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domingo, 30 de noviembre de 2014

Santa Cruz de Nogueras (Jiloca)

Haciéndome cruces
Nos encontramos en Santa Cruz de Nogueras, pequeño municipio de apenas 40 habitantes, al pie de la sierra de Cucalón y junto al río Cámaras.
La carretera separa el núcleo urbano de la ermita de San Bartolomé, del s. XVIII, aunque tras la restauración ya parece del s. XXI. En el casco urbano, la torre de ladrillo de su iglesia se eleva hacia lo alto haciendo gala de su juventud, ya que fue reconstruida tras su destrucción en 1936.
Sin embargo, lo que nos hizo parar fue uno de esos fogonazos que a veces te llegan a los ojos y que hacen preguntarte: ¿lo habré leído bien?. En este caso fue el cartel de entrada al pueblo, que no deja de ser como el de cualquier otro pueblo: cosas que ver, servicios… Pero aquí sorprendió conocer el nombre (¿la advocación?) de su iglesia: “Iglesia de la Invención de la Santa Cruz”.
Esto hace plantearse varias preguntas:
  • Las cruces donde crucificaban a los santos, ¿no son santas, pues?.
  • De todas las cruces que se fabricaban en el Imperio Romano, ¿las santas se fabricaban en Teruel?. Es más, ¿tenían algún formato específico?.
Estas y otras extrañas preguntas afloraron rápidamente, pero como estábamos pendientes de llegar a la hora para comernos un cordero al horno en una localidad cercana, pues tuve que abandonar pueblo y preguntas por el momento.
Y ahora, días después del hecho que nos ocupa, este no-cristiano puede ya autocontestarse, pedir humildemente perdón si alguien se ha sentido ofendido por las dudas anteriores, y compartir con todo aquél que quiera leerlo el resultado de las pesquisas sobre tan curioso nombre de iglesia. Queda así la cosa:
  • La Santa Cruz es la cruz en la que se cree que murió Jesús, y que también se conoce como Vera Cruz. Así pues, las cruces donde murieron los santos y demás acólitos de Jesús, incluido el padre de éste, no eran santas (o, por lo menos, no tan santas, lo cual induce a cierta gradación de la santidad de algo).
  • Hacia el año 326, a la emperatriz Elena de Constantinopla, a sus ochenta años, le dio por buscar la famosa cruz y, a través de métodos cuestionables, acabó encontrándola, conociéndose este hecho como “La Invención de la Santa Cruz”. Así pues, la “invención” de la Santa Cruz fue, en realidad, un hallazgo, un descubrimiento de algo que ya existía. La rueda y la gaseosa, en cambio, sí que fueron inventos.
  • Tras una serie de accidentados viajes, esta cruz acabó en Jerusalén y, en época de las Cruzadas, todo el que iba a dar espadazos a Tierra Santa quería traerse de recuerdo un trozo de esta cruz. Y vaya si se los trajeron: con todos los trozos del santo madero que hay hoy día repartidos por las iglesias, ermitas y demás lugares santos de Europa, Hispanoamérica y resto del mundo cristiano, se pueden hacer varios bosques.
Hala pues, con esto ya me quedo más contento, con mis dudas despejadas, y así la próxima vez que vea una iglesia con un nombre como el de ésta de Santa Cruz de Nogueras, al menos ya sabré de qué va la historia.



viernes, 20 de junio de 2014

Lanzuela (Jiloca)

Un par de huevos fritos
Tras una excursión por la Sierra de Cucalón en la que el tiempo nos había gentilmente respetado, al final no pudo más y todos los avisos que había ido mandando en forma de negros nubarrones y sonoros truenos desembocaron en una buena tormenta. Pero, como digo, ya estábamos a salvo, por lo que en nuestras cabezas sólo había sitio para una cosa: meternos entre pecho y espalda un buen par de huevos fritos que, por otra parte, tan bien nos habíamos ganado.
No encontramos el capricho en Cucalón y, aunque con pocas esperanzas, decidimos entrar en Lanzuela junto con la lluvia que no cesaba.
Situado a unos 1.000 m. de altitud, no es de extrañar que en este pequeño pueblo de 32 habitantes, y final de carretera, para llegar al bar tengas que conocer su patrimonio: el ayuntamiento con su trinquete y la iglesia parroquial de San Julián, barroca. Al lado de ésta está el bar.
Perdón: EL BAR, con mayúsculas, pues nada más entrar los ojos se te van detrás de la barra, donde una enorme pizarra indica que no te vas a ir de ahí con hambre si no quieres. ¡Quién lo iba a decir!. Buenos parroquianos y buen camarero, además. Tras intercambiar cuatro frases, el hombre se pone un delantal y marcha para la cocina todo pito. Y a mí estas cosas me dan mucha confianza.
Así que, mientras fuera seguían cayendo chuzos de punta, Marta y yo nos apretamos los tan esperados huevos fritos con longaniza. Buenísimos.
¡Ah, y un café!.



lunes, 27 de enero de 2014

Fuentes Claras (Jiloca)

La cúpula verde
Volvíamos ya de una de estas incursiones de fin de semana por Teruel cuando, vista ya próxima la hora del vermú, pensamos parar en algún lado y hacerle los honores a tan respetable momento. No estaba decidido dónde, cuando el sol de mediodía se reflejó en una curiosa torre verde de un pueblo que nos quedaba, más adelante, a la izquierda. Así que, además de por la hora, nos metimos también por curiosidad en Fuentes Claras.
Hacía un buen día por estas antiguas tierras de guerras y conquistas, y apeteció un tranquilo paseo por este pueblo llano. Llano, pero sin olvidar que estamos a más de 900m. de altitud.
Siguiendo una ley no escrita, pero que suele dar resultado casi siempre, dejamos el coche a la entrada del pueblo (que, en este caso, coincide con la salida del pueblo) y comenzamos el paseo chino chano. Pueblo pequeño, tranquilo, de escasa población y con algún toque un poco moderno, como el Ayuntamiento, las calles enseguida nos llevaron a rodear la iglesia de San Pedro, gótico-renacentista del siglo XVI, edificada sobre las ruinas de un antiguo castillo-fortaleza a la que llaman "la ciudadela". Su remate verde fue el que nos trajo hasta aquí.
Y justo al acabar de darle la vuelta a San Pedro, aparece una magnífica terraza de bar, con su bar al lado (como es menester), y junto a un verde césped. Desde la mesa se oye un rumor de agua, posiblemente del Jiloca, que aquí cruza el pueblo en sus primeras andaduras por el territorio aragonés que le ve nacer.
La pérgola deja pasar un agradable sol y sombra... así que vermú, que a eso habíamos venido también.



miércoles, 5 de junio de 2013

Monreal del Campo (Jiloca)

Los ojos del Jiloca
Si bien Monreal del Campo es conocido, principalmente, por su relación con el mundo del azafrán y por la exquisita elaboración de productos derivados del cerdo (bendito animal), no hay que pasar por alto una pequeña joya de gran interés paisajístico y natural, y a la que merece la pena acercarse: "Los ojos de Monreal".
El acceso es desde el propio casco urbano. Nada más pasar el puente, viniendo desde la antigua carretera Teruel-Zaragoza, se tira por la calle de la izquierda (calle Rocasolano). El trayecto es para hacerlo en coche y sin correr, pues a mano izquierda iremos contemplando las huertas que riegan las aguas del Jiloca. Como a unos dos kilómetros nos encontramos con un panel informativo y un área recreativa junto a unas canalizaciones por las que durante años ha estado pasando un agua cristalina: son los ojos de Monreal, el manantial más caudaloso del valle del Jiloca. Tanto es así, que se dice que es aquí donde nace el río Jiloca.
Justo donde se aparca el coche arranca una senda que, en un corto recorrido, nos da una vuelta por este caudaloso humedal, entre un interesante patrimonio hidráulico destinado a canalizar su preciadas aguas. El denso carrizal que abarrota la zona inundada nos acompaña durante todo el camino, junto con chopos, sauces y otras especies vegetales.
En definitiva, un interesante espacio natural al que merece la pena acercarse.




lunes, 26 de diciembre de 2011

Rubielos de la Cérida (Jiloca)

La balsa tragaldabas
Desde Caminreal, la carretera parte en línea recta sin vegetación a los lados, tipo road movie made in USA, pero un desvío a la derecha (al que hay que estar atento) nos mete en una carretera secundaria (terciaria, más bien) que poco a poco va abandonando el llano y avanza siguiendo un barranco en el que las carrascas y los pinos bajos dan algo de color al trayecto.
Finalmente llegamos a Rubielos de la Cérida, pero en vez de entrar al pueblo tomamos la circunvalación porque nuestro primer objetivo es visitar los vestigios de la guerra civil que hay en las afueras. Se trata de un lugar atrincherado en un montículo, con unas extensas vistas a los terrenos de matorral bajo tan característicos de esta parte de Teruel.
Y es que la gente de Acrótera ha hecho una labor extraordinaria de recuperación de esta zona, clave en el desarrollo de la tristemente pasada guerra civil. Se ha rehabilitado, sobre todo, el largo e intrincado camino atrincherado que bordea la loma, lo que permite que el visitante pueda pasear por ellas, asomarse a los puestos de tirador, agobiarse en las zonas soterradas donde los militares debían hacer vida, orientarse entre los otros montes similares... y tal vez llegar a preguntarse cómo pudimos llegar a provocar esta guerra, a matarnos entre nosotros durante tantos años...
El pueblo es tranquilo y hace algo de fresco. Bajamos por la iglesia (donde también se puede jugar a baloncesto) y rodeamos el peirón. No vemos a nadie y continuamos nuestro paseo, poco a poco, en dirección a la plaza.
De pronto, unos bocinazos ensordecedores rompen el sosegado silencio, como un cristal al que le han metido una pedrada. El estrepitoso coche que empezó anunciando su visita a la entrada del pueblo continúa por las calles de Rubielos pitido va, pitido viene. Es el panadero (si no recuerdo mal), y el aparentemente vacío pueblo de repente centra su actividad en la plaza, donde ya hay concentrado un grupo de personas, todas mujeres, hablando sin parar mientras, por un inexistente orden, van pidiendo lo que necesitan a un ajetreado personaje que no llega a salir del todo de la caja de la C-15 (o furgoneta parecida).
Y nosotros allí, mirando, como si no lo hubiésemos visto nunca (y más en Teruel), junto a la balsa.

Una balsa que en tiempos era terreno de huertos y que, según cuentan, apareció un día en el que el cura estaba leyendo un libro ahí; en estas que se fue a casa a beber algo pues era un día de mucho calor, y dejó el libro y la silla. Al volver, en vez de silla y libro se encontró con un agujero. Y con un buen susto, imagino.
El caso es que a partir de entonces el agujero/pozo ha ido creciendo poco a poco y, a pesar de los esfuerzos de la gente por volver a taparlo echando grava, escombros y cosas parecidas, la sima seguía yendo a su marcha, aumentando su tamaño y engullendo un carro cargado con sacos de trigo, material de guerra (armas, bombas...) que los vecinos arrojaron tras la guerra civil por miedo a represalias de nuevo régimen...
Nosotros seguimos oyendo al vendedor y a sus clientas a nuestras espaldas, y aún nos quedamos un rato contemplando la balsa. Eso sí, desde la barrera.



martes, 30 de agosto de 2011

Villar del Salz (Jiloca)

El Ayuntamiento más estrecho de Teruel
Villar del Salz nos recibe con un tiroteo en toda regla, gritos, ruido de helicópteros y numerosas explosiones en un día claro de febrero. No es para menos; el bar está abierto y, con la tele a todo volumen, a buen seguro hay alguien viendo una película de acción a esas horas.
Dejamos el coche en la plaza y ya, imposible no verlo, aparece ante nosotros el ayuntamiento más estrecho de la provincia de Teruel, que con sus cuatro plantas de altura resulta una construcción larga, estrecha, alta y, cuando menos, curiosa, toda ella en piedra roya, como casi todo el resto del pueblo, por el que damos algo de vuelta.
Una señora que está barriendo la calle (típico en los pueblos aragoneses) nos augura un día de calor a pesar de las fechas en las que estamos, y continuamos viaje en dirección al límite de las comarcas del Jiloca y la Sierra de Albaarracín con la provincia de Guadalajara, dejando que en Villar del Salz acaben con los malos antes de la hora del vermú.

A Miguel Mena, que justo me hizo la entrevista por la radio preguntándome por el ayuntamiento más estrecho de Teruel el día que estábamos en Villar del Salz.



miércoles, 1 de junio de 2011

Peracense (Jiloca)

Revisited
Un fin de semana jauto de febrero de este año que tenía que hacer alguna cosilla cerca de Monreal, decidimos Marta y yo darnos una vuelta por las tierras rojas de Teruel, y aprovechar para visitar de nuevo el castillo de Peracense.
Nos entretuvimos un poco por el camino ya que toda la zona invita, por sus características, a ir parando cada dos por tres a admirar el curioso paisaje. Al final, llegamos al castillo, pero ya era tarde: estaban cerrando, y ya salían los últimos visitantes de la mañana. Así que decidimos dar una vuelta por el pueblo (cosa que no habíamos hecho la otra vez) y volver por la tarde.
Las bien cuidadas casas de Peracense tienen el color rojo de las areniscas y conglomerados del Triásico que tanto abundan en esta parte de la Cordillera Ibérica, destacando la torre de la Iglesia de San Pedro, del siglo XVIII. Un tranquilo paseo por el pueblo parece verificar lo que se cuenta de que fue lugar de descanso del Cid Campeador cuando venía por aquí a dar espadazos.
A la hora de comer nos metimos en el hostal/restaurante, y ahí ya empeoró la cosa: de barra pequeña y con cuatro botellas sobre un fondo agrietado de color dudoso, el local pocas pintas tenía de servir comidas. La chica que nos atendió nos dijo que, efectivamente, no daban nada de comer, pero que podríamos hacerlo en Alba, a unos 20 km. A falta de unos tristes cacahuetes de bolsa, yo me pude beber una cerveza; Marta, nada, pues no tenían ni coca-cola, ni pepsi, ni fanta, ni ningún tipo de refresco, según nos informó la chica que llevaba el "negocio". Así que, claro, visto el panorama nos fuimos de allí no sin antes echar una última mirada a los carteles de la fachada y a la simpática placa azul con un tenedor y una "R" que había al lado de la puerta.
Quiero imaginar que la afluencia de turistas al castillo servirá, al menos, para potenciar los otros pueblos de alrededor.
Ni que decir tiene que fuimos los primeros visitantes de por la tarde. Con cuidado despertamos al señor de la garita, que estaba echando una apacible siesta (yo hubiera hecho lo mismo a esas horas), pagamos las entradas y accedimos al interior del castillo.
Es impresionante. Todo rojo, rojo. Con un inmenso patio de armas alrededor del cual se puede andar por parte de las murallas, asomarse al aljibe que guardaba el agua, localizar sus puntos de vigilancia y maravillarse ante una torre del homenaje a la que se puede acceder... Todo invita a creerse un señor feudal dando un paseo por su castillo, adaptado a la topografía del terreno, y con la mano a modo de visera contemplar desde lo alto de la torre el cerro de San Ginés, la Sierra Palomera y la depresión del Jiloca, siempre vigilante ante un posible ataque de las tropas castellanas.
Imprescindible visitar este castillo, uno de los más bellos y singulares de Aragón.
Eso sí, llevaos un bocadillo. Por si acaso.



lunes, 11 de octubre de 2010

Peracense (Jiloca)

Las incógnitas del castillo rojo
Tuvimos la suerte, allá por el año 1999, de que el sol se fuera poniendo mientras ascendíamos (en coche) la cuesta que nos llevaba hasta el castillo de Peracense, de tal forma que cuando llegamos arriba los últimos rayos de sol resaltaban con muchísima más fuerza de lo normal los colores rojizos de este impresionante y aparentemente inexpugnable castillo.
Estaban realizando las obras de restauración, así que pudimos entrar con facilidad. Y entrar a la plaza de armas y ponerse en la piel de un caballero medeval fue todo uno. A lomos de un imaginario caballo pude recorrer sus recintos, asomarme al precipicio para ver perderse la tierra en el horizonte, y contemplar bajo la peña de San Ginés el casco urbano de Peracense.
Indagando un poco en la historia de este castillo resulta que lo rodean más elucubraciones que hechos, lo que le hace aún más fascinante, si cabe.
En primer lugar, en los alrededores de este castillo supuestamente medieval se han encontrado restos íberos y romanos. En segundo lugar, lo que parecía ser una fortificación de defensa frente a Castilla resulta que pudo ser una fortificación de defensa... frente a sus vecinos turolenses. Y, en tercer lugar, igual ni llegaba a la categoría de fortificación de ataque o defensa, pues entre que los castellanos podían entrar en Aragón por sitios mejores, y que casi todo lo que le rodea son precipicios, pues resulta que el castillo de Peracense rara vez fue asediado o atacado.
Pero bueno, el caso es que ahí está, fabuloso, misterioso, y mimetizado con esa tierra roja de la sierra Menera y tan abundante por estas nuestras tierras de Teruel.

Nota: Hoy día el castillo está restaurado y es visitable (creo que desde el 2002, pero no me hagáis mucho caso). Os recomiendo acercaros a él en cuanto podáis, y si puede ser a última hora de la tarde de un día despejado.


lunes, 24 de mayo de 2010

Navarrete del Río (Jiloca)

Longaniza mudéjar
Creo que desde siempre he tenido la inquiertud de ir algún día a Navarrete porque mi vecino, Salvador (muy buena persona) era de allí, y muchas veces hablaba de su pueblo.
Cuando fuimos, la verdad es que no estuvimos mucho rato, a nuestro pesar: hacía un día de perros, casi no teníamos gasolina, eran unas horas intempestivas, no habíamos comido...
El caso es que no nos dimos una vuelta por sus calles, como me gusta hacer siempre que voy a un pueblo. Sin embargo, sí que tuvimos un par de alegrías: la primera, ver la magnífica torre mudéjar de la iglesia (la puerta, en cambio, estaba de lo más zarriosa); y, la segunda, el bar de al lado de la iglesia (es una pena que se me haya olvidado el nombre).
El bar es de esos bares de siempre, de los que te hacen estar a gusto, como cuando llegas a casa. Fue entrar y ya parecía que éramos del pueblo. Unos saludos a los parroquianos y a ver el panorama, como en una película. La hora jauta de las 4 de la tarde o así que eran había reunido unas cuantas mesas de guiñote, gente echando el café y otros que ya empezaban (o seguían) con las cañas, las tapas y el vino, un par de abuelos atentos a la tele aunque el telediario ya hacía rato que había acabado... y, con pocas esperanzas, preguntamos a la señora del bar si nos podía hacer algo para comer. Pues hete aquí que la señora nos uelta un repertorio de cosas, nos deja una carta y nos dice que sin problemas.
El bocata, perfecto. El pan de pueblo con tomate, y una longaniza deliciosa. Increíble. Eso, y el hambre que llevábamos.
Más que satisfecho de la breve visita a Navarrete, continuamos camino hasta Calamocha. A echar gasolina, claro.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Fonfría (Jiloca)

La casa de las conchas

Continuando con esa "arquitectura popular" del Teruel profundo, y dejando a un lado Gaudí, nos encontramos con el pueblo de Fonfría en un extremo de la comarca del Jiloca y lindando con las Cuencas Mineras.

Si creíais que la "Casa de las Conchas" estaba sólo en Salamanca, os equivocáis. En esta casa de Fonfría decidieron aprovechar los restos de una o dos mariscadas para "decorar" la fachada de la vivienda (espero que sólo la fachada), con el resultado que véis. Imagino que el primer día que fueran a mirar el contador de la luz se llevarían una sorpresa al verlo enmarcado de tan barroca manera, como esas manualidades que se hacían de pequeño en la escuela.
El resto de casas del pueblo, remodeladas a modo de chalets, dan una imagen de "ni pueblo ni urbanización". Sólo se salva el trinquete, y eso que el que proyectó espuma de poliuretano en el techo podía haber quitado antes las dos bombillas que colgaban. En fin...
Pero tiene algo bueno (aparte de la recogida de setas en el pinar): desde el puerto de Fonfría (1.470 m.) tendremos unas vistas espectaculares de todo el valle.
Y, ya para terminar, si había bar en el pueblo no lo encontramos.

Dedicado al Coyote, tuno y taxista. Con un par.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Luco de Jiloca (Jiloca)

El puente romano
Puente romano de Lueco de JilocaAhora sí, ha llegado el momento de volver a este pueblo a orillas del Jiloca para hablar de su puente romano. Está al lado de la carretera, a pie de coche, así que no hay excusa para no cruzarlo.
Después de desembarcar en Ampurias, las legiones romanas comenzaron la conquista de la Cordillera Ibérica. Corría el siglo II a.C., y los romanos (muy listos ellos) aparte de "invadir", "conquistaban". Esto es, llegaban, introducían el modo de vida romano en la población autóctona, y seguían conquistando por ahí, pero dejando los poblados celtíberos "romanizados".

Esto viene a cuento de la importancia que, en su momento, tuvo el puente de Luco de Jiloca en la conquista de estas tierras, y que tan bien recoge este texto:

"Entre los años 150 a 130 a.C., los habitantes del valle del Jiloca se vieron envueltos en la segunda guerra celtibérica. Estos pueblos de la ribera gozaban de reconocida fama por sus armas templadas en las aguas del Jiloca; sin embargo, hacía falta algo más que armas para enfrentarse a la invasión romana.
Los druidas habían visto en sus augurios grandes desastres para su bosque sagrado, y la congregación eligió a Oldux, gran jinete y gran estratega, como jefe para luchar contra las legiones romanas.
Así, comenzó una desigual batalla; los soldados de Oldux usaban la guerrilla como estrategia, y la legión romana fue diezmada numerosas veces al intentar atravesar el río Pancrudo. La guerrilla cruzaba el río sobre odres hinchados, y se apostaba en la cima de los cerros cercanos para lanzar sus armas sobre las huestes romanas cuando intentaban vencer las aguas.
En varias ocasiones los ejércitos romanos intentaron cruzar el río pasada la época de lluvias, pues su objetivo final era Orosis -la actual Caminreal-, pero otras tantas veces la guerrilla de Oldux les arrebataba las posiciones ganadas. Finalmente, el general romano al mando decidió la construcción de un puente. Pero la táctica no sirvió: año tras años los vigías romanos eran sorprendidos por la guerrilla, oculta en la espesa vegetación. El general romano veía cómo sus tropas eran incapaces de vigilar el paso y mandó talar los bosques cercanos, colocando dos líneas de soldados en todo su contorno. Así es como pudo terminar la construcción del puente y dominar ese paso. Los soldados de Oldux ("el jefe más alto") no pudieron servirse de la frondosa vegetación, y fueron derrotados.
El genial caudillo Oldux apareció muerto una noche; una lanza atravesaba su pecho y la mano derecha había sido cortada. Los romanos respetaron el rito celta y dejaron a Oldux y los suyos en el campo de batalla, para que fueran enterrados según la costumbre del pueblo indígena.
Y para dejar constancia de los años de lucha, fue grabada en el puente la siguiente inscripción:
"Vencido el caudillo Oldux. Año 137 a.C."

¿Andestá Luco de Jiloca?


miércoles, 15 de julio de 2009

Luco de Jiloca (Jiloca)

El accidente de Entrambasaguas
Junto al puente romano de Luco de Jiloca, del que nos ocuparemos en su momento, hay un puente ferroviario ya abandonado con una peculiar historia de un accidente que llamó mi atención, sobre todo por lo espectacular de la fotografía del descarrilamiento que aparecía en el panel informativo.
El resumen del accidente sería éste: el 22 de junio de 1904 descarriló un tren de la línea Calatayud-Valencia en el término de Luco de Jiloca, con un balance de cinco muertos y una veintena de heridos.
Según he leído luego, y por eso pongo aquí esta reseña, es que se conjuraron todos los astros de la mala suerte: el río Pancrudo bajaba con una riada histórica, así que los cimientos del puente (mal construidos) se los llevó el agua, quedando las vías "en el aire"; el peso de la máquina hundió los raíles, y el vagón que llevaba el combustible cayó sobre el fuego de la máquina, empezando a arder todo.
Os invito a leer la reseña completa del accidente en esta dirección: http://www.xiloca.com/data/Bases%20datos/Xiloca/718.pdf . Creo que no tiene desperdicio por lo exhaustiva que es, e incluso hay un toque de humor en la situación.
Cuando vayáis a dar una vuelta por el pueblo (¡ojo!, el bar cierra los lunes), en una pared de la iglesia hay una placa de los padres escolapios que recuerda el siniestro (por los curas que murieron).

jueves, 2 de julio de 2009

Báguena (Jiloca)

...y la caña, mal echada
Por razones que no vienen al caso, estuvimos remontando la ribera del Jiloca en la provincia de Teruel. Y, llegado el momento, paramos a hacer una visita al pueblo de Báguena (al lado de Burbáguena, y del que nos ocuparemos en otro momento).
Como lo primero es lo primero, fuimos a echar una cerveza a un bar que tenía buena pinta: edificio nuevo, albergue turístico, comedor - restaurante, y larga barra. Todo muy nuevo.
Craso error.
El señor que atendía el "complejo" nos puso una caña sin nada (absolutamente nada) de espuma, que más parecía una muestra de orín que otra cosa, no tenía ni cocacola ni pepsi ni qué se yo (un nestí me parece que dijo que tenía), la tapa de anchoa estaba mal limpiada y casi nos atragantamos con la espina, el mostrador de recepción estaba ocupado por dos jaulas con pájaros que se habían cagado en todos los lados menos dentro de la jaula, al ir a pagarle y hacerlo con monedas (pensando que le vendrían bien los cambios), las tiró a la caja con mala cara (no había monedas de color cobre, no somos tan bordes) y, para rematar la faena, cuando se acabó el cigarro, en vez de apagarlo en el cenicero que tenía al lado, lo tiró, encendido aún, por encima de la barra a un suelo lleno de colillas, algunas aún humeantes del guiñote que debía haber habido por la tarde.
En fin, las personas hacen los pueblos.
Por nuestra parte, salimos pitando de Báguena.
Parece ser que hay una interesante torre mudéjar en el pueblo, pero a mí ya no me interesa. Tal vez en un futuro vuelva a probar suerte.

jueves, 16 de abril de 2009

Olalla (Jiloca)

Luis Royo, un mundo de fantasía
Nacido en Olalla, al lado de Calamocha, este gran dibujante ha publicado varios libros de ilustraciones y ha trabajado para prestigiosas publicaciones como Norma Editorial. Podéis ver sus increíbles trabajos en su página web: http://www.luisroyo.com.