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viernes, 20 de junio de 2014

Lanzuela (Jiloca)

Un par de huevos fritos
Tras una excursión por la Sierra de Cucalón en la que el tiempo nos había gentilmente respetado, al final no pudo más y todos los avisos que había ido mandando en forma de negros nubarrones y sonoros truenos desembocaron en una buena tormenta. Pero, como digo, ya estábamos a salvo, por lo que en nuestras cabezas sólo había sitio para una cosa: meternos entre pecho y espalda un buen par de huevos fritos que, por otra parte, tan bien nos habíamos ganado.
No encontramos el capricho en Cucalón y, aunque con pocas esperanzas, decidimos entrar en Lanzuela junto con la lluvia que no cesaba.
Situado a unos 1.000 m. de altitud, no es de extrañar que en este pequeño pueblo de 32 habitantes, y final de carretera, para llegar al bar tengas que conocer su patrimonio: el ayuntamiento con su trinquete y la iglesia parroquial de San Julián, barroca. Al lado de ésta está el bar.
Perdón: EL BAR, con mayúsculas, pues nada más entrar los ojos se te van detrás de la barra, donde una enorme pizarra indica que no te vas a ir de ahí con hambre si no quieres. ¡Quién lo iba a decir!. Buenos parroquianos y buen camarero, además. Tras intercambiar cuatro frases, el hombre se pone un delantal y marcha para la cocina todo pito. Y a mí estas cosas me dan mucha confianza.
Así que, mientras fuera seguían cayendo chuzos de punta, Marta y yo nos apretamos los tan esperados huevos fritos con longaniza. Buenísimos.
¡Ah, y un café!.



martes, 28 de agosto de 2012

Tronchón (Maestrazgo)

La Matilde
Fuimos a Tronchón aposta a comer en casa de La Matilde. Tal cual.
Llevábamos ya más de un año rumiando el venir aquí porque nos habían dado muy buenas referencias. Pero, como pasa muchas veces, lo vas dejando, lo vas dejando… Así que un buen día se nos cruzaron los cables y dijimos: "Hala, vamos a comer". Y dicho y hecho, salimos de Zaragoza y nos plantamos en Tronchón.
Llegamos a este pueblo templario, declarado conjunto histórico artístico en 1983, a la hora de comer (ya estaba todo previsto). Dejamos la furgoneta aparcada a la entrada del pueblo (recordad lo que digo siempre de no entrar a los pueblos pequeños con el coche), y fuimos a buscar la casa de la Matilde pensando que, a pesar de no llevar ninguna referencia, en una villa como Tronchón la encontraríamos rápido, ya que esto no es Washington. Efectivamente, pasamos por la plaza de la iglesia y el ayuntamiento, y en seguida vimos en la esquina de un edificio: "Comidas Caseras - Casa Rural Matilde". Otra cosa fue entrar.
Buscando un cartel sobre una puerta que especificara más el acceso, estuvimos un rato dando vueltas a la manzana, oyendo todo el tiempo ruido de cocinas y comensales. Al fin, nos atrevimos a llamar al timbre de una puerta (más que nada, también por preguntar), y tras una cortina se oyó una voz queda: "¿Llamaaan?" (así, estirando la "a" del final). Arriesgándonos a que fuera este el lugar, contestamos: "Sí, veníamos a ver si podíamos comer…". Y hubo suerte, porque la voz volvió con un: "Ah, pues pasen, pasen…". Y pasamos, Vaya, que si pasamos. Un poco más y hasta la cocina.
En los pueblos el tiempo transcurre de distinta forma que en las ajetreadas ciudades. A veces, un minuto esperando a ver qué carta echa tu contrincante al guiñote te parece una eternidad, y otras, los veinte minutos que tardan en atenderte en un restaurante se te pasan volando. Porque te da tiempo a ver la decoración (fotos familiares al lado de un póster de un cuadro de Dalí o un barco en el mar, al lado de una mesa cajonera que ya debía estar ahí cuando hicieron la casa, todo escasamente iluminado con luces que parecían traídas del Ikea…), e incluso da tiempo a ver toda la casa si es que te decides a viajar hasta el baño. Desde luego esta casa, en la que el lado práctico de las cosas se conjuga apelotonadamente con elementos antiguos y modernos, debería estar subvencionada.
Llega una chica y nos suelta una retahíla de platos que hace las delicias de nuestros oídos, todo cocina casera y contundente, y elegimos tres primeros y tres segundos, por probar lo más posible y con la seguridad que nos da ver a una abuela pequeña trajinando de aquí para allá, sin parar, en la cocina y, a ratos, en el enorme comedor. Es la Matilde, nos dice la chica, y que para beber, vino. No hay carta de vinos; sólo hay "vino", y es lo primero que nos trae, afortunadamente acompañado de gaseosa (¡qué invento, la gaseosa!).
A la pobre señora Matilde se le han debido de romper todos los platos, o eso creemos, cuando aparece de nuevo la chica con tres fuentes tipo ensaladera con los primeros "platos". Unos garbanzos con alioli, una menestra de verduras de huerto y no recuerdo qué otro pozal más fueron la presentación de una comida larga, abundante y buenísima, toda ella regada con vino de batalla y gaseosa.
Tras la opípara comida, el café y las copas (que aquí, todo hay que decirlo, sí que flojearon un poco las cosas), hay que esperar tro poco para pagar, pues la señora parece estar más por la labor de dar bien de comer que por la de cobrar.
El colofón lo puso un pequeño cuarto donde la Matilde tenía una pequeña tienda con "de todo", así que obligatoriamente había que salir de allí con el excelente queso de Tronchón. Buenísimo. Tanto, que ya lo menciona Miguel de Cervantes en la segunda parte del Quijote (cap. LXVI), donde Sancho y un lacayo del duque, Tosillos, dan buena cuenta de él.
Así que esta aventura sanchopancesca la voy a terminar con este fragmento del Quijote, como cuña cultural, y animando a que os leáis (entera) esta gran obra:
-(…) y yo voy ahora a Barcelona a llevar un pliego de cartas al virrey, que le envía mi amo. Si vuesa merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajetas de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está durmiendo.
-Quiero el envite -dijo Sancho-, y échese el resto de la cortesía, y escancie el buen Tosillos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias.
-En fin -dijo don Quijote-, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo, y el mayor ignorante de la tierra, pues, no te persuades que este correo es encantado, y este Tosillos contrahecho. Quédate con él, y hártate; que yo me iré adelante poco a poco, esperándote a que vengas.
Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus rajas, y sacando un panecillo, él y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz y compaña despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas, con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porque olía a queso.
Miguel de Cervantes
Don Quijote de la Mancha - Segunda parte - Capítulo LXVI








miércoles, 29 de junio de 2011

Obón (Cuencas Mineras)

In vino veritas
Perdido en lo profundo del Teruel más profundo, una interminable sucesión de curvas nos lleva hasta el pueblo de Obón, enclavado en el Parque Cultural del Río Martín.
Mi padre mencionaba a Obón algunas veces, cuando contaba que, de joven, se juntaban unos cuantos y se iban a comprar vino a Obón (un par de días o tres). El vino de Obón era el típico de aquel entonces por la zona de Lécera y Muniesa: fuerte, recio, peleón. Luego este vino ya lo traían a la bodega de Utrillas y no hacía falta ir a buscarlo (aunque alguien echaría de menos estas escapadas).
Escribir sobre el vino de Obón me trae el recuerdo de esos bocadillos de casi una barra de pan que nos merendábamos de críos: pan bien empapado de vino y un buen puñado de azúcar. No sé por qué ha desaparecido una comida tan sana de la dieta alimentaria infantil...
Así pues, no es de extrañar que en el escudo de Obón aparezca un enorme racimo de uvas (¿un "uvón", acaso?).
En la vuelta que nos dimos por el pueblo prácticamente no nos cruzamos con nadie. Eso sí, por la época que era, la vega del río Martín estaba de ese color verde sano que sólo lo dan las verduras cultivadas como es debido.
Y si alzamos la mirada podremos ver unas formaciones rocosas sobre las cuales, dicen, un enorme carnero se asoma el día de difuntos...

lunes, 27 de junio de 2011

Formiche Alto (Gúdar - Javalambre)

Un agradable paseo
Cuando ya va parece que quiere acabarse la carretera, un bello rincón precede al puente que da entrada a Formiche Alto, un pequeño pueblo a los pies de Sierra Camarena.
Cruzando el otro puente, que en otoño está precioso, pasada la Ermita de Loreto comenzamos un paseo agradable, más o menos señalizado, que poco a poco nos iba subiendo en altura, dándonos cada poco tiempo mejores vistas sobre este valle del Mijares.
Al no tener un objetivo fijo, ni ningún agobio por el tiempo, lo íbamos haciendo al estilo pastor: camino largo, paso corto. El cambio de vegetación, el paso de camino a pista y vuelta a camino y vuelta a pista, una parada para ver un pobre pájaro atrapado en el bajo matorral, otro para respirar el fresco aire puro de noviembre... todo ello, manos a la espalda, nos llevó a una gran corraliza que, aparentemente abandonada por el grado de derrumbe que presentaba, hacía pinta de que todavía se aprovechaba de vez en cuando.
Aquí decidimos que fuera el fin del agradable paseo, pues el fresco aire se estaba convirtiendo en un fuerte viento frío que, por otra parte, nos permitió contemplar unas vistas magníficas, con un cielo azul intenso, bajo el cual, ante nosotros, el tranquilo valle del Mijares seguía su ritmo. Sin prisas.
Y como esta historia sólo puede acabar dejando un buen sabor de boca, en cuanto tengáis ocasión probad la longaniza seca de Formiche. Y, si queréis, luego me lo contáis.


martes, 19 de abril de 2011

Linares de Mora (Gúdar - Javalambre)

De árboles y plantas
Si podéis elegir, la primera vez que vayáis a Linares de Mora hacedlo por la carretera que viene de Valdelinares y Mosqueruela.
En primer lugar, porque a unos 2 Km. antes de llegar tendréis un desvío a la derecha que marca "Pino del Escobón" (o algo así). Es una pista apta para coches que baja 900 m. hasta llegar a un merendero montado en torno a un pino enorme. Ése es el Pino del Escobón, catalogado como "Árbol singular", y que tiene casi 30 m. de altura. Que se dice pronto.
Fundamental hacerse una foto con él, más que nada por el tema de comparativa de tamaños cuando la enseñéis por ahí.
Y en segundo lugar, de vuelta otra vez a la carretera, lo que parecía un llano se torna de pronto en un vertical puerto de bajada. Y el pueblecito que se ve allá abajo, abajo, es Linares de Mora. Bien, pues allá abajo, allá abajo... están a 1.300 m. de altitud. Pensad entonces que vosotros lo estáis viendo desde allá arriba, arriba...
Cuando lleguéis a Linares, dejad el coche en seguida. A la entrada hay un parking donde podréis hacerlo y visitar el pueblo y la ermita andando. Sobre todo, no se os ocurra meter el coche por el pueblo, que vais de turistas forasteros, y se os va a quedar encajado en la primera calle.
Linares de Mora tiene forma de U, con la ermita de Santa Ana al final del calvario, en un lado, y el castillo y la iglesia barroca al otro. Así que preparaos a subir y bajar cuestas.
Eso sí, como siempre, sin prisas. Sólo así podréis parar cuenta de los antiguos portales de acceso a lo que en tiempos fue un sitio amurallado, de las casas encaladas y los tejados rojos, de los aleros... y de sus estrechas calles (menos mal que hemos dejado el coche fuera, ¿verdad?).
Bueno, y como ya habréis supuesto a estas alturas, el nombre de la localidad proviene de que en tiempos debía abundar por aquí la planta del lino. Así que aprovecho para meter una cuña cultural, esta vez de botánica: El lino (Linum usitalissimum) es una planta utilizada desde antiguo como fibra para fabricar tejidos, y sus semillas se usan también con fines terapeúticos y medicinales: laxante, calmante, antiinflamatorio...
Paseando y rebuscando por esas angostas calles arriba y calles abajo deberíais acabar topándoos con el bar del pueblo. Un amplio salón de esos que cuando entras dices: "Ya he encontrado el bar". Aprovechad para echar una caña (o dos, si son pequeñas) y, si tenéis algo de gana, preguntad en la barra, que la gastronomía local no os defraudará; las veces que he caído por aquí he salido más que contento. La última, fuera ya de horas razonables de comer, nos sacaron unas albóndigas caseras con tomate como pelotas de tenis. Deliciosas a las cuatro de la tarde.


martes, 29 de marzo de 2011

Ráfales (Matarraña)

Recomendado para todos los públicos
Metido por ahí, por en medio de la Comarca del Matarraña, está Ráfales, un pueblo cercano al cauce del río Tastavins.
Aunque parezca un poco perdido, lo que puede dar lugar a pensar que está algo olvidado y dejado de la mano de Dios, la verdad es todo lo contrario. No es extraño que a los de Ráfales los llamen "raboses" (zorros), sin duda por la astucia y perspicacia con que levantaron, hace mucho mucho tiempo, este magnífico y acogedor pueblo.
Hay lugares enclavados en un entorno natural especial, hay lugares cargados de historia y patrimonio, hay lugares en los que se aprenden cosas, hay lugares hechos a propósito para relajarse y olvidarse del mundo por un tiempo, hay lugares donde se puede disfrutar de una excelente gastronomía, hay lugares donde se pueden practicar deportes de riesgo... creo que Ráfales lo tiene todo. O casi todo.
Si os gustan los paseos, un recorrido circular por los Estrets nos mostrará el paisaje típico del Matarraña, con su densa masa forestal, sus campos trabajados y sus masías desperdigadas. La ruta de los estrechos presenta rincones curiosos, no falta el agua en sus acequias y balsas, y sólo nos lleva unas tres o cuatro horas.
Algo más corto y tranquilo puede ser dar una vuelta por sus alrededores y visitar alguna de sus fuentes, claro.
Ráfales presenta una estructura de tipo medieval, con casas de piedra, como en muchos de los pueblos del Matarraña. Me cuentan que en tiempos "hubo un castillo aquí, pero ahora no quedan ni los cimientos. A la que te das un par de vueltas por el pueblo puedes ver dónde han ido a parar muchas de las piedras del castillo: a las paredes de las casas. Al fin y al cabo, el castillo tuvo su utilidad hasta el final".
El conjunto de los arcos bajo el ayuntamiento, la iglesia, los porches, la plaza con su fuente y esa fachada con el reloj de sol al que es imposible no fotografiar nos llevan a una época de mercados en las calles, de artesanos, de animales de carga regresando de los campos y de bullicio.
Precisamente bajo estos arcos del ayuntamiento, que en época medieval hacían las veces de lonja, se encuentra una antigua cárcel, enmarcada dentro de la "Ruta de las Cárceles del Bajo Aragón/Matarraña", que ha sido recientemente musealizada y a la que os aconsejo acercaros. Las luces y una locución teatralizada nos cuenta quién iba a parar aquí y cómo se las malapañaba. A algunos os gustará la historia, y a otros la ambientación y el lugar os pondrá los pelos de punta.
Algo más tranquilo es darse un paseo por el extenso jardín botánico, casi siempre cuidadosamente atendido, y donde podremos encontrar una gran variedad de plantas, con un panel explicativo de cada una. Tanto los mayores como los más pequeños aprenderéis aquí cosas curiosas sobre ellas: para qué se usan sus maderas, qué enfermedades curan sus hojas, por qué tienen colores llamativos, cuáles ahuyentan los mosquitos... Eso sí, no esperéis encontraros todas las plantas crecidas y florecidas a la vez; cada una lleva su marcha.
Otra oferta cultural que nos ofrece Ráfales es la visita al pequeño pero interesante Museo del aceite que se encuentra en el Molí de l'Hereu, un acogedor hotel que es una antigua almazara del siglo XVIII rehabilitada para pasar un fin de semana tranquilo, descansar y solazaros todo lo que queráis y más, pues el spa ya lleva funcionando algunos años.
La gastronomía de Ráfales (la que a mí me gusta) la encontraréis en el bar de la plaza; un bar tipo al que ya he comentado en muchas otras historias: de pueblo, normal, de los de toda la vida, donde todo el mundo se conoce, con una barra un poco triste y mesas propensas a la partida. Aquí he visto cosas que no creeríais... atacar naves en llamas más allá de Orión, untar un la cabeza de un tordo asado en la yema de un huevo frito y, de un bocado, comerse esa cabeza con sus ojitos y su pico chorreantes... ante la mirada atónita de un boquiabierto señor de Barcelona que sólo había pedido un café para almorzar. Excelente comida casera, vamos.
Y, por último, a todos aquellos a los que os gusten las actividades de riesgo, os recomiendo que os paséis allá para noviembre por la Feria de Ráfales, a echaros un orujo recién salido del alambique que ponen en la plaza y que, gota a gota, se pega todo el día destilando.

Dedicado a JL Roda, el forestal, una mezcla de vikingo y del gigantón de Harry Potter; buena gente.
Y también dedicado a Gaudi, otro friki de Blade Runner.


martes, 21 de diciembre de 2010

Alloza (Andorra - Sierra de Arcos)

Marchando una de patatas
Una de las veces que estuve en Alloza el cielo gris plomizo pesaba sobre esta tierra en tiempos poblada de almendros (de ahí su nombre árabe) y hoy sustituidos en gran parte por olivos.
Estábamos por cuestiones de trabajo, y llegamos a la cita hora y media antes de lo previsto, así que bajo la amenaza de una tromba de agua dimos una vuelta por las calles del pueblo. No había nadie.
Las calles estrechas nos subieron a la iglesia, con un formidable mirador desde el que se divisaba la Rambla y, allá a lo lejos, una ermita rodeada de cipreses. Seguíamos sin ver a nadie.
Desde aquí sólo podíamos bajar, así que lo hicimos hacia el otro extremo del pueblo. Y, sin quererlo (casi) dimos con el bar.
Y, claro, allí estaba todo el mundo. El bar (¿Gato negro puede que se llamara?) estaba perfectamente organizado: el grupo de al lado de la puerta, de charra con el camarero; el grupo de más al final de la barra, viendo en la tele uno de esos programas estúpidos de por las tardes; y, en la parte de arriba, mesas de gente (abuelos casi todos) jugando al guiñote.
Así que nos echamos una caña y, como ya se nos había hecho la hora, hicimos lo que habíamos venido a hacer y, con las primeras gotas que precedían al chaparrón que se avecinaba, marchamos.
Ahora viene lo bueno, que son esos chascarrillos que tanto me gustan y que quiero compartir acerca de Alloza. Uno me lo había contado uno de Andorra; los otros los he leído investigando un poco:

  • En los años 40 querían hacer en Alloza una central térmica que, finalmente, se hizo en Escatrón (¡cachis!).
  • En la guerra civil decidieron juntarse los de un bando y los de otro para protegerse mutuamente según quién conquistara el pueblo (¡chapó!).
  • En Alloza nació Joaquín Fernando Garay, ni más ni menos. Este hombre fue el que introdujo la patata en España, recibiendo por ello alguna distinción del rey Carlos IV. Pues eso, que sepáis que gracias a uno de Alloza podemos comer papas bravas, tortilla de patatas (los huevos ya los teníamos de antes), patatas rellenas de chorizo (los chorizos también los teníamos, y los seguimos teniendo), puré de patatas, patatas asadas, patatas fritas "El gallo rojo" (no me dan comisión), borrajas con patatas, papas con mojo picón...

lunes, 4 de octubre de 2010

La Fresneda (Matarraña)

El poder de un conjunto histórico
Os sugiero poneros como obligación ir a La Fresneda al menos una vez al año. Las razones son muchas; yo sólo os voy a contar algunas.
Dejad el coche al lado de las piscinas y enfilad la ancha calle que lleva al casco urbano. Pero eso sí, hacedlo con las manos en los bolsillos (o, mejor aún, en la espalda) y caminad lentamente, a paso de pastor. Sin prisa alguna. Dejando que sean las calles las que os guíen.
Echadle un vistazo a la fachada de la iglesia; alcahuetead por El Convent (un enorme convento que ahora es un hotel-restaurante); entrad en el Palacio de La Encomienda si la puerta está abierta (realmente fue un palacio) y llevaos alguna garrafa del mejor aceite de la zona; en la carnicería de enfrente podréis comprar un cabrito delicioso... y que vuestros pasos os vayan llevando hacia la plaza del Ayuntamiento. Pero no lo hagáis por la calzada, sino por la preciosa bajocubierta que, en algunos tramos aún conserva el azulete de años atrás y, en las callejuelas que de ella salen, todavía están suspendidas de unos maderos unas ancianas escaleras usadas para coger la oliva o la almendra, y que todavía cumplen su función.
Cuando lleguéis a la plaza del Ayuntamiento, poneos en medio y girad poco a poco 360º para contemplar un pueblo hecho de piedra: el portal, los tintes renacentistas del algunas partes del ayuntamiento, los arcos que abrazan las puertas de madera... y algún coche. Porque, todo hay que decirlo, en esta plaza siempre hay algún coche (debe ser por el poder mágico de este pueblo, y del que hablaremos más adelante).
El Ayuntamiento se puede visitar (para eso es un ayuntamiento), y alberga algo que tendréis pocas ocasiones de ver: dos cárceles medievales. Una era para ricos y otra para pobres. Que os las enseñe la guía porque, la verdad, es muy muy curioso de ver (la oficina de turismo está abajo, en la calle por donde habéis pasado).
Y ahora, ya sí. Coged aliento y tomaos con calma la subida empinada que por calles estrechas y cuidadas os van a llevar a lo alto del pueblo, a esos misteriosos edificios en los que seguramente os habréis fijado al llegar al pueblo: la ermita, el castillo, y como "otra cosa" en medio. La gracia está en ir subiendo por unas calles para bajar luego por otras distintas, así que da igual por dónde empecéis este recorrido "de altura".
Para empezar, el castillo ya no es un castillo. Del antiguo castillo, destruido unas cuantas veces, ya sólo queda un torreón; eso sí, con unas vistas impresionantes de la Comarca del Matarraña que vamos a mantener hasta que bajemos.
Para seguir, la "otra cosa" es el antiguo cementerio, medieval, en el que se conservan unas estelas íberas (¿o celtas?) y, al lado, un aljibe musulmán bajo una gran roca.
El último tramo nos conduce, por un Vía Crucis arreglado, hasta la última loma, desde donde ya realmente se controla todo el Matarraña (podéis ver un montón de pueblos), y donde se levanta la ermita de Santa Bárbara, medio derrumbada tras su reedificación hace cien años, porque las anteriores se las fueron cargando: se cargan una, se construye otra... se la cargan y hacen otra... se la cargan y hacen otra. Así son las guerras.
Aquí arriba podéis estar un buen rato, en la explanada, disfrutando de las vistas, del aire que corre... y del poder, como los Masters del Universo.
Porque habéis de saber que estáis en el centro de un lugar mágico, en el lugar de donde parten líneas de poder hasta el resto de localidades. Y, para describiros este mundo friki (que tiene su encanto), os transcribo la sinopsis del libro de Jesús Avila Granados titulado "Matarraña insólito":
El elevado factor religioso de estos pueblos, desde el Neolítico y la Edad del Bronce, se pone de manifiesto al comprobar la riqueza de enclaves sagrados que hemos podido localizar, repartidos por toda la comarca, enlazados en gran parte a través de “líneas-ley”, que tienen como punto de partida la colina de Santa Bárbara, en la villa de La Fresneda. Son lugares de energía, en donde el visitante puede percibir la fuerza de unas vibraciones relacionadas con el Más Allá. Puntos energéticos que, más tarde, durante los siglos medievales, los magos del Temple y también los perfectos cátaros, supieron recuperar, alzando santuarios en las cimas de montañas sagradas, en la oscuridad y silencio de una gruta natural, o en aislamiento de un valle. Todo ello, y mucho más, ofrece el Matarraña.
Un patrimonio que hemos logrado recuperar del olvido a través de las evidencias, y que espera la llegada de un viajero –no un turista- capaz de captar estas vibraciones.
Así que ya sabéis, si queréis sentir el poder tendréis que ser viajeros, no turistas.
Y, dicho esto, y como se habrá hecho la hora de comer (que, como ya sabréis, es uno de mis mundos frikis), si habéis venido con buena cartera o una visa con fondos os recomiendo hacerlo en el restaurante Matarraña: cocina casera de la zona, ideal para probar cosas deliciosas que no encontraréis en ningún otro sitio (o casi).
Bueno, pues eso, que es un poco caro, pero con tanto poder, tanto poder... bien habrá que darse un homenaje, ¿no?.

Nota: Tenéis más información sobre las líneas de poder o "líneas ley" de La Fresneda en la web de la revista "Más allá".

A Sara, Paco, Añón, Toñito, Ramón, Bernardo... un poco brutos, pero muy buena gente.