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lunes, 16 de junio de 2014

Bronchales (Sierra de Albarracín)

Organizando un fin de semana
Permitidme, en esta ocasión, hacer un poco de cicerone pues la propuesta es pasar un fin de semana tranquilo pero ocupado, en contacto con la naturaleza pero en un núcleo urbano con servicios y, como siempre, en nuestra querida provincia de Teruel, esa gran desconocida (aunque cada vez menos, afortunadamente).
Así que vayámonos a Bronchales, un pequeño pueblo de la Sierra de Albarracín, en pleno Sistema Ibérico, a 1.569 m. sobre el nivel del mar (llevaos algo de abrigo, aunque sea verano) y en medio de uno de los pinares más densos y más bonitos de la península ibérica. Vamos allá.

Viernes tarde/noche: Llegada
En Bronchales hay unas cuantas casas de turismo rural, un hotel y un hostal (al menos). Nosotros estuvimos en el hostal Isabel: trato familiar, comida casera, unas habitaciones normales (total, para dormir y ducharte…), bar en la parte de abajo, y precio muy asequible.
Si llegáis por la tarde-noche, y más en uno de esos días cortos en los que se hace de noche enseguida, no haréis ya gran cosa: aposentaros, dar una vuelta por el pueblo (tranquilos, hay bares), cenar y poco más.
Si, por el contrario, lleváis pensado llegar a primera hora de la tarde, antes de entrar a Bronchales veréis un desvío a mano derecha que os lleva, por una pista accesible para todo tipo de ven´culos, a un singular paraje repleto de celadas, como las llaman por estos lares. Estas "celadas" o "dolinas" (como se denominan en otros sitios) son unos hundimientos de tierra que acaban convirtiéndose, como es el caso, en unos enormes agujeros en el terreno. Podemos adentrarnos, como digo, un buen tramo en el vehículo; luego, es simplemente pasear por entre este curioso fenómeno geológico. Hay que verlo.

Sábado: Excursión y turismo local
El sábado no hay que madrugar. Con levantarse para estar a las 9 o así desayunando, basta. Porque la actividad principal va a ser una excursión a Sierra Alta, uno de los montes más emblemáticos de la zona y buen mirador del entorno.
La mochila se hace pronto: algo de abrigo (a estas altitudes, aunque sea verano no te puedes fiar), algo para picar y/o un bocadillo y algo de agua, aunque en este último caso con llevarse el envase vale, pues en los alrededores de Bronchales hay más de cuarenta fuentes (todas con un buen chorro), y pasaremos por más de cinco.
A la cima de Sierra Alta casi se puede llegar en coche. Ni se os pase por la cabeza esta opción, o echaréis a perder el fin de semana. Hoy el coche queda aparcado para todo el día.
El camino a Sierra Alta arranca desde la parte más alta del pueblo, al lado de la carretera, indicado por un cartel y junto a la fuente del Chorrillo. El sendero, de itinerario circular, está balizado como PR-TE-131 y, aunque poco marcado en algunos tramos, el camino es fácil de seguir si estamos atentos. 
Remontamos el barranco de la Rambla Cavera, pasando por la fuente del Pilar y otra más (¡como para acordarse del nombre de todas!), y al cabo de un rato llegamos al paraje de Las Corralizas, siempre entre pinares. Este curioso prado nos va a permitir tener unas primeras vistas del terreno si hacemos un poco el cabra por entre las blancas rocas que lo delimitan en parte. Este primer tramo es todo verde, todo naturaleza, y si ha llovido hace poco da gusto ver el agua manando a todas caras. Además, la gente que sea aficionada a las setas tendrá un aliciente añadido, pues Bronchales es bien conocido por su excelencia micológica.
Desde Las Corralizas, cruzamos la carretera que va a la Fuente del Canto y a Orihuela y cogemos la pista (o seguimos paralelos a ella, por entre los pinos) que, en suave subida, acaba en unos paneles indicadores que marcan dirección a Fombuena.
Nosotros tiraremos aún un poco más, repecho arriba, hasta llegar a la cima, donde un ajado cartel nos indica que hemos llegado a nuestro destino: la despejada cumbre de Sierra Alta, a 1.856 m. de altitud. Ya sólo nos queda mirar alrededor, admirar la frondosa carraca con el buzón correspondiente y el no menos intrigante árbol seco cercano, sentarnos a picar algo y respirar aire puro el rato que haga falta. Bueno, y si se tercia, echar un cigarro.
Cuando decidamos empezar a volver, descenderemos el último repecho subido, de nuevo hasta el cartel indicador que ya vimos a la subida y, en vez de tirar por la pista de la que vinimos, iremos por el sendero de la derecha, hacia la Fombuena.
Si el sendero de subida era agradable y llevadero, éste lo es más; incluso más bonito. Y, además, ya es todo cuesta abajo. Eso sí, prestad atención a las marcas del camino pues en algunos puntos del denso pinar no es fácil localizarlas.
Este camino de vuelta nos lleva por más fuentes, más pinos, campo abierto… y nos introduce de nuevo en Bronchales por la puerta de atrás, donde se está levantando una urbanización. A falta de una cerveza fresca y una ducha, ya hemos completado la excursión de hoy.
El resto del día, hasta la hora de cenar, lo echaremos dando una vuelta por el pueblo. Podemos comenzar acercándonos hasta el merendero que hay al principio de la rambla, con su río y su fuente de aguas ferruginosas, de esas que echas un trago, pones cara de desagrado, y luego repites. Desde aquí, una senda nos lleva en fuerte subida hasta la parte más alta del pueblo, y bajando hacia la plaza siempre podemos hacer un alto en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, con sus esquinas levantadas con ladrillos rojizos, color que se acentúa al atardecer, cuando los últimos rayos de sol dan directamente sobre la fachada principal.
También podemos visitar la ermita, pero a la cita que no podemos faltar de ninguna de las maneras (y esto hay que apuntarlo bien, y remarcarlo) es a hacerle una visita a Paco, en su nave de Jamones Bronchales. Maja persona, le podéis pedir que os enseñe cómo curamos los jamones en Teruel, según el método tradicional, y que os haga una demostración del proceso si no va muy liado. Los jamones más exquisitos de Aragón que he probado han salido de aquí. Y espero seguir catándolos muchos años más.

Domingo: Turismo de alrededores
Para el último día del fin de semana, algo tranquilo: una pequeña ruta circular en coche rodeando los pinares de Bronchales. Se trata de ver únicamente dos pueblos: Noguera de Albarracín y Orihuela del Tremedal.
En el primero, pequeño, no podremos evitar "jugar" a adivinar fechas y días de la semana fijándonos en el Almanaque de San Román que adorna la fachada principal de su iglesia. No es fácil.
Orihuela del Tremedal es más grande, y aquí sí que podréis echar un buen rato paseando por sus empinadas calles, viendo "la reja más bonita de la Sierra de Albarracín" y, subiendo a la ermita, parar a echar fotos a los ríos de piedras. La ermita del Tremedal es un excelente mirador a la par que un encantador entorno natural.

Pues con esto ya hemos completado un fin de semana diferente: natural, cultural y gastronómico. Ya sólo queda volver a casa con esa sonrisa que se queda en la cara cuando has disfrutado de algo. ¡Buen regreso!.


A Carlos B., que creo que era esto lo que me pidió.






lunes, 30 de diciembre de 2013

Orihuela del Tremedal (Sierra de Albarracín)

Naturaleza, patrimonio, historia y leyenda
Vayáis a Orihuela por donde vayáis, seguro que es atravesando extensos y densos pinares, principalmente de la variedad albar. Hoy día, la madera es uno de los recursos naturales de la localidad, acompañada (¡cómo no!) por la recolección de hongos y setas cuando es época.
Una primera panorámica del pueblo la podemos tener desde la gasolinera, antes de meternos en la plaza, que será un buen lugar para dejar el coche, nada más pasar el río Gallo, hábitat de la trucha común y solaz de pescadores.
Orihuela del Tremedal fue declarada Conjunto Histórico Artístico en 1972, y no es de extrañar pues basta con mirar alrededor para admirar las casas señoriales, comenzando por el propio Ayuntamiento y acabando con (perdón, "en") la mansión de los Franco Pérez de Liria, en cuya fachada se encuentra (y cito casi literalmente) "la mejor y más bonita reja de la Sierra de Albarracín".
Ya que fueron los caballeros del navarro Pedro Ruiz de Azagra quienes por estas tierras reconquistaron la taifa de Albarracín, es lógico que dejaran huella a su paso por aquí, y esa huella se traduce en el culto mariano de la Virgen del Tremedal y en la advocación de un santo riojano: San Millán de la Cogolla, al que se le unió el nombre del río Gallo (por alusiones) y la fuente del Gallo, a su vera.
Por las empinadas calles llegaremos, pues, a la iglesia parroquial de San Millán de la Cogolla, una enorme mole arquitectónica que resalta con creces sobre el resto del pueblo, y a cuya edificación le pega más ser una catedral que una iglesia. Si os la encontráis cerrada, como nosotros, habrá que conformarse con las vistas desde el excelente mirador que su ubicación ofrece, con leer (al que le apetezca) la lista de los "caídos por la patria" (tan extendida por los pueblos de Teruel) y, si paráis cuenta, veréis que en una piedra sillar de las que forman una esquina del edificio ha sido convenientemente tallada para que podamos saber la hora cuando no está nublado. Sí, es un reloj de sol.
Esta iglesia, declarada Monumento Nacional, parece ser que se construyó en tan sólo cinco años (entre 1770 y 1775) y, por si en Orihuela no tuvieran bastante con "la reja más bonita de la Comarca", y los "Ríos de Piedra más espectaculares del mundo" (luego os digo lo que son), la parroquial de San Millán es "la más hermosa del barroco de la provincia". Si es que no debemos tener abuela...
Fuera ya de este casco urbano de casi 600 habitantes, una carretera nos conduce por la hospedería y nos lleva a visitar, por un lado, unas curiosas vertientes de piedras a las que, originalmente, llaman "Ríos de Piedra" y que, debido a sus dimensiones, parece ser que constituyen unos de los más espectaculares a nivel  mundial. ¡Será por piedras en Aragón!. Continuando hasta el final de la carretera, llegamos a nuestro último objetivo: el Santuario de la Virgen del Tremedal, cuyos orígenes se remontan a los siglos XII-XIII y cuyo templo actual es del siglo XVIII, aunque al final se inauguró en 1884 por culpa de la Guerra de la Independencia (suceso del que ahora nos ocuparemos).
Varias cosas hay que contar del Santuario:
1) La primera, que es un excelente mirador de los Montes Universales ya que estamos en los límites de las provincias de Guadalajara y Teruel, aunque actualmente está bastante invadido por antenas y repetidores. Y es que la tecnología tiene un precio.

2) La segunda, que durante la Guerra de la Independencia los españoles de la zona se habían hecho fuertes en el santuario, y un general francés, Henriot para más señas, organizó una emboscada para acabar con ellos. Pero los españoles se percataron de la jugada y se retiraron hacia los pinares, dejando al francés con dos palmos de narices. Éste, muy muy muy cabreado, ordenó quemar el pueblo, el Santuario, los pinares y todo lo que se le iba ocurriendo en su personal rabieta. Las consecuencias fueron desastrosas para el pueblo y para la zona, pero los oriolanos supieron reponerse a la catástrofe. Eso sí, imagino que por aquí seguirán acordándose del francés y de su... tropa.
3) La leyenda de la aparición de la Virgen, que más o menos dice así:

A un pastor manco que apacentaba su rebaño por estos lares, en medio de una luz resplandeciente se le apareció la Virgen, que venía con hambre, y le pidió un trozo de torta que, misteriosamente, sabía que el pastor llevaba en su zurrón. Cuando fue a echar mano al zurrón, la Virgen le dijo que con el brazo bueno no, que lo sacara con el que no tenía. El pastorcillo debió pensar que le estaba tomando el pelo, y así se lo dijo. El caso es que, tras discutir un poco, la perra chica fue para la Virgen y el pastor metió el muñón en el zurrón y, a la que lo sacó, llevaba el brazo entero. Y el trozo de torta, imagino.

La historia acaba aquí; ya no cuenta si al final merendaron los dos juntos o si el pastor, directamente, echó a correr al pueblo a contar lo de su brazo nuevo.

No sé a vosotros, pero a mí se me asemeja a la del cojo de Calanda, sólo que cambiando un cojo por un manco...
4) La cuarta, que sepáis que "Tremedal" no es el apellido del pastor ni el de la Virgen que se le apareció, sino "un terreno pantanoso, abundante en turba, cubierto de césped, y que por su escasa consistencia retiembla cuando se anda sobre él" (R.A.E.). No es de extrañar, pues, que la ganadería sea otro de los pilares de la zona.
Y hasta aquí. Ya veis lo que puede dar de sí un día por estas tierras.




miércoles, 13 de noviembre de 2013

Moscardón (Sierra de Albarracín)

Viento serrano
Parece ser que esta vez, según los historiadores, lo que parece obvio es cierto, y el topónimo de la localidad proviene del latín "musca = mosca", o moscarda, como llamamos en Aragón (no sé si en el resto de España) a esas moscas negras que les gusta acudir, entre otros sitios, a los jamones colgados que tan bien se curan en estas altitudes. Otras fuentes, más románticas, apuntan a que el nombre proviene de la palabra "mosquera = lugar de moscas", pero también "lugar donde el ganado se tumba a sestear". Ahí queda.
Entre cañones, en el valle del Masegar, y concretamente en lo alto de un cerro en el barranco de El Castellar, se ubica Moscardón, pueblo rodeado de abundantes cursos de agua, fuentes y pinares desde el siglo XII.
Aunque brillaba el sol, soplaba una ventolera serrana bastante fuerte el día que estuvimos, así que la vuelta por este pequeño y arreglado pueblo fue un poco rápida. Sólo vimos un par de personas, del aproximadamente medio centenar de habitantes que normalmente le deben dar vida a la localidad, y nos asomamos al barranco dominado por la iglesia de San Pedro Apóstol, con su torre almenada del siglo XVI sobre el espolón.
El mismo viento que nos llevó nos sacó de allí, para continuar la ruta por esta sierra turolense.
Y no, no había moscas.


jueves, 24 de octubre de 2013

Frías de Albarracín (Sierra de Albarracín)

De atlantes y demonios... pero también de flores y princesas
Existe un libro sobre Teruel de no muchas páginas pero todas muy interesantes; pequeño, pero enorme en contenidos; que editó Ibercaja (mal que me pese hacerles propaganda) allá por el año 93, que he leído de una sentada bastantes veces y que recomiendo a todo el mundo. Se titula "Guía mágica de la provincia de Teruel", escrito por Alberto Serrano Dolader.
El otro día me lo volvía a leer, y como paré cuenta de que había varias historias/leyendas de Frías de Albarracín, y como me consta que a todos nos gusta leerlas (y a mí escribirlas y/o reescribirlas), aquí os dejo mi adaptación de ellas, eso sí, instándoos a leer el libro de A. Serrano.

Historia 1: Mitología
Hay quien sitúa la Atlántida por estas tierras allá por los tiempos antiguos, mucho antes del diluvio, en lo que fue una gran laguna fría. El deshielo rompió la cordillera que la contenía, y las aguas se desbordaron arrastrando con ellas un gigante que sólo pudo frenarse apoyando con un fuerte golpe los pies en la roca viva.
Y ahí siguen sus huellas, para que la historia no olvide a estos habitantes del continente perdido.
Historia 2: Demonología
Algunas partes de los bosques de alrededor de Frías eran dominios del diablo, pequeños reinos de los que los más viejos contaban terribles historias junto al fuego.
Un día un pastor, quizá por despiste, penetró con su rebaño en uno de estos lugares prohibidos. Pronto se empezaron a escuchar sonidos extraños, las cabras echaron a correr en desbandada y, con ellas, el pastor, perseguido por Satán. El pastor era rápido y, al llegar a los llanos, de un salto cruzó el arroyo que hacía de frontera con las tierras del diablo, dejando al demonio plantado al otro lado (pues de todos es sabido que esta criatura no se lleva bien con el agua).
Tal fue la rabieta que pilló Satanás por habérsele escapado el pastor que todavía permanecen en la piedra huellas de las pisadas del demonio, junto a las ruinas de un viejo molino.
Historia 3: Botánica
En lugares frescos y próximos al agua podemos encontrar en Aragón el tejo, un árbol normalmente no muy grande y que guarda cierta similitud con pinos y abetos. Es un arbolillo muy bonito que, sin embargo, segrega un alcaloide llamado "taxina", cuya ingesta puede ser mortal.
Se cuenta que el tejo da una flor que sólo florece en la noche de San Juan, y es visible sólo el tiempo que dura el sonido de las doce campanadas. En Frías de Albarracín, esa noche las gentes intentaban coger "la flor del tejo", pues se creía que quien lo lograra tendría asegurada una vida fácil y placentera. Eso sí, brujas, demonios, hadas y dragones estarían protegiendo la flor, con lo que la tarea no sería fácil.
Historia 4: Leyenda
En tiempos de los moros, uno de los muchos reyes que gobernaban en la península tenía una hija de gran belleza, a la que mantenía encerrada mientras le buscaba un matrimonio ventajoso (ventajoso para él, claro). Lógicamente, harta ya, la princesa logró escapar y ocultarse tan bien que ningún enviado del reyezuelo y ningún adivino consiguió dar con ella.
Pasó mucho, muchísimo tiempo, y una hechicera con más caché que las anteriores le reveló al desolado padre que la princesa estaba bien, que le gustaba ser libre, y que habitaba el pequeño y derruido castillo de Frías de Albarracín.
El rey encolerizado quiso castigar a su hija, pero el cariño que aún le tenía se lo impidió. Y aquí fue donde intervino la salomónica hechicera: "Puesto que ha elegido libertad para ser como el ciervo o el ave, que sufra como ellos también la necesidad: que cuando se acerque a saciar su sed en la fuente que existe junto al castillo en el que habita, se retiren sus aguas".
Así ocurrió, y a la fuente la llaman "La Mentirosa" o "La Burlona", porque de ella tan pronto mana agua como, de súbito, cesa de hacerlo.
Como yo, que ceso aquí de escribir historias de Frías, pero insisto en que leáis entero el libro de Alberto Serrano, pues hay muchas historias como éstas.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Pozondón (Sierra de Albarracín)

Ancho es Pozondón
Entre Santa Eulalia y los montes de Bronchales, en la Sierra de Albarracín, una extensa llanura se extiende a lo largo de varios kilómetros de carretera, sorprendentemente en muy buen estado. Pero no nos engañemos, que estamos en Teruel y, aunque no lo parezca, a más de 1.400 metros de altitud. Así que esta preciosa altiplanicie se convierte a lo largo del año en un duro paraje mediterráneo de climas extremos.
Y, en medio de este extenso mar de matorral bajo surge, cual oasis en un desierto, una pequeña población de la que sobresale lo que parece ser una torre defensiva: Pozondón.
Dejamos el coche en la plaza, junto a la fuente con escaleras de bajada y de subida, y próximo al ayuntamiento, elegante edificación típica de la zona, en rojiza piedra rodena y con lonja en la parte inferior.
Debió coincidir la hora del paseo (tarde avanzada) con algún tipo de prueba nuclear por la zona, pues sólo nos encontramos con el mosen (que ya cerraba la iglesia para marchar a otro pueblo, supusimos), y con tres o cuatro gatos. Así que fue una vuelta tranquila... y sorprendente, pues en medio del pueblo nos encontramos, siempre en color rojo, un pequeño recinto amurallado donde está ubicada la torre almenada que se veía al venir (y que, al final, resulta que es el campanario) y la iglesia. El conjunto es raro, curioso de ver y agradable a la vista.
El recorrido por el pueblo termina en el perímetro de éste, desde donde se puede contemplar a todas caras la extensión real de estos Llanos de Pozondón, de dónde venimos y hacia dónde vamos...





miércoles, 22 de mayo de 2013

Noguera de Albarracín (Sierra de Albarracín)

El almanaque de San Román
Situado en medio de un paraje natural envidiable, las casas de Noguera de Albarracín se apelotonan en el cruce que comunica Bronchales, Orihuela del Tremedal y Albarracín. Rodeado por las altas cumbres de la Sierra de Albarracín y el macizo del Tremedal, el clima es más bien húmedo, así que no es de extrañar que en el pueblo se enorgullezcan de tener más de un centenar de fuentes.
Entre sus casas más bien rojas, característico color rodeno de la zona, destaca la iglesia de San Miguel, del siglo XVIII. La gran fachada que da a la plaza alberga entre la piedra y el barro una chapa de hierro vieja y cansada, mimetizada ya por el óxido y el tiempo con el resto del muro, pero en la que aún se distingue perfectamente una extraña serie de números y letras: es el Almanaque de San Román.
El significado de la serie de letras es fácil: corresponde a las iniciales de los meses del año. La fila de arriba, numérica, corresponde a un valor fijo asignado a cada mes. De esta forma se puede calcular cualquier día de la semana del año en el que estemos, o de alguno un poco anterior o posterior. Para convertir realmente este almanaque en un calendario perpetuo haría falta otra tabla, en la que a los distintos años se les asigna otro valor numérico variable. Pero a buen seguro que en el día a día de los vecinos de Noguera este dato no fuera estrictamente necesario.
Quiero pensar que aún quedan nogueranos (o "judíos", como se les conoce por apodo) que sepan hacer los cálculos de cabeza. Los demás, tendremos que quedarnos admirando el Almanaque de San Román y buscar en Internet su "funcionamiento".




lunes, 25 de junio de 2012

Terriente (Sierra de Albarracín)

Mirando la Sierra
Paramos en Terriente durante una de nuestras incursiones por la Sierra de Albarracín. Pueblo serrano, pues, dimos breve vuelta por las calles que separan sus pocas casas, distribuidas rodeando la plaza principal, algunas de ellas con claras connotaciones del alto nivel adquisitivo de sus históricos propietarios. Recuerdo con especial intriga la ventana de una de ellas, con curiosas tallas de símbolo solar y flor de lis, una a cada lado.
Tanto el ayuntamiento como la iglesia parroquial dedicada al Salvador son del siglo XVI, aunque Terriente tiene más fama por los numerosos manantiales de la zona, como el del Algarbe (que unas veces aparece escrito con "b" y otras con "v"), a unos 6 km. del núcleo urbano.
Y, hablando de El Algarbe: parada obligatoria en el mirador, desde podremos contemplar el poderío de los bosques de la Sierra de Albarracín, sus campos, sus sabinares y algún que otro pueblo de la redolada.



viernes, 2 de diciembre de 2011

Griegos (Sierra de Albarracín)

Tesoros ocultos
Una carretera sinuosa y siempre ascendente obliga a ir a velocidad moderada y disfrutar de unos frondosos pinares que te arropan, dándote una sensación de paz y tranquilidad. Al rato, los pinos se van alejando de la carretera, van clareando, y poco a poco te enseñan más trozo de pradera, hasta que acaban ofreciéndote, ya casi al final, un remanso de calma en forma de una extensa dehesa donde al ganado parece no faltarle comida nunca.
Enhorabuena; acabáis de llegar a Griegos, una pequeña localidad a los pies de la Muela de San Juan y a más de 1.600 m. de altitud, así que coged la chaqueta cuando bajéis del coche. Porque aquí, en verano aún tira que te va, pero en invierno hace un frío que pela (a los de Griegos los llaman "los capuchinos", porque en tiempos llevaban capuchas para defenderse del frío).
Tras una vuelta por el pueblo entramos en el santuario de los santuarios: el bar.
He estado en muchos bares (en muchísimos, doy fe), y el de Griegos es uno de esos que se me han quedado grabados, tal vez por las fantasías que iba imaginando mientras la vista se me iba a todos y cada uno de los detalles y rincones del lugar. A esas horas de la mañana el bar está todavía vacío, como recién abierto, y el sol entra por el ventanal iluminando el local: una gran barra en forma de L, sólida, y el mobiliario, de madera, compuesto lógicamente por sillas y mesas distribuidas con holgura. Y entonces la imaginación va haciéndote alguna que otra jugarreta, y del silencio y del vacío surgen un pequeño murmullo y unas sillas ocupadas por algún que otro abuelo, y por alguien no tan anciano, que tras el silencio durante el transcurso de la partida de guiñote, elevan sus voces comentando la partida, piden otro café u otro carajillo, y echan el humo de sus cigarros o de sus perreros mientras cambian el palillo de una comisura de los labios a otra sin usar las manos. Las otras seis u ocho personas de alrededor siguen dando su opinión del coto que hace meses acabó, mientras ya se reparten cartas nuevas. Una nueva jugarreta de la mente hace que se oigan dos golpes secos indicadores de que alguien ha cantado las cuarenta y, como una señal, entonces el humo de la estancia se va disipando, la gente se desvanece, y el bar vuelve a quedar vacío. Pero a mí me queda una sonrisa y un día por delante.
Un día para seguir por estas tierras rodenas, escenarios de leyendas de moras y princesas, pero también de tesoros ocultos bajo estas redondeadas montañas, como el que algún día aparecerá en Griegos:
En la Muela de San Juan, que limita la Sierra de Albarracín con la de Cuenca, existió hace mucho tiempo una hermosísima ciudad, cuyo dueño y señor poseía como joya más preciada un pequeño toro de oro que procedía de un templo pagano que allí hubo antes de la predicación evangélica.
Pero un mal día llegaron las hordas berberiscas, destruyendo e incendiando cuanto encontraban a su paso. La ciudad fue destruida.
Entre las ruinas, el berebere Aben Jair encontró el toro de oro, y lo enterró en un bosque próximo confiando en recuperarlo a su regreso por aquel territorio. Pero en el cerco de otra ciudad, Aben Jair fue mortalmente herido y, antes de morir, confesó a su mejor amigo el lugar donde estaba oculto el tesoro. Cuando éste pudo volver al sitio que le había señalado su amigo, buscó el tesoro, sin poder hallarlo. Al final tuvo que desistir.
La existencia del toro de oro oculto se transmitió de generación en generación, siendo buscado en vano. Según la tradición, el toro de oro no será hallado hasta que sobre la Muela de San Juan vuelva a resurgir la maravillosa ciudad que allí se alzaba.


lunes, 3 de octubre de 2011

Calomarde (Sierra de Albarracín)

Será por nombres
Paramos en Calomarde, en principio, sólo para echar una caña y proseguir viaje; pero, como siempre, acabamos dando una vuelta por este pueblo semiprotegido por una montaña rocosa.
No estuvimos mucho rato, pero sí el suficiente como para ver un par de cosas de esas que dices: "Menos mal que nos ha dado por parar".
La primera, y es que estos pueblos de Teruel nunca dejan de sorprender, es su iglesia parroquial. Una iglesia normal, como muchas otras que ya has visto, pero la sigues mirando por fuera... y de repente ves que algunas piedras del muro llevan inscripciones romanas (la iglesia es del siglo XVII). Resulta que, al hacer la iglesia, como tenían a mano el sepulcro romano de la familia Terencia, pues decidieron aprovechar las piedras. Total, ya que estaban ahí... Y la verdad es que no quedan mal donde están. Eso sí que es reutilización.
Al poco de dejar Calomarde, un merendero bien provisto anuncia el Molino Viejo y la Cascada Batida, así que allí que vamos.
Una senda bien marcada nos baja hasta el Río Blanco, un afluente del Guadalaviar, y hasta lo poco que queda de un viejo molino. Pero lo más curioso es el estrecho que el agua ha ido modelando a lo largos de los siglos, incluidas una serie de cascadas juguetonas que, en el caso de la conocida como "cascada Batida", llega a tener una caída de unos siete metros.
Para terminar, y también por justificar el título de esta historia, comentar que así como el nombre actual de muchos de nuestros pueblos han venido o bien por variaciones del nombre original de raíces íberas, romanas, árabes... o bien por ir añadiendo palabras poco a poco (recordemos el caso de Villanueva del Rebollar de la Sierra), en Calomarde han ido más allá, y cuando han tenido que cambiar el nombre del pueblo lo han hecho del todo, sin tonterías. Así, al principio el pueblo se llamó Peñascales, luego Valle Hondillo y, finalmente, Calomarde, en honor al ministro de Fernando VII, D. Francisco Tadeo Calomarde, natural de Villel.



lunes, 19 de septiembre de 2011

Rodenas (Sierra de Albarracín)

Planeta Rojo
¡Cuánta razón tenía el filósofo cuando dijo que hay más cosas que desconocemos de las que sabemos, y cuando dijo que nunca había que dar nada por supuesto!.
Hasta hace no mucho creía que el pino rodeno era una especie de la familia de los pinos, como el pino negro o el pino royo. O como el estornino culebrero o el fardacho saltamontero, si es que existe. Y, mira por dónde, parece ser que no, sino que es más o menos el pino de toda la vida pero que crece en un lugar un tanto especial: lo que se conoce como "piedra rodena", y que geológicamente es un terreno arenisco de color rojizo, del triásico inferior, y técnicamente se denomina "butsandstein". Ahí queda eso.
Lo empecé a sospechar cuando en nuestro camino apareció un cartel anunciando un pueblo: Rodenas.
Rodenas es la puerta de entrada a la Sierra de Albarracín (una de ellas), comunicando ésta con el valle del Jiloca, y sirviendo en tiempos de frontera entre reinos moros y cristianos.
Es un pueblo rojo, como el entorno, en el que las casas parecen surgir por sí mismas de la propia tierra roja, tierra rodena.
Un tranquilo paseo por el pueblo nos descubre rincones curiosos y dinteles misteriosos, como el que tiene la fecha "MCMU". Una señora nos augura que hoy va a hacer un buen día; un hombre nos muestra orgulloso el abrevadero arreglado hace ya tiempo, y nos comenta que a ver cómo se presentaba el verano, porque este invierno había llovido más bien poco. Otro me dice que el bar no abrirá hasta dentro de un rato... y es una lástima, porque hace muy buena pinta: grande, terraza en parque y a la sombra, un cartel anunciando que hacen brasa... pero, en fin, si no son horas, no son horas.
Nuestros pasos nos llevan también a una enorme plaza con una mastodóntica iglesia (roja) en comparación con el resto de las casas del pueblo, y con virgen en pórtico incluida. Parece ser que desde aquí debería verse el castillo de Arrodenes, una fortificación andalusí del siglo X, cuando Rodenas era el límite occidental de la taifa de Albarracín. Pero no está nada claro. Tal vez si en el siglo XIV Pedro III no lo hubiera derruido piedra por piedra...
Así que, ya véis, en estos pueblos casi olvidados del Teruel profundo siempre aparecerá uno, como por arte de magia, como Rodenas, que además de por su curiosa belleza también destaca por su historia, por su geología... y por su literatura.
Y es que Rodenas aparece en una de las cantigas de Alfonso X el Sabio (Alfonso Equis para los amigos), contando la historia de una señora que se cayó desde una roca y no le pasó nada gracias a la intercesión de Santa María. Es la cantiga 191 y no la voy a reproducir aquí, pero sí os dejo el enlace donde poder leer la original y la currada traducción de Elvira Fidalgo y Xavier Cid: http://www.rodenas.info/cantiga.html.
Cuando salimos de Rodenas, con el excelente sabor de boca que nos había dejado, no sospechábamos que este pueblo todavía nos tenía preparado un dulce postre. Y así, a los cinco minutos, tuvimos que parar junto a las grandes extensiones de cereal pues, al otro lado, esta tierra rodena había modelado en pequeños montículos unas imposibles formas rojas que sólo la imaginación de cada uno puede desvelar.
Un gran broche de oro a una tibia mañana de febrero.

Nota: Y, por favor, que alguien le dé un par de collejas al que instaló la sirena de alarma en la oreja de la Virgen. Será que no había fachada...



viernes, 11 de marzo de 2011

Tramacastilla (Sierra de Albarracín)

Un paseo por el Barranco Hondo
La vez que vayáis a Albarracín (porque, al final, todo el mundo acaba yendo a Albarracín), buscad un hueco y acercaos, aunque sólo sea una mañana, a Tramacastilla. Vale la pena.
Del origen del nombre, una cosa está clara: "Trama-" significa "entre". Para el resto, unos dicen que el pueblo (la ubicación original) estaba entre dos castillos que había en lo alto de los montes que rodean a la población; para otros, el final "-castilla" se debía referir a que estaba ya en la frontera con el reino de Castilla.
Dejando al margen el nombre (pero es que estas cosas a mí me gustan mucho), os aconsejo daros primero un paseo siguiendo el curso del Guadalaviar hacia arriba. El camino empieza al lado del puente que hay a la entrada del pueblo, en un merendero bajo una cueva de aspecto tenebroso (creo que es la "Cueva de los Moros"), y el paseo es apto hasta para los más pequeños.
El camino sube poco a poco, va llaneando y es muy llevadero. Eso sí, estad atentos porque en algún momento habrá un desvío y tendréis que tomar la dirección de la derecha, hacia un (creo) antiguo depósito de agua. Si os pasáis, acabaréis en Villar del Cobo que, aunque tampoco estaría mal, luego hay que volver.
La ruta es circular, y la vuelta a Tramacastilla tiene las mejores vistas del Barranco Hondo, con el río allá abajo. No da vértigo (aclaro).
Volvemos a Tramacastilla por un tramo común al que que hemos realizado a la ida, entre huertos de labor y frutales.
Como es normal, tras esta excursión hay que ver el pueblo, dar una vuelta por sus casas rojizas, ver su fuente... y hasta podéis tomaros algo en el bar.
Tramacastilla es muy majo, casi de postal navideña, y, si queréis tener otra buena vista "aérea" de él, podéis acercaros al hotel nuevo (bueno, nuevo cuando estuve yo) que hay siguiendo la carretera, y que tiene un mirador excelente.
Y ya para terminar, como sé que a muchos os gusta el tema de las leyendas e historias, lo voy a hacer con una y, aunque esta zona de Albarracín es muy dada al Cid y a moros y cristianos, la que os voy a contar no tiene nada que ver con ellos, a mí me gusta mucho, y la primera vez que la leí fue a Manuel Pascual Guillén, a quien (como he dado a entender en otras ocasiones) le debo el haberme metido el gusanillo este de las historias que circulan por Teruel. Pero vamos allá con la historia, a la que muchos autores titulan "El huerto de las almas":
En tiempos antiguos, unos señores de Tramacastilla gravaron con censo en sufragio de sus difuntos un huerto que tenían junto al pueblo. Por esta razón, al huerto acabaron llamándole "De las Almas".
Por herencia, el huerto fue pasando de unas manos a otras, hasta que acabó en poder de un avaro la hacienda en cuestión. Este personaje decidió no cumplir la sagrada deuda que el huerto De las Almas llevaba consigo, y durante un tiempo las cosas transcurrieron con normalidad. Pero una noche, de la Peña del Castillo (que según se cree es la boca de la salida del mismo Infierno) surgieron grandes llamaradas que, con luz siniestra y misteriosa, iluminaron el paisaje. De entre las llamas apareció la figura de un caballo con el mismo Satanás por jinete. Llenos de estupor, los lugareños pudieron contemplar que en los bordes del camino apareció quemada la hierba con la huella de unas herraduras de fuego.
Ni que decir tiene que, en adelante, el avaro y codicioso hombre dueño del huerto pagó sus deudas religiosamente.
Hala, tras esto ya os podéis volver a Albarracín (aunque yo os aconsejaría haber cogido alojamiento en Tramacastilla o en alguno de los pueblos de alrededor). Eso sí, os vais a volver con la sensación de haber aprovechado muy bien la mañana. O el día.