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martes, 30 de diciembre de 2014

Ariño (Andorra - Sierra de Arcos)

Un paseo por la prehistoria y por el patrimonio hidráulico
Cosas de las cosas, hace un rato han desfilado ante mis ojos unas fotos de barrancos, con sus ríos, y me han recordado una excursión que hicimos hace algunos años por Ariño, por el Parque Cultural del Río Martín.
Aunque luego he visto que, oficialmente, ahora esta ruta empieza desde el mismo Ariño, en su momento nosotros la comenzamos desde casi el principio del cañón, dejando el coche en una pequeña explanada, un soleado día de finales de octubre.
El sendero, bien marcado, nos lleva en su primer tramo por unas paredes de arenisca en las que se habían formado una especie de cuevas que, por las pinturas rupestres que en algunas había, debieron de servir de cobijo a alguien hace muchos, muchos años. Y, por otro tipo de marcas, algunas también debieron de servir de escondite hace no tantos.
Esta primera parte del paseo nos deja en una explanada junto a las aguas del río Martín, donde se ha habilitado un merendero. es un sitio curioso, dentro del barranco, pues aquí también han aprovechado algunas covachas, en este caso para parideras de algún que otro rebaño de ovejas, corderos, cabras…
Aquí acaba la Prehistoria y, tras cruzar una pasarela, comienza una parte de la Edad Contemporánea.
Una brusca subida nos coloca junto a una canalización de agua y un acondicionado sendero a su lado, unas veces en forma de apañado camino, otras en forma de escaleras, y otras como tramos excavados en roca, a los que ha sido necesario colocar una sirva de seguridad. Las vistas del barranco siguen siendo magníficas y, ya al final, se divisa nuestra meta: una blanca construcción de la que aún tengo dudas de si se trata de una minicentral eléctrica (quieren verse algunos postes de distribución) o un molino (más improbable, aparentemente).
Así, a lo tonto, aún ha sido una excursión algo larga pero muy satisfactoria, regalándonos unas vistas preciosas y un camino muy llevadero.
Es ahora cuando te das cuenta de que, en realidad, tan sólo has llegado a la mitad del recorrido: queda volver.
Por no volver por el mismo sitio, y porque creímos en ese momento que, una vez alcanzada la carretera que une Ariño con Albalate, el camino iba a ser más corto, emprendimos la vuelta por pista, pista y más pista. Y más pista.Y cuando, al fin, llegamos a la carretera, pues ¡toma carretera!. Y más carretera. Fue una vuelta eterna, así que si algún día se os ocurre hacer este camino, procurad dejar un coche al final del mismo, y otro al principio. Vuestras piernas lo agradecerán.
Cuando mucho tiempo después, decía, llegamos al coche, emprendimos la vuelta a Ariño, con alguna parada: un puente colgante metálico sobre el río Martín, y el Santuario de la Virgen de los Arcos, donde pudimos ver pacer a la familia de Bambi.

Y tras esto, ya sí, a Ariño, al bar de la carretera, a beber la tradicional cerveza de fin de excursión. Y luego, cuesta arriba, ver el pueblo, cuesta abajo, coger el coche… y hasta la próxima.







lunes, 16 de junio de 2014

Bronchales (Sierra de Albarracín)

Organizando un fin de semana
Permitidme, en esta ocasión, hacer un poco de cicerone pues la propuesta es pasar un fin de semana tranquilo pero ocupado, en contacto con la naturaleza pero en un núcleo urbano con servicios y, como siempre, en nuestra querida provincia de Teruel, esa gran desconocida (aunque cada vez menos, afortunadamente).
Así que vayámonos a Bronchales, un pequeño pueblo de la Sierra de Albarracín, en pleno Sistema Ibérico, a 1.569 m. sobre el nivel del mar (llevaos algo de abrigo, aunque sea verano) y en medio de uno de los pinares más densos y más bonitos de la península ibérica. Vamos allá.

Viernes tarde/noche: Llegada
En Bronchales hay unas cuantas casas de turismo rural, un hotel y un hostal (al menos). Nosotros estuvimos en el hostal Isabel: trato familiar, comida casera, unas habitaciones normales (total, para dormir y ducharte…), bar en la parte de abajo, y precio muy asequible.
Si llegáis por la tarde-noche, y más en uno de esos días cortos en los que se hace de noche enseguida, no haréis ya gran cosa: aposentaros, dar una vuelta por el pueblo (tranquilos, hay bares), cenar y poco más.
Si, por el contrario, lleváis pensado llegar a primera hora de la tarde, antes de entrar a Bronchales veréis un desvío a mano derecha que os lleva, por una pista accesible para todo tipo de ven´culos, a un singular paraje repleto de celadas, como las llaman por estos lares. Estas "celadas" o "dolinas" (como se denominan en otros sitios) son unos hundimientos de tierra que acaban convirtiéndose, como es el caso, en unos enormes agujeros en el terreno. Podemos adentrarnos, como digo, un buen tramo en el vehículo; luego, es simplemente pasear por entre este curioso fenómeno geológico. Hay que verlo.

Sábado: Excursión y turismo local
El sábado no hay que madrugar. Con levantarse para estar a las 9 o así desayunando, basta. Porque la actividad principal va a ser una excursión a Sierra Alta, uno de los montes más emblemáticos de la zona y buen mirador del entorno.
La mochila se hace pronto: algo de abrigo (a estas altitudes, aunque sea verano no te puedes fiar), algo para picar y/o un bocadillo y algo de agua, aunque en este último caso con llevarse el envase vale, pues en los alrededores de Bronchales hay más de cuarenta fuentes (todas con un buen chorro), y pasaremos por más de cinco.
A la cima de Sierra Alta casi se puede llegar en coche. Ni se os pase por la cabeza esta opción, o echaréis a perder el fin de semana. Hoy el coche queda aparcado para todo el día.
El camino a Sierra Alta arranca desde la parte más alta del pueblo, al lado de la carretera, indicado por un cartel y junto a la fuente del Chorrillo. El sendero, de itinerario circular, está balizado como PR-TE-131 y, aunque poco marcado en algunos tramos, el camino es fácil de seguir si estamos atentos. 
Remontamos el barranco de la Rambla Cavera, pasando por la fuente del Pilar y otra más (¡como para acordarse del nombre de todas!), y al cabo de un rato llegamos al paraje de Las Corralizas, siempre entre pinares. Este curioso prado nos va a permitir tener unas primeras vistas del terreno si hacemos un poco el cabra por entre las blancas rocas que lo delimitan en parte. Este primer tramo es todo verde, todo naturaleza, y si ha llovido hace poco da gusto ver el agua manando a todas caras. Además, la gente que sea aficionada a las setas tendrá un aliciente añadido, pues Bronchales es bien conocido por su excelencia micológica.
Desde Las Corralizas, cruzamos la carretera que va a la Fuente del Canto y a Orihuela y cogemos la pista (o seguimos paralelos a ella, por entre los pinos) que, en suave subida, acaba en unos paneles indicadores que marcan dirección a Fombuena.
Nosotros tiraremos aún un poco más, repecho arriba, hasta llegar a la cima, donde un ajado cartel nos indica que hemos llegado a nuestro destino: la despejada cumbre de Sierra Alta, a 1.856 m. de altitud. Ya sólo nos queda mirar alrededor, admirar la frondosa carraca con el buzón correspondiente y el no menos intrigante árbol seco cercano, sentarnos a picar algo y respirar aire puro el rato que haga falta. Bueno, y si se tercia, echar un cigarro.
Cuando decidamos empezar a volver, descenderemos el último repecho subido, de nuevo hasta el cartel indicador que ya vimos a la subida y, en vez de tirar por la pista de la que vinimos, iremos por el sendero de la derecha, hacia la Fombuena.
Si el sendero de subida era agradable y llevadero, éste lo es más; incluso más bonito. Y, además, ya es todo cuesta abajo. Eso sí, prestad atención a las marcas del camino pues en algunos puntos del denso pinar no es fácil localizarlas.
Este camino de vuelta nos lleva por más fuentes, más pinos, campo abierto… y nos introduce de nuevo en Bronchales por la puerta de atrás, donde se está levantando una urbanización. A falta de una cerveza fresca y una ducha, ya hemos completado la excursión de hoy.
El resto del día, hasta la hora de cenar, lo echaremos dando una vuelta por el pueblo. Podemos comenzar acercándonos hasta el merendero que hay al principio de la rambla, con su río y su fuente de aguas ferruginosas, de esas que echas un trago, pones cara de desagrado, y luego repites. Desde aquí, una senda nos lleva en fuerte subida hasta la parte más alta del pueblo, y bajando hacia la plaza siempre podemos hacer un alto en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, con sus esquinas levantadas con ladrillos rojizos, color que se acentúa al atardecer, cuando los últimos rayos de sol dan directamente sobre la fachada principal.
También podemos visitar la ermita, pero a la cita que no podemos faltar de ninguna de las maneras (y esto hay que apuntarlo bien, y remarcarlo) es a hacerle una visita a Paco, en su nave de Jamones Bronchales. Maja persona, le podéis pedir que os enseñe cómo curamos los jamones en Teruel, según el método tradicional, y que os haga una demostración del proceso si no va muy liado. Los jamones más exquisitos de Aragón que he probado han salido de aquí. Y espero seguir catándolos muchos años más.

Domingo: Turismo de alrededores
Para el último día del fin de semana, algo tranquilo: una pequeña ruta circular en coche rodeando los pinares de Bronchales. Se trata de ver únicamente dos pueblos: Noguera de Albarracín y Orihuela del Tremedal.
En el primero, pequeño, no podremos evitar "jugar" a adivinar fechas y días de la semana fijándonos en el Almanaque de San Román que adorna la fachada principal de su iglesia. No es fácil.
Orihuela del Tremedal es más grande, y aquí sí que podréis echar un buen rato paseando por sus empinadas calles, viendo "la reja más bonita de la Sierra de Albarracín" y, subiendo a la ermita, parar a echar fotos a los ríos de piedras. La ermita del Tremedal es un excelente mirador a la par que un encantador entorno natural.

Pues con esto ya hemos completado un fin de semana diferente: natural, cultural y gastronómico. Ya sólo queda volver a casa con esa sonrisa que se queda en la cara cuando has disfrutado de algo. ¡Buen regreso!.


A Carlos B., que creo que era esto lo que me pidió.






miércoles, 9 de abril de 2014

Alacón (Andorra - Sierra de Arcos)

El barranco del Mortero
Pues dicho y hecho. Aprovechando el miércoles de la cincomarzada en Zaragoza, nos llevamos a dos de los tres sobrinos de excursión. Al barranco del Mortero, que ya lo habíamos dejado en "cosas pendientes".
Una buena previsión, a la larga más que acertada, hizo que comenzáramos la excursión desde la cabeza del barranco, espectacular por sus pinturas (que sólo César decía ver), sus cuevas, el lugar que, en tiempos de lluvias, debía desplomar una hermosa cascada y, en fin... por la belleza misma del rincón en sí.
Desde aquí, la excursión se convierte en un agradable paseo de suave bajada. Poco marcado, el camino no necesita nada pues el propio barranco te va guiando, paso a paso, por las trazas del sendero que discurre parejo al riachuelillo que se debe formar en días de tormenta fuerte.
El barranco es un escenario natural para abrir la imaginación; igual puedes estar en una película del oeste que, expectante, esperar que un animal prehistórico salga de alguna cueva. El entorno es fantástico.
Poco a poco, el barranco del Mortero se va abriendo; las miradas hacia arriba cada vez son menos y el camino pedregoso cada vez es más ancho. Hemos visto todo tipo de rocas, buitres y otros pájaros, César ha visto un fósil, Elena se ha manchado con una oliva madura, y todos nos hemos frotado las manos con las matas de romero que tanto abundan. Toda una experiencia para unos niños que, en la ciudad, pocas o ninguna de estas cosas tienen ocasión de conocer de primera mano.
El regreso nos vuelve a meter en la garganta del barranco; la airera no cesa y cuesta encontrar un lugar recogido donde dar buena cuenta de la comida, pues la excursión nos ha abierto el apetito a todos. Encontrado el lugar, y dando buena cuenta de la tortilla y los embutidos, ya sólo queda subir de nuevo la empinada cuesta que bajamos al llegar. Arriba el viento es aún más fuerte, así que da juego para que los críos y los no tan críos enreden un rato más antes de volver a meternos en el coche.
La siguiente parada es en Lécera, en el bar de la gasolinera, a tomarnos una cocacola, unas fantas y una jarra de cerveza. Que todos nos lo hemos ganado, qué caramba.




jueves, 16 de mayo de 2013

Torremocha de Jiloca (Comunidad de Teruel)

Subida al Pico Palomera
Siguiendo las indicaciones que nos dio un vecino del pueblo, enfilamos la pista que se dirige a los pies de la Sierra Palomera. Al poco nos apareció, a la izquierda y en un agujero, un circuito de karts en plena ebullición competitiva. Y a continuación, un aeropuerto (pequeño, eso sí, como para vuelos ligeros y paramotores). Nos preguntamos quién (y cuándo) había "escondido" esas cosas ahí... lo que estaba claro es que la mañana comenzaba con sorpresas.
La larga pista atraviesa todo el llano y acaba en la ermita de la Virgen del Castillo, lugar de esparcimiento y punto de reunión de los vecinos de Aguatón, Torrelacárcel y Torremocha de Jiloca. El entorno está acondicionado con una construcción de obra para hacer brasa, mesas de merendero, y fuente, por si queremos coger agua (cosa recomendable). Más o menos aquí dejamos el coche y, chino chano, tiramos por la pista.
Un primer cruce a escasos metros de la ermita nos señala una PR hacia una tejería. Ese es el camino que NO debemos tomar; hay que seguir por el ramal derecho de la pista, en dirección a nuestro objetivo.
Pasados unos corrales ya medio derrumbados, un cartel nos advierte de que la pista se corta, para vehículos, unos 200 metros más adelante. Pero es de broma: a la que llegamos a la sirga que impide el paso de vehículos no autorizados llevamos andados ya un par de kilómetros, más o menos. Así que si os queréis ahorrar este primer paseo, con un coche medio bueno podéis hacerlo, pues la pista está en buenas condiciones.
Unos 4 ó 5 metros más adelante de donde se "corta" la pista, un poste señalizando una PR nos indica que debemos abandonar ésta y comenzar la subida.
La senda sigue las trazas de una barranquera, entre carrascas y quejigos. Comienza con una suave pendiente, continúa con una pendiente algo mayor y, al final, un repecho de fuerte pendiente nos coloca en el collado de la Cruz (la pendiente no nos la quita nadie). Aquí tiramos a la izquierda, ya con una subida más llevadera, hasta llegar al collado de los Picachos, llamado así por los farallones rocosos que ya nos van dando un avance de lo que nos encontraremos al final del camino. Desde aquí, ya vemos el vértice geodésico del pico, así que sólo hay que dirigirse hacia él por el sendero que llanea por la parte de la ladera que queda a nuestra derecha, hasta llegar a los últimos escarpes rocosos que, tirando por donde podamos, nos llevan a la cima: al Pico Palomera. Desde que arrancamos en el poste que nos sacaba de la pista apenas han transcurrido tres cuartos de hora.
Allí arriba, a 1.533 m. de altitud y con el buen día que nos salió. las vistas son impresionantes: por un lado, los campos de Visiedo; por otro, toda la llanura del Jiloca con la Sierra de Bronchales y el Tremedal al fondo, enlazando con la Sierra de Albarracín... y es que ancho es Teruel. Ni Castilla ni nada.
Entre los dos vértices geodésicos, el estándar y otro enorme, con sol y buen tiempo, no podemos sino sentarnos a contemplar esta tierra, cuyos campos de cultivo despliegan una gama cromática impresionante, a jugar a adivinar la gran cantidad de pueblos que se divisan desde aquí, la mayoría junto a la autovía nueva y la carretera vieja, a ver correr la sombra que proyecta alguna nube por las laderas del resto de los montes de la sierra, algo más bajas...
Pero no podemos quedarnos aquí para siempre, lógicamente, y hay que empezar el descenso.
Un camino, por el collado de la derecha, nos bajaría rápidamente hasta una pista que, más adelante, enlaza con el punto en el que tomamos el desvío. Nosotros preferimos volver por donde vinimos, para contemplar un rato más el precioso paisaje.
La excursión nos ha dejado más que contentos y llegamos de nuevo a la ermita con una gran satisfacción, y con la idea de recomendar a todo el mundo este paseíco, apto para los niños, que a buen seguro lo disfrutarán enormemente.
Y así, cada vez que volvamos a circular por la única autovía de España sin áreas de descanso ni gasolineras, señalaremos con el dedo el Pico Palomera y diremos: "Ahí hemos estado".





viernes, 24 de febrero de 2012

Cantavieja (Maestrazgo)

Rezumando vieja historia
A Cantavieja se llega, básicamente, por tres sitios:
-Uno: desde La Iglesuela del Cid, que coges el coche, vas por la carretera, llegas a Cantavieja y prau. Ya estás en el pueblo.
-Dos: desde Mirambel, que vas poco a poco por el llano, por una carretera llena de curvas... y de pronto te topas con el espolón de un monte que, arriba, alberga casas que parecen caerse al vacío. Luego te das cuenta de que lo que ves realmente está allá arriba, y que hay que llegar. Y, por la carretera de subida llena de curvas en la que algún amante de las bicis me ha confesado que había echado todo, llegas al fin a Cantavieja con una sensación de Barrio Sésamo de "antes estaba abajo, y ahora estoy arriba". Os la recomiendo, mejor que la de antes. Y, si váis con críos, a mitad de subida podéis hacer parada en el Tarzanódromo, una especie de parque infantil que ha aprovechado el entorno natural para hacer una especie de merendero a la par que un sitio donde cansar a los más pequeños.
-Tres: por la carretera que viene desde Fortanete y que, cuando aparece Cantavieja a la vista, la ves en su conjunto, alzándose en su propia roca, orgullosa sobre los cortados verticales y vieja observadora del valle que se extiende a sus pies. El cuadro se completa con la visión de muchas masías dispersas por el entorno, y en las que todavía hay vida. Algunas me traen recuerdos, por su ubicación en el límite de uns acantilados, a La Cañada de Benatanduz, donde si jugabas al balón y se te iba la pelota abajo, más te valía ir a Teruel a comprar otra que bajar a buscarla.
Si nunca habéis estado en Cantavieja, y si podéis, os recomiendo fervorosamente esta última opción, por su espectacularidad y porque hay algunos lugares donde aparcar el coche y echar fotos majas, majas.
Cantavieja siempre ha estado ahí. Desde el paleolítico. Luego pasaron por aquí, y se quedaron, íberos y romanos. De hecho, se dice que fue Aníbal quien construyó el castillo cuando se dio una vuelta por aquí con sus elefantes, y que llamó a este sitio Cartago Vetus. Hasta mitad del siglo XII estuvieron los musulmanes, luego los cristianos. En la Baja Edad Media estaba administrada por los templarios, luego esos bienes pasaron a manos de la Orden de San Juan de Jerusalén... tuvo un papel importante en las guerras carlistas, y se llevó su parte en la Guerra Civil. Así que si queréis ver historia, Cantavieja es una buena elección; incluso cuenta la leyenda popular que su actual nombre viene de una de esas antiguas batallas, en las que cuando los malos (los que atacan son "los malos" casi siempre) pretendieron sorprender a la población por la noche, estos a su vez fueron sorprendidos por una anciana que, a la que vio el percal, se subió a la muralla y se puso a tocar el tambor, poniendo firmes a los vecinos, que tuvieron tiempo de defenderse. Y así, como agradecimiento, le dieron un nuevo nombre al pueblo y colocaron a la abuela y al tambor en su escudo.
He estado en Cantavieja muchas veces. La primera, cuando aún no tenía barriga, me impresionó sobremanera: era un pueblo viejo, allá en lo alto, pero luego se volvía llano cuando andabas por sus calles viejas y te envolvía en historia vieja. Conforme he seguido yendo, el pueblo se iba volviendo menos viejo y más nuevo; cada vez había más asfalto, cada vez edificios nuevos camuflaban más la historia vieja, y cada vez había más bares, pubs, nuevos hoteles, mejores carreteras... tiempos nuevos que cambian Cantavieja, a quien veo llegando a tablas en la lucha entre la historia antigua y la moderna.
Cada vez que vuelvo a Cantavieja intento encontrar un rato para dar un paseo y recrear la vista en la plaza porticada por tres de sus lados y sobre cuyos arcos se encuentran una casa noble, una iglesia, y el ayuntamiento, en cuya fachada se puede leer (para el que no sepa latín): "Quien gobierna esta casa odia la maldad, ama la paz, castiga los crímenes, conserva los derechos y honra a los honestos". El agradable paseo continúa con una visita a lo que queda de las murallas y el castillo, con una asomada a las tierras de Mirambel, con el descubrimiento de escudos señoriales en fachadas y puertas...
Pero la antigua cabeza de la Baylía de Cantavieja y actual capital histórica del Alto Maestrazgo debe gran parte de su fama actual a su protagonismo en las guerras carlistas, sobre todo en la primera, en la que el general Ramón Cabrera, el "Tigre del Maestrazgo", convirtió Cantavieja en capital de la Comandancia General del Maestrazgo. Tal es así que aquí podéis visitar el Museo de las Guerras Carlistas, en el que al que no le importe leer de pie la gran cantidad de información que se muestra en los numerosos paneles le va a gustar el tema.
Personalmente, me gusta más andar para descubrir cosas nuevas, gentes nuevas, paisajes nuevos. Y, en este sentido, os recomiendo una pequeña excursión hasta la cruz que hay en el monte Tarayuela. El coche se deja bastante cerca, la subida es fácil y corta (algo empinada) y las vistas desde arriba son realmente impresionantes, como si pudieras abarcar todo el Maestrazgo con sólo abrir los brazos.
Hagáis lo que hagáis, seguro que llega el momento de echarse una cerveza fresca. Como ya he dicho, en Cantavieja hay varios bares y/o pubs para ello, aunque yo os recomiendo ir a la parte vieja del pueblo y buscar el bar, que si no recuerdo mal está en el primer piso de una casa, y donde el ambiente es fenomenal y podréis compartir la barra con padres y, sorprendentemente, con hijos adolescentes. Yo no había visto nunca llevarse así a padres e hijos, bebiendo, cantando y jugando al futbolín en el mismo bar. Chapó.





martes, 2 de agosto de 2011

La Cerollera (Bajo Aragón)

Aquí huele a pino
Hace bastante tiempo un buen amigo me preguntó, sobre una zona más o menos concreta del Bajo Aragón, en qué pueblo mirar de comprar una casa para retirarse del mundanal ruido. Casi sin dudar, por la zona que me indicó, le dije que en La Cerollera.
Por motivos tanto de trabajo como de ocio he tenido la suerte de estar muchas veces en La Cerollera. Y me encanta. Es uno de esos pueblos, pequeños, pero que tiene de todo: un casco urbano muy bien arreglado, conjugando la historia con los tiempos modernos de una forma armoniosa, hay bar (fundamental), tienda, piscinas, buena gente (de la que te da los buenos días, te conozca o no, en vez de girarte la cara o mirarte como a un extraño con un rictus de "a qué habrá venido éste"), un entorno natural envidiable, con pistas y caminos para descubrirlo, un parking para evitar en la medida de lo posible que los coches circulen por las calles, un parquecico con un sitio para hacer brasas y mesas donde comerse las costillas, agua... en fin, todo bien.
Además de la gente, que para mí es lo más importante de un sitio (sea cual sea), en La Cerollera hay una gran cantidad de patrimonio histórico disperso por sus calles, en forma de detalles que hay que ir descubriendo poco a poco: claves en arcos de puertas de hace tres o cuatro siglos, dinteles labrados cuidadosamente, piedras huecas que en su momento tendrían la misión de almacenar agua, pasajes bajo cubierta para comunicar calles... y una impresionante fachada de iglesia. De esas de quedarte un rato mirando.
Para los que, como yo, gusten de dar paseos cortos, La Cerollera ofrece una red de pistas transitables y senderos que nos llevan a descubrir sitios insospechados, tanto por su ubicación como por lo que le rodea. Así, de repronto, os sugiero dos para cuando vayáis a pasar aquí un fin de semana (de primavera, a ser posible):

-Uno, a través de una pista transitable con vehículo, nos lleva entre pinos hasta un campamento guerrillero recientemente recuperado. El camino se hace despacio, aparte de porque es pista, porque las ventanillas bajadas hacen que el olor a pino se te meta por las narices, porque yendo despacio nos va a permitir fijarnos en cosas semiocultas, como un gigantesco azud o privilegiadas masías hoy día abandonadas, y porque sí, porque yendo despacio se disfruta más. Dejando el coche en el lugar indicado, comienza una pequeña ascensión por una senda que recorre todo el campamento de la guerrilla y que culmina en un mirador desde el que se aprecia toda la densidad de esta zona de pinos. Aquí, hay que respirar hondo y olvidar las prisas por volver. Además, se puede continuar andando un trozo más por una senda marcada, que no señalizada, y que a buen seguro ya pisaron pies cautos y silenciosos tras la guerra civil. Y por si queréis saber más sobre este tema, en el pueblo hay un pequeño centro de visitantes que explica cómo fue todo esto de la guerrilla en La Cerollera. Está en el antiguo horno, aunque a poco que preguntéis os dirán cómo llegar.

-El otro, oficialmente denominado "Ruta de las fuentes", y señalizado como PR, es una vuelta circular para hacer andando, de una duración de algo menos de dos horas yendo con una niña de tres años. El camino mezcla pista y sendero, y aunque el punto fuerte parezca que son las fuentes, lo realmente bonito es el andar entre una vegetación, principalmente pinos, que parece estar arropándote todo el rato, y que de vez en cuando se abre para ofrecerte amplias vistas del territorio. Este agradable paseo, en el que también se pueden ver masías hoy ya despobladas, acaba en un interesante lavadero que casi tapa una antigua fuente con un grabado que parece ser de época gótica. Aquí podremos refrescarnos antes de volver al pueblo... a ser posible, a echar una cerveza, que bien nos la habremos ganado.

En fin, que unos días aquí serán unos días bien aprovechados, y volveréis a donde quiera que hayáis venido, relajados y con la sensación de que os ha cundido el tiempo.
Ya para terminar, y como he hecho otras veces, voy a añadir una nota histórico-botánica-gastronómica. El nombre del pueblo viene de un árbol, el acerollo, que al parecer había bastantes por la zona y ahora ya no. El acerollo es un árbol caducifolio que puede superar los 15 m.; sus flores aparecen en mayo y dan como resultado un fruto en forma de pequeñas bolas que, cuando están maduras, adoptan un color pardo-rojizo, más bien tirando a marrón caguerilla, y que gastronómicamente tienen una peculiaridad muy interesante: o te gusta o no. Sin términos medios.
Conozco bastante este árbol porque en Utrillas, de crío, por la era del Tío Jorge había unos cuantos acerollos y, con la abuela, recogíamos las acerollas maduras y, las que no nos comíamos en el momento, las guardábamos y las dejábamos secar un poco. Luego, partíamos el fruto por la mitad y, con una aguja enhebrada en hilo, las "cosíamos" para hacer collares en los que las acerollas acababan de secarse. Y, cuando estaban secas, nos poníamos esos collares y ya teníamos la merienda casi a la altura de la boca.
¡Qué tiempos, Roque, qué tiempos! Me voy a la cama a rezar por las acerollas.


lunes, 27 de junio de 2011

Formiche Alto (Gúdar - Javalambre)

Un agradable paseo
Cuando ya va parece que quiere acabarse la carretera, un bello rincón precede al puente que da entrada a Formiche Alto, un pequeño pueblo a los pies de Sierra Camarena.
Cruzando el otro puente, que en otoño está precioso, pasada la Ermita de Loreto comenzamos un paseo agradable, más o menos señalizado, que poco a poco nos iba subiendo en altura, dándonos cada poco tiempo mejores vistas sobre este valle del Mijares.
Al no tener un objetivo fijo, ni ningún agobio por el tiempo, lo íbamos haciendo al estilo pastor: camino largo, paso corto. El cambio de vegetación, el paso de camino a pista y vuelta a camino y vuelta a pista, una parada para ver un pobre pájaro atrapado en el bajo matorral, otro para respirar el fresco aire puro de noviembre... todo ello, manos a la espalda, nos llevó a una gran corraliza que, aparentemente abandonada por el grado de derrumbe que presentaba, hacía pinta de que todavía se aprovechaba de vez en cuando.
Aquí decidimos que fuera el fin del agradable paseo, pues el fresco aire se estaba convirtiendo en un fuerte viento frío que, por otra parte, nos permitió contemplar unas vistas magníficas, con un cielo azul intenso, bajo el cual, ante nosotros, el tranquilo valle del Mijares seguía su ritmo. Sin prisas.
Y como esta historia sólo puede acabar dejando un buen sabor de boca, en cuanto tengáis ocasión probad la longaniza seca de Formiche. Y, si queréis, luego me lo contáis.


martes, 29 de marzo de 2011

Ráfales (Matarraña)

Recomendado para todos los públicos
Metido por ahí, por en medio de la Comarca del Matarraña, está Ráfales, un pueblo cercano al cauce del río Tastavins.
Aunque parezca un poco perdido, lo que puede dar lugar a pensar que está algo olvidado y dejado de la mano de Dios, la verdad es todo lo contrario. No es extraño que a los de Ráfales los llamen "raboses" (zorros), sin duda por la astucia y perspicacia con que levantaron, hace mucho mucho tiempo, este magnífico y acogedor pueblo.
Hay lugares enclavados en un entorno natural especial, hay lugares cargados de historia y patrimonio, hay lugares en los que se aprenden cosas, hay lugares hechos a propósito para relajarse y olvidarse del mundo por un tiempo, hay lugares donde se puede disfrutar de una excelente gastronomía, hay lugares donde se pueden practicar deportes de riesgo... creo que Ráfales lo tiene todo. O casi todo.
Si os gustan los paseos, un recorrido circular por los Estrets nos mostrará el paisaje típico del Matarraña, con su densa masa forestal, sus campos trabajados y sus masías desperdigadas. La ruta de los estrechos presenta rincones curiosos, no falta el agua en sus acequias y balsas, y sólo nos lleva unas tres o cuatro horas.
Algo más corto y tranquilo puede ser dar una vuelta por sus alrededores y visitar alguna de sus fuentes, claro.
Ráfales presenta una estructura de tipo medieval, con casas de piedra, como en muchos de los pueblos del Matarraña. Me cuentan que en tiempos "hubo un castillo aquí, pero ahora no quedan ni los cimientos. A la que te das un par de vueltas por el pueblo puedes ver dónde han ido a parar muchas de las piedras del castillo: a las paredes de las casas. Al fin y al cabo, el castillo tuvo su utilidad hasta el final".
El conjunto de los arcos bajo el ayuntamiento, la iglesia, los porches, la plaza con su fuente y esa fachada con el reloj de sol al que es imposible no fotografiar nos llevan a una época de mercados en las calles, de artesanos, de animales de carga regresando de los campos y de bullicio.
Precisamente bajo estos arcos del ayuntamiento, que en época medieval hacían las veces de lonja, se encuentra una antigua cárcel, enmarcada dentro de la "Ruta de las Cárceles del Bajo Aragón/Matarraña", que ha sido recientemente musealizada y a la que os aconsejo acercaros. Las luces y una locución teatralizada nos cuenta quién iba a parar aquí y cómo se las malapañaba. A algunos os gustará la historia, y a otros la ambientación y el lugar os pondrá los pelos de punta.
Algo más tranquilo es darse un paseo por el extenso jardín botánico, casi siempre cuidadosamente atendido, y donde podremos encontrar una gran variedad de plantas, con un panel explicativo de cada una. Tanto los mayores como los más pequeños aprenderéis aquí cosas curiosas sobre ellas: para qué se usan sus maderas, qué enfermedades curan sus hojas, por qué tienen colores llamativos, cuáles ahuyentan los mosquitos... Eso sí, no esperéis encontraros todas las plantas crecidas y florecidas a la vez; cada una lleva su marcha.
Otra oferta cultural que nos ofrece Ráfales es la visita al pequeño pero interesante Museo del aceite que se encuentra en el Molí de l'Hereu, un acogedor hotel que es una antigua almazara del siglo XVIII rehabilitada para pasar un fin de semana tranquilo, descansar y solazaros todo lo que queráis y más, pues el spa ya lleva funcionando algunos años.
La gastronomía de Ráfales (la que a mí me gusta) la encontraréis en el bar de la plaza; un bar tipo al que ya he comentado en muchas otras historias: de pueblo, normal, de los de toda la vida, donde todo el mundo se conoce, con una barra un poco triste y mesas propensas a la partida. Aquí he visto cosas que no creeríais... atacar naves en llamas más allá de Orión, untar un la cabeza de un tordo asado en la yema de un huevo frito y, de un bocado, comerse esa cabeza con sus ojitos y su pico chorreantes... ante la mirada atónita de un boquiabierto señor de Barcelona que sólo había pedido un café para almorzar. Excelente comida casera, vamos.
Y, por último, a todos aquellos a los que os gusten las actividades de riesgo, os recomiendo que os paséis allá para noviembre por la Feria de Ráfales, a echaros un orujo recién salido del alambique que ponen en la plaza y que, gota a gota, se pega todo el día destilando.

Dedicado a JL Roda, el forestal, una mezcla de vikingo y del gigantón de Harry Potter; buena gente.
Y también dedicado a Gaudi, otro friki de Blade Runner.