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lunes, 12 de mayo de 2014

Huesa del Común (Cuencas MIneras)

Recuperándose poco a poco

Entonçes se mudo el Cid | al puerto de Alucat,
dent corre mio Çid | a Huesa e a Mont Alvan;
en aquessa corrida | .x. dias ovieron a morar.

Así reza uno de los fragmentos del Cantar de Mio Cid, recordando aquellos tiempos de reconquistas en los que Rodrigo Díaz de Vivar campaba por estas tierras, ya luchando contra el moro, ya desafiando a reyes cristianos. Y es que Huesa jugó un importante papel en la historia del Reino de Aragón (no todo el mérito iba a ser oscense), pues llegó a integrar diez pueblos bajo lo que se conoció como "El Común de Huesa". Más tarde, Ossa (que era el nombre antiguo de la localidad) y su Común se integraron en la Comunidad de Aldeas de Daroca, formando todo este territorio la Sesma de Honor de Huesa.
He parado varias veces estos últimos años en Huesa del Común, y tengo que decir que cada vez veía mejor el pueblo. La primera vez, una vieja carretera flanqueada por un cansado cartel anunciando e pueblo, y por unos desordenados contenedores de basura y un par de casas abandonadas, me dio la sensación de que éste iba a ser otro pueblo al que le quedaba poco. Pero un breve paseo por sus calles me descubrió que aún conservaba un cierto aroma medieval y, como contrapunto moderno, hacía poco que habían arreglado un local que ya era bar y que en breve llevaban idea de dar comidas también. Había una pequeña chispa que quería comenzar a arder.
Otra de las veces íbamos a hacer una excursión que salía de una arreglada zona de recreo, con puente medieval. Aunque el día era claro, la ventolera y lo poco señalizado del  camino nos hicieron abortar la misión al cabo de un rato de caminar; pero a cambio descubrimos que acababan de acondicionar una vía ferrata que, por una ladera caliza, acababa en el castillo. Mis compañeros se animaron a subir; los que tenemos algo de vértigo preferimos dar un rodeo y subir al castillo por el camino normal. Construido en los siglos XII y XIII, el castillo de Peña Flor fue una muy importante pieza en el juego de las reconquistas que hemos comentado. Al final, este castillo se lo cargaron en el siglo XIX con tanta guerra: la de la Independencia, las carlistas... también la modernidad descubrió el castillo, y algún gracioso ya había hecho en sus sólidas paredes las correspondientes inoportunas pintadas con spray. Desde ahí arriba aún parecía discernirse algo de su pasado amurallado y, desde abajo, la iglesia barroca de San Miguel (s. XVII) seguía en pie (y con trazas de aguantar aún muchos más años), alguna casa comenzaba a arreglarse, y comimos e el bar.
Una visita posterior a este pueblo al lado del Aguasvivas confirmó su recuperación: las casonas solariegas del s. XVI, ayuntamiento incluido, se estaban restaurando; habían abierto vías de escalada y ferratas, colocando a Huesa del Común en el mapa de las zonas de escalada del Sistema Ibérico, y hasta el cansado cartel anunciando el nombre del pueblo parecía lucir más orgulloso. Que así sea.




lunes, 6 de febrero de 2012

Almohaja (Comunidad de Teruel)

Madoz
Si tuviera que elegir un nombre de pueblo bonito turolense, posiblemente me quedaría con éste: Almohaja. Lo tiene todo: no está formado por varias palabras, su pronunciación es suave, evoca a tiempos de árabes, y lleva una "h"intercalada.
Aprovechando esta localidad de tan bello nombre, permitidme que os hable de un hombre que no es turolense; ni siquiera aragonés: Madoz. Pascual Madoz Ibáñez.
D. Pascual Madoz Ibáñez fue un señor que nació en Pamplona en 1806, estudió en los escolapios de Barbastro y en Zaragoza, se dedicó a la política y, por caprichos del destino, acabó muriendo en Génova en 1870. Hasta ahí, todo normal.
Este hombre hizo muchas cosas, pero la que más nos interesa es una concreta: la elaboración de un "Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar", aunque es más conocido como "el Madoz", a secas.Se trata de una especie de enciclopedia que recoge los datos de TODOS y cada uno de los pueblos y ciudades de "España y sus posesiones...". Una labor de muchísima paciencia tanto de coordinación de la recopilación de datos como de la ordenación de los mismos, y cuyo resultado es una obra de arte que hay que saborear poco a poco y con añoranza cuando leemos cómo era nuestro pueblo en 1850.
Y así era Almohaja hace casi 200 años...
ALMOAJA: l. con ayunt. de la prov. y adm. de rent. de Teruel (6 leg.), pert. jud. de Albarracin (4), aud. terr., c. g. y dióc. de Zaragoza (21), SIT en parage montuoso, aunque no de sierras elevadas, combatido mas particularmente por los vientos del N. y S. que hacen su CLIMA frio y bastante sano, sin que por lo general se padezcan otras enfermedades, que algunas tercianas producidas por la humedad que exhala una balsa que se halla debajo de la pobl. Ésta la forman 30 CASAS, distribuidas en varias calles; una muy regular para el ayunt., y la cárcel que se halla en la misma: hay escuela de primeras letras, á la que concurren 10 niños; y una igl. aneja de la parr. de Peracense, bajo la advocación de Ntra. Sra. del Rosario, servida por un coadjutor, junto á la cual está el cementerio. El TÉRM. confina por el N. con el de Peracense (3/4 de leg.), por el E. con el de Pozondo (1), por el S. con el de Alba (1 1/2), y por el O. con el de Rodenas (1): dentro de su circunferencia se encuentran varias fuentes, de cuyas aguas se surten los vec., y una ermita dedicada á Maria Santísima de la Rosa. El TERRENO es montuoso y de secano: la parte que se cultiva será de unas 780 fanegadas, de las cuales 80 quedan generalmente sin cultivar; hay 270 de monte blanco y 280 de carrascal, en el que tambien se crian malezas de estepas, aliagas y otros arbustos: de este monte se surte el vecindario de leña, para sus hogares; pero no sirve para madera de construccion: ningun r. ni arroyo corre por él, pero si hay varias fuentes, como se ha dicho, y un manantial llamado el caño que sirve para abrevadero de bestias y ganados, y para dar impulso á las ruedas de un molino harinero de una sola piedra, aunque no puede ser contínuo su movimiento, porque las aguas á que debe este beneficio, no son muy abundantes; no hay tampoco arbolados de otra clase, pero si buenas yerbas de pasto. Los CAMINOS son locales y de herradura; por lo regular se encuentran en buen estado, aunque alguno hay muy malo. El CORREO se recibe de Calamocha por medio de una hijuela que llega á Villar del Salz, donde va á buscarse los lunes y jueves, y se lleva los martes y viernes. PROD.: trigo puro, morcacho, cebada, avena y lentejas, y cria ganado lanar, cabrio y abundante caza de perdices, liebres, conejos y algunos venados y corzos. POBL. 30 vec.: 190 alm. CONTR.: 4,373 rs. 7 mrs.
Curioso a la vez que bonito e interesante, ¿no?. Pues así con todos y cada uno de los pueblos y pedanías de nuestra gran provincia. Bueno, y de Aragón, y de España, y de ultramar, aunque de estos dos últimos no he leído nada (falta de interés, supongo).
Paramos en Almohaja a ver un castillo que no vimos. Dejamos el coche junto a la iglesia: un robusto edificio en piedra roja que, a pesar del tiempo vivido, mantiene su pose altiva, orgullosa y vigilante. Tal vez protectora, aliada con el castillo que aguarda una visita, de un pueblo por el que dimos una pequeña vuelta en la que sólo vimos un perro.
Caía la tarde y la climatología parecía venir de un humor de perros, por lo que arrancamos en dirección a la capital. Almohaja se fue haciendo cada vez más pequeño en el espejo retrovisor... y dejó de verse.
Nota: ¿Os habéis fijado que en 1850 Almohaja no llevaba en el nombre esa preciosa "h" intercalada?



miércoles, 1 de junio de 2011

Peracense (Jiloca)

Revisited
Un fin de semana jauto de febrero de este año que tenía que hacer alguna cosilla cerca de Monreal, decidimos Marta y yo darnos una vuelta por las tierras rojas de Teruel, y aprovechar para visitar de nuevo el castillo de Peracense.
Nos entretuvimos un poco por el camino ya que toda la zona invita, por sus características, a ir parando cada dos por tres a admirar el curioso paisaje. Al final, llegamos al castillo, pero ya era tarde: estaban cerrando, y ya salían los últimos visitantes de la mañana. Así que decidimos dar una vuelta por el pueblo (cosa que no habíamos hecho la otra vez) y volver por la tarde.
Las bien cuidadas casas de Peracense tienen el color rojo de las areniscas y conglomerados del Triásico que tanto abundan en esta parte de la Cordillera Ibérica, destacando la torre de la Iglesia de San Pedro, del siglo XVIII. Un tranquilo paseo por el pueblo parece verificar lo que se cuenta de que fue lugar de descanso del Cid Campeador cuando venía por aquí a dar espadazos.
A la hora de comer nos metimos en el hostal/restaurante, y ahí ya empeoró la cosa: de barra pequeña y con cuatro botellas sobre un fondo agrietado de color dudoso, el local pocas pintas tenía de servir comidas. La chica que nos atendió nos dijo que, efectivamente, no daban nada de comer, pero que podríamos hacerlo en Alba, a unos 20 km. A falta de unos tristes cacahuetes de bolsa, yo me pude beber una cerveza; Marta, nada, pues no tenían ni coca-cola, ni pepsi, ni fanta, ni ningún tipo de refresco, según nos informó la chica que llevaba el "negocio". Así que, claro, visto el panorama nos fuimos de allí no sin antes echar una última mirada a los carteles de la fachada y a la simpática placa azul con un tenedor y una "R" que había al lado de la puerta.
Quiero imaginar que la afluencia de turistas al castillo servirá, al menos, para potenciar los otros pueblos de alrededor.
Ni que decir tiene que fuimos los primeros visitantes de por la tarde. Con cuidado despertamos al señor de la garita, que estaba echando una apacible siesta (yo hubiera hecho lo mismo a esas horas), pagamos las entradas y accedimos al interior del castillo.
Es impresionante. Todo rojo, rojo. Con un inmenso patio de armas alrededor del cual se puede andar por parte de las murallas, asomarse al aljibe que guardaba el agua, localizar sus puntos de vigilancia y maravillarse ante una torre del homenaje a la que se puede acceder... Todo invita a creerse un señor feudal dando un paseo por su castillo, adaptado a la topografía del terreno, y con la mano a modo de visera contemplar desde lo alto de la torre el cerro de San Ginés, la Sierra Palomera y la depresión del Jiloca, siempre vigilante ante un posible ataque de las tropas castellanas.
Imprescindible visitar este castillo, uno de los más bellos y singulares de Aragón.
Eso sí, llevaos un bocadillo. Por si acaso.