Así, a lo tonto, aún ha sido una excursión algo larga pero muy satisfactoria, regalándonos unas vistas preciosas y un camino muy llevadero.
Es ahora cuando te das cuenta de que, en realidad, tan sólo has llegado a la mitad del recorrido: queda volver.
Por no volver por el mismo sitio, y porque creímos en ese momento que, una vez alcanzada la carretera que une Ariño con Albalate, el camino iba a ser más corto, emprendimos la vuelta por pista, pista y más pista. Y más pista.Y cuando, al fin, llegamos a la carretera, pues ¡toma carretera!. Y más carretera. Fue una vuelta eterna, así que si algún día se os ocurre hacer este camino, procurad dejar un coche al final del mismo, y otro al principio. Vuestras piernas lo agradecerán.
Cuando mucho tiempo después, decía, llegamos al coche, emprendimos la vuelta a Ariño, con alguna parada: un puente colgante metálico sobre el río Martín, y el Santuario de la Virgen de los Arcos, donde pudimos ver pacer a la familia de Bambi.

Y tras esto, ya sí, a Ariño, al bar de la carretera, a beber la tradicional cerveza de fin de excursión. Y luego, cuesta arriba, ver el pueblo, cuesta abajo, coger el coche… y hasta la próxima.







miércoles, 29 de junio de 2011

Obón (Cuencas Mineras)

In vino veritas
Perdido en lo profundo del Teruel más profundo, una interminable sucesión de curvas nos lleva hasta el pueblo de Obón, enclavado en el Parque Cultural del Río Martín.
Mi padre mencionaba a Obón algunas veces, cuando contaba que, de joven, se juntaban unos cuantos y se iban a comprar vino a Obón (un par de días o tres). El vino de Obón era el típico de aquel entonces por la zona de Lécera y Muniesa: fuerte, recio, peleón. Luego este vino ya lo traían a la bodega de Utrillas y no hacía falta ir a buscarlo (aunque alguien echaría de menos estas escapadas).
Escribir sobre el vino de Obón me trae el recuerdo de esos bocadillos de casi una barra de pan que nos merendábamos de críos: pan bien empapado de vino y un buen puñado de azúcar. No sé por qué ha desaparecido una comida tan sana de la dieta alimentaria infantil...
Así pues, no es de extrañar que en el escudo de Obón aparezca un enorme racimo de uvas (¿un "uvón", acaso?).
En la vuelta que nos dimos por el pueblo prácticamente no nos cruzamos con nadie. Eso sí, por la época que era, la vega del río Martín estaba de ese color verde sano que sólo lo dan las verduras cultivadas como es debido.
Y si alzamos la mirada podremos ver unas formaciones rocosas sobre las cuales, dicen, un enorme carnero se asoma el día de difuntos...

viernes, 3 de junio de 2011

Cortes de Aragón (Cuencas Mineras)

Las ídem
En la última etapa en que tenía que coger regularmente el coche de línea para ir de Utrillas a Zaragoza (y viceversa) el autobús ya no paraba en Muniesa, sino en Cortes, en el bar de al lado de la carretera. Las malas lenguas decían que era porque el conductor obeso no había llegado a un "acuerdo económico" con la señora que regentaba el bar de Muniesa. No sé si sería verdad.
Pocas veces más he podido estar en ese bar después, pues en los últimos años debía llevar un sistema de apertura un poco intermitente. Igual te podías echar una caña y un bocadillo (una vez llegamos a comer allí, y muy bien), como que te lo encontrabas cerrado las siguientes diez veces. Y, a pesar de que me han dicho que hay otro bar en el pueblo, la verdad es que no he sabido encontrarlo.
Para el que a estas alturas ande un poco despistado (normal, con este principio...), decir que Cortes de Aragón es un pequeño pueblo asentado sobre una montañeta, y flanqueado a poca distancia por los ríos Martín y Aguasvivas, siendo punto de entrada a la parte del Parque Cultural del Río Martín en su discurrir por Obón y Alcaine.
Poco más tiene el pueblo, aunque a mí siempre me ha parecido bastante acogedor. Eso sí, con unas pintas de cascar bien el sol en verano y pelarte de frío en invierno... cosa normal, por otra parte, en estas llanuras turolenses a mil metros de altitud.
Por el nombre, siempre había pensado que en algún momento se habían celebrado aquí unas Cortes, así que he buscado algo más de información en la Gran Enciclopedia Aragonesa, y no sólo no me ha solucionado nada sino que además me ha despistado más todavía, pues dice textualmente: "Según la tradición, Cortes de Aragón tomó el nombre del primer parlamento regional celebrado allí tras la expulsión de los moros". Ahora bien, las Cortes de Aragón se crearon en torno al año 1283, durante el reinado de Pedro III el Grande, y en esa época España estaba llena de "moros", que no se fueron hasta que los echaron los Reyes Católicos. Otra cosa sería que ese "primer parlamento regional" equivaliera a una posterior reunión de las Cortes (se reunieron muchas veces) después de que en 1609 Felipe III expulsara a los moriscos. Si alguien me lo explicara mejor...
Nada más que decir tras estos momentos de historia, tan sólo que igual habría que pensar en trasladar la aljafería aquí.



lunes, 25 de abril de 2011

Son del Puerto (Comunidad de Teruel)

Imaginado lugar real
Al igual que en la literatura artúrica aparece el reino de Avalon, Asgard en la mitología nórdica o las célebres crónicas de Cthulhu surgieron de la inquietante mente de H.P. Lovecraft, creo que en mi subconsciente siempre ha estado latente un lugar legendario, rodeado de un aura de misterio. Este lugar, perdido en el Teruel profundo, tiene un nombre: Son del Puerto.
Mi padre era de Las Parras y en algunas ocasiones comentaba que, de joven, iba a Son del Puerto andando o en burro (el transporte público estaba un poco mal, en aquél entonces), bien a por vino, o a fiestas, o a por simiente de algo, o a algún huerto... no sé; el caso es que recuerdo que, en más de una ocasión en la que estábamos por el Chorredero, decía: "Tirando por aquí arriba llegas hasta Son del Puerto", y luego siempre añadía alguna coletilla de algo de allí.
Y yo, que aquella zona me la conocía ya bastante bien, frente al paredón de parideras, dejaba volar mi imaginación pensando cosas como: "Tras atravesar estas corralizas y estas cuevas, oscuras salvo una que tiene entrada de sol, con sus estalactitas y sus estalagmitas, algunas habitadas por familias de murciélagos y otras tan sólo llenas de cagadas de ovejas, se llega a un prado verde y luminoso, con un tranquilo río discurriendo apaciblemente sin saber que, poco más abajo, va a caer en ruidosa cascada; y, más allá, pasada esta Tierra Media, está Son del Puerto...".
Nunca llegué hasta allí.
El tiempo fue implacable con Las Parras y, en mi cabeza, posiblemente Son del Puerto corriera igual o peor suerte. Pero fueron pasando los años, y fueron cambiando algunas cosas; en Las Parras se volvieron a levantar casas caídas y se construyeron otras nuevas, se arreglaron algunas calles... y volví a acordarme de Son del Puerto, y deseé que en este imaginario lugar mío hubiese pasado algo parecido, que si algún día llegaba a ir allí, no me encontrara con cuatro casas en ruinas.
Pues bien, he estado en Son del Puerto, allá donde la solitaria carretera acaba en el barranco del Cubo, y no he encontrado casas en ruinas. Por el contrario, he visto casas y cosas arregladas, un anciano caminando poor la calle, un coche, un cartel informativo de cosas que hacer por la zona, un buzón de correos... un pueblo vivo, en fin.
Había merecido la pena desviarnos de nuestra ruta original pues había visto un sueño cumplido.
Y así, con pena y gloria abandonamos el lugar despidiéndonos de antiguas gentes prehistóricas, de íberos y de romanos que ahora yacían bajo nuestros pies tras haber levantado y consolidado en este territorio una legendaria población en la que, según cuentan algunas crónicas, nace el río Martín.

martes, 29 de marzo de 2011

Ráfales (Matarraña)

Recomendado para todos los públicos
Metido por ahí, por en medio de la Comarca del Matarraña, está Ráfales, un pueblo cercano al cauce del río Tastavins.
Aunque parezca un poco perdido, lo que puede dar lugar a pensar que está algo olvidado y dejado de la mano de Dios, la verdad es todo lo contrario. No es extraño que a los de Ráfales los llamen "raboses" (zorros), sin duda por la astucia y perspicacia con que levantaron, hace mucho mucho tiempo, este magnífico y acogedor pueblo.
Hay lugares enclavados en un entorno natural especial, hay lugares cargados de historia y patrimonio, hay lugares en los que se aprenden cosas, hay lugares hechos a propósito para relajarse y olvidarse del mundo por un tiempo, hay lugares donde se puede disfrutar de una excelente gastronomía, hay lugares donde se pueden practicar deportes de riesgo... creo que Ráfales lo tiene todo. O casi todo.
Si os gustan los paseos, un recorrido circular por los Estrets nos mostrará el paisaje típico del Matarraña, con su densa masa forestal, sus campos trabajados y sus masías desperdigadas. La ruta de los estrechos presenta rincones curiosos, no falta el agua en sus acequias y balsas, y sólo nos lleva unas tres o cuatro horas.
Algo más corto y tranquilo puede ser dar una vuelta por sus alrededores y visitar alguna de sus fuentes, claro.
Ráfales presenta una estructura de tipo medieval, con casas de piedra, como en muchos de los pueblos del Matarraña. Me cuentan que en tiempos "hubo un castillo aquí, pero ahora no quedan ni los cimientos. A la que te das un par de vueltas por el pueblo puedes ver dónde han ido a parar muchas de las piedras del castillo: a las paredes de las casas. Al fin y al cabo, el castillo tuvo su utilidad hasta el final".
El conjunto de los arcos bajo el ayuntamiento, la iglesia, los porches, la plaza con su fuente y esa fachada con el reloj de sol al que es imposible no fotografiar nos llevan a una época de mercados en las calles, de artesanos, de animales de carga regresando de los campos y de bullicio.
Precisamente bajo estos arcos del ayuntamiento, que en época medieval hacían las veces de lonja, se encuentra una antigua cárcel, enmarcada dentro de la "Ruta de las Cárceles del Bajo Aragón/Matarraña", que ha sido recientemente musealizada y a la que os aconsejo acercaros. Las luces y una locución teatralizada nos cuenta quién iba a parar aquí y cómo se las malapañaba. A algunos os gustará la historia, y a otros la ambientación y el lugar os pondrá los pelos de punta.
Algo más tranquilo es darse un paseo por el extenso jardín botánico, casi siempre cuidadosamente atendido, y donde podremos encontrar una gran variedad de plantas, con un panel explicativo de cada una. Tanto los mayores como los más pequeños aprenderéis aquí cosas curiosas sobre ellas: para qué se usan sus maderas, qué enfermedades curan sus hojas, por qué tienen colores llamativos, cuáles ahuyentan los mosquitos... Eso sí, no esperéis encontraros todas las plantas crecidas y florecidas a la vez; cada una lleva su marcha.
Otra oferta cultural que nos ofrece Ráfales es la visita al pequeño pero interesante Museo del aceite que se encuentra en el Molí de l'Hereu, un acogedor hotel que es una antigua almazara del siglo XVIII rehabilitada para pasar un fin de semana tranquilo, descansar y solazaros todo lo que queráis y más, pues el spa ya lleva funcionando algunos años.
La gastronomía de Ráfales (la que a mí me gusta) la encontraréis en el bar de la plaza; un bar tipo al que ya he comentado en muchas otras historias: de pueblo, normal, de los de toda la vida, donde todo el mundo se conoce, con una barra un poco triste y mesas propensas a la partida. Aquí he visto cosas que no creeríais... atacar naves en llamas más allá de Orión, untar un la cabeza de un tordo asado en la yema de un huevo frito y, de un bocado, comerse esa cabeza con sus ojitos y su pico chorreantes... ante la mirada atónita de un boquiabierto señor de Barcelona que sólo había pedido un café para almorzar. Excelente comida casera, vamos.
Y, por último, a todos aquellos a los que os gusten las actividades de riesgo, os recomiendo que os paséis allá para noviembre por la Feria de Ráfales, a echaros un orujo recién salido del alambique que ponen en la plaza y que, gota a gota, se pega todo el día destilando.

Dedicado a JL Roda, el forestal, una mezcla de vikingo y del gigantón de Harry Potter; buena gente.
Y también dedicado a Gaudi, otro friki de Blade Runner.


miércoles, 9 de marzo de 2011

Castelnou (Bajo Martín)

Aquí no hay playa
La verdad es que ubiqué Castelnou hace unos pocos años. Hasta entonces, no sé por qué, mi ignorancia hacía que las (pocas) veces que oía el nombre de este pueblo lo localizara automáticamente en la costa mediterránea, como Peñíscola o Salou. Ya veis. Y, un buen día, no sé cómo, voy y me lo encuentro en la provincia de Teruel. Y, lo que es más gordo, en la ribera del río Martín.
Vamos, que había que ir pero ya, tras tanto tiempo de estar en la inopia.
Para llegar a Castelnou hay que estar atento a la carretera, pues el pueblo está enclavado en un barranco que lo esconde y lo protege.
El único acceso al pueblo es atravesando un formidable y estrecho puente de piedra. Si lo hacéis poco a poco, os será fácil imaginar que, al llegar al otro extremo, se os pueda aparecer un soldado medieval que, con un golpe de lanza en el suelo y protegiéndose con el escudo, os pida a voz en grito que le deis el santo y seña para poder pasar. Es un puente fantástico.
La pequeña población os recibirá con un agradable jardín y, a estas alturas, imagino que también con un arreglado entorno, pues el año que estuve había varias obras en marcha. Como estas obras incluían el arreglo de la ribera del río Martín (o esa impresión me dio), es muy posible que estas tierras por las que anduvo San Valero (dicen) ahora ya tengan playa, aunque sea pequeña, aunque sea de piedra, aunque sea de poca agua... junto al río Martín.
Y, como ya sabéis que en Teruel el pueblo de cada uno tiene que tener algo que lo distinga de los otros, ya sea lo más o lo menos, pues sabed que Castelnou es el pueblo turolense situado a menor altitud: 201 metros.


viernes, 4 de marzo de 2011

Martín del Río (Cuencas Mineras)

De viejos ríos, plazas nuevas y pórticos espeluznantes
Como es de suponer, Martín del Río es la localidad que da nombre al famoso río Martín, el que aguas abajo forma espectaculares cañones en un territorio protegido al que se le denomina "Parque Cultural del Río Martín". Lo que quizás es menos conocido es que este río no nace aquí, sino que se viene de las aguas que bajan de Vivel del Río (pocas) y de Las Parras (muchas). Pero, en fin, aquí se juntan y este es un buen lugar para darles nombre.
Yo me baña en sus aguas cuando era más pequeño (mucho, mucho más pequeño), con un neumático de tractor, en una época en la que el agua que corría llenaba sobradamente todo el cauce, e incluso más en algunas ocasiones.
Pasada la época infantil llegó la de bajar todos los años para fiestas (eso sí que eran fiestas) y, dicho sea de paso, para llevar el pescado regularmente, pero eso es otra historia.
En todas las ocasiones en las que he estado en Martín he intentado encontrar un momento para ponerme frente a la puerta de la iglesia y contemplar la fachada. La calle es estrecha y te obliga a mirarla de cerca, a meterte en el pórtico y saludar a un bravo personaje a caballo que en algún momento de su historia perdió la cabeza. Y que te obliga a bajar la mirada poco a poco por sus columnas hasta llegar a una base arenisca que el tiempo, el viento y el agua ha ido modelando, dejando suaves curvas de deterioro, y confiriendo al conjunto una belleza que siempre me ha parecido un poco tétrica, con ese viejo color gris-verdoso-marrón.
Siempre me preguntaba cuánto iban a durar las cantareras allí arriba, antes de que la erosión de la base las hiciera caer.
También sabía que no lo vería.
Pero este pasado 27 de febrero algo había cambiado. Las cantareras, el caballo con el jinete sin cabeza a sus lomos... no parecían iguales. Bajando la vista, como siempre, encontré la respuesta: habían empezado a arreglar/restaurar la base de la iglesia, y algún trozo más. Me invadió una gran alegría y entonces vi claramente lo que estaba pasando en el pueblo: en vez de rendirse había apostado fuerte; el espeluznante pórtico iba a seguir allí muchos más años, se arreglaban casas y se construían otras nuevas, modernas, aunque no pegaran ni con cola con el resto del pueblo... si hasta el bar París, un bar que yo creía que ya estaba allí cuando llegaron los íberos (o los romanos, o los árabes) para edificar el pueblo a su alrededor, tenía una fachada pulcramente pintada, con un cartel con su nombre patrocinado por la cerveza Estrella Damm...
Martín del Río había dejado de ser el pueblo que conocí hace treinta años, y se había apuntado al siglo XXI.
Han abierto un restaurante, La Posada, en el que me han dicho que se come muy bien (las dos veces que lo he intentado estaba cerrado), hay un camping en las afueras (muy, muy en las afueras), un parque infantil, y han hecho un ayuntamiento nuevo de cristales y madera junto a una plaza minimalista y poco práctica salvo para fiestas (a mi parecer), lisa y lasa, sin sombras en verano y como pista de patinaje sobre hielo en invierno (la vi por primera vez hará un par de años, una mañana en la que el termómetro del hotel del cruce de Utrillas marcaba 17º bajo cero).
Me alegro por Martín del Río, y espero que sigan haciendo esas fiestas/comidas/lifaras de hermandad en Los Santos. Y que siempre, siempre, siga bajando agua por ese nuestro viejo río.

viernes, 14 de enero de 2011

Villar del Cobo (Sierra de Albarracín)

Pero Gil
Hará ya un par de años estuvimos siguiendo la ruta del Guadalaviar, y paramos un poco en Villar del Cobo, bonito pueblo que (imagino) también debe su nombre a una familia, en este caso a los Fernández de Villar, y en cuya antigua casa se ubica en la actualidad el Ayuntamiento.
Yo soy de los que creen que el Cid existió realmente (hay gente que está con la duda), y que fue un personaje histórico muy singular, un mercenario que igual daba espadazos a moros que a cristianos.
Por el tiempo que estuvo por estas tierras turolenses, una de dos: o le gustaban mucho o es que aquí tenía mucho tajo. Yo me inclino por que fueran las dos cosas. El caso es que esta provincia se la pateó bien, y cuando digo "pateó" no me refiero sólo a que dejara un montón de historias/leyendas por donde pasaba, o su nombre en numerosos pueblos, sino que dejó sus huellas, literalmente, en las rocas de muchos lugares. En concreto, las de las patas de su caballo y las de los caballos de sus huestes.
Una de esas huellas se puede ver en el Barranco Hondo, un cañón que hace el río Guadalaviar por Villar del Cobo, y la historia/leyenda asociada es ésta:
El salto de Pero Gil
Pero Gil era un fiel escudero del Cid. En cierta ocasión fueron sorprendidos por un grupo numeroso de moros, hallándose ambos de pronto en un gran apuro. Para atraérselos y que no le sucediera nada al Cid, Pero Gil clavó espuelas y lanzó su caballo hacia el Barranco Hondo del Guadalaviar. Los perseguidores creían que Pero Gil habría de detenerse pues la profunda quebrada le cortaba el paso. Sin embargo, de un prodigioso salto, jinete y jumento volaron sobre el abismo y cayeron a la otra parte del desfiladero, con tal fuerza que quedaron grabados en la roca los cascos del animal.
Buen caballo, pardiez.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Villarroya de los Pinares (Maestrazgo)

Aguas arábigo-romanas... y otras cosas curiosas
En uno de los muchos valles del Maestrazgo se encuentra Villarroya de los Pinares, un precioso pueblo todavía no explotado por el turismo agresivo (y que dure).
Aquí nace el río Guadalope, uno de los ejes vertebradores de la provincia de Teruel, que acaba mezclándose con las aguas del Ebro a muchos kilómetros de aquí, en tierras caspolinas.
Es curioso el nombre de este río, ya que proviene de una raíz árabe (wad-) y de otra romana (-lupus) y, ya puestos a apurar, parece ser que estos "lupus" (=lobos) no eran animalitos salvajes de estos andurriales, sino que tenían más que ver con las cabezas de lobos que llevaban sobre el casco las legiones romanas que ocuparon esta zona.
Hay una PR que sigue el curso del río y va hasta su nacimiento; si tenéis cualquier cosa mejor que hacer, ahorraos el paseo. El camino discurre por delante de unos corrales con perros cabreados que no paran de ladrar, por trozos de pista por lo que a veces pasan vehículos (lógicamente)... hasta llegar a una obra de hace cuatro días con una manguera, por lo que supusimos que alguien estaría aprovechando para regar. Poco romántico, vamos.
Si realmente queréis disfrutar del Guadalope en Villarroya de los Pinares, lo podéis hacer en el tramo de congosto que va hacia Miravete de la Sierra, y también (¡cómo no!) en la bien cuidada arboleda del propio casco urbano.
Porque este pueblo, que poco a poco sigue renovándose sin atentar contra su entorno, acoge esas plazas, esas casas y esas casonas "de las de toda la vida", como una que, según dicen, tiene tantas puertas y ventanas como días tiene el año.
Cuando vayáis, dad una vuelta por sus ermitas y acercaos al torreón, que la subida es suave y breve, y las vistas del entorno desde aquí hacen reflexionar sobre la dureza de estas tierras, con pueblos encajonados entre alturas de 1.700 metros.
Estos parajes fueron muy frecuentados por el rey aragonés Jaime I el Conquistador, ya que aquí compaginaba la cacería con otras actividades más placenteras, como los escarceos con su amante Berenguela.
Pero volvamos a nuestra época...
Hay más de un bar en Villarroya pero, no sé por qué razón inexplicable, siempre acabamos parando en el de la curva. Y, como ya se ha comentado en otras ocasiones sobre los bares de otros pueblos turolenses, que no os engañe esa barra con un bote solitario de frutos secos y dos boquerones tristes. La última vez, a esas horas jautas que mezclan el guiñote de los que ya han comido con el vermú de los que estamos de viaje, acabó haciéndonos compañía, entre otras viandas, un gran plato de jamón. Bien bueno.

Dedicado al chaval que encontramos en la carretera de Miravete a Aliaga. El coche le había dejado tirado y sin cobertura (para variar), y lo llevamos a Villarroya. Anda, que si te llega a pasar de noche... y en invierno...


lunes, 30 de agosto de 2010

Peñarroya de Tastavins (Matarraña)

Siete novias para siete jóvenes... y otras muchas cosas
Peñarroya de Tastavins es uno de mis pueblos favoritos de la Comarca del Matarraña. Hace poco leí un libro sobre mitos y leyendas de Aragón y me topé con una historia que alguien me contó como verdadera hace unos años, así que me he dicho: "¡Qué joderse! ¡Para leyendas, las nuestras!", y con ella voy a empezar mi relato de este pueblo.
Bueno, pues cuenta la historia/leyenda que, en tiempos de la peste, ésta había diezmado la población castellonense de Villabona, así que visto el panorama siete jóvenes del pueblo se fueron hasta Peñarroya (donde la peste no había hecho tanto estragos) a buscar siete mozas casaderas para llevárselas a su pueblo, casarse con ellas (con el consentimiento de ambas partes) y repoblar el pueblo de niños villabonenses. Esto, parece que no pero tiene su mérito, ya que los jóvenes se arrearon 30 km. a pie para buscarlas, y luego los mismos 30 km. con ellas para volver a casa (recordemos que en Plan -Huesca- fueron algo más listos: les pusieron un autobús, y a esperarlas en la plaza del pueblo).
Como veis, leyendas como "El rapto de las sabinas" y guiones de películas como "Siete novias para siete hermanos" o "Los siete samurais" no son más que burdas copias de lo que aconteció en Peñarroya (eso sí, sin violencia).
El acceso a Peñarroya es con vistas a un hermoso puente sobre el río Tastavins, y nada más cruzarlo aparece el antiguo monasterio Virgen de la Fuente, hoy día reconvertido en bar-restaurante-hotel o algo así, pero que merece la pena visitar, y que da nombre también a la marca de jamones que salen del secadero de este pueblo, y que no tienen nada que envidiar a los de la dehesa extremeña. Os aconsejo volver a casa con uno.
Peñarroya de Tastavins es un pueblo en la ladera de un monte, con sus calles cuesta arriba y sus correspondientes calles cuesta abajo (cuando bajas). Las calles son estrechas, con solera, algunas conservando todavía el azulete en sus fachadas, y nunca sabes qué te va a deparar cuando doblas una esquina.
Tú vas subiendo cara arriba, así, al azar, por una calle cualquiera, y puedes ir a parar frente a una impresionante iglesia barroca del siglo XVIII, o llegar a un cruce de calles frente a una casa con una preciosa balconada plagada de flores (según cuándo vayáis, claro); o encontraros con un antiguo lavadero que sigue cumpliendo su cometido hoy día; o daros de bruces con la puerta de entrada a una antigua cárcel (pedid la llave para visitarla; está dentro de la "Ruta de las cárceles" y la verdad es que por dentro acojona); o mirar cara a cara al tastavinsaurio en la subsede de Dinópolis (esto ya, pagando); o... o, simplemente, pasear por sus calles y casas de piedra, sólo por pasear, porque la vista se os va a ir a los mil y un detalles que hay repartidos por todos los sitios.
Aunque, sin duda, la joya de la corona de Peñarroya de Tastavins ya la habréis visto si habéis venido desde Monroyo: Les Roques del Masmut. Se trata de una formación geológica impresionante, de color rojizo (lo que, en parte, da nombre al pueblo) y que, en una tarde limpia, hace imprescindible llevar encima una cámara de fotos para guardar el maravilloso espectáculo que ofrecen los últimos rayos de sol del atardecer al proyectarse sobre esta mole con el pueblo a sus pies.
Alrededor de esta montaña, para el que le guste, se puede practicar senderismo, escalada... o contemplar la colonia de buitres que anida allí todo el año (eso sí, sin molestar). El entorno merece la pena, como debieron pensar también una comunidad de mujeres budistas que se instalaron en sus proximidades; algunos frikis creen que estas montañas forman parte de una "línea de poder" que surge desde la cercana localidad de La Fresneda.
Y... no os vayáis todavía, que aún hay más: en Peñarroya tenéis también un espacio gótico, casas rurales, centros de interpretación...
Pero, como no todo va a ser turismo deportivo y cultural, si hacéis la visita por la mañana, en una de sus estrechas calles, discreto como él solo y difícil de localizar, está el bar del pueblo: el de casa.
Entrad a almorzar.

A Román. Buena gente.