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domingo, 30 de noviembre de 2014

Santa Cruz de Nogueras (Jiloca)

Haciéndome cruces
Nos encontramos en Santa Cruz de Nogueras, pequeño municipio de apenas 40 habitantes, al pie de la sierra de Cucalón y junto al río Cámaras.
La carretera separa el núcleo urbano de la ermita de San Bartolomé, del s. XVIII, aunque tras la restauración ya parece del s. XXI. En el casco urbano, la torre de ladrillo de su iglesia se eleva hacia lo alto haciendo gala de su juventud, ya que fue reconstruida tras su destrucción en 1936.
Sin embargo, lo que nos hizo parar fue uno de esos fogonazos que a veces te llegan a los ojos y que hacen preguntarte: ¿lo habré leído bien?. En este caso fue el cartel de entrada al pueblo, que no deja de ser como el de cualquier otro pueblo: cosas que ver, servicios… Pero aquí sorprendió conocer el nombre (¿la advocación?) de su iglesia: “Iglesia de la Invención de la Santa Cruz”.
Esto hace plantearse varias preguntas:
  • Las cruces donde crucificaban a los santos, ¿no son santas, pues?.
  • De todas las cruces que se fabricaban en el Imperio Romano, ¿las santas se fabricaban en Teruel?. Es más, ¿tenían algún formato específico?.
Estas y otras extrañas preguntas afloraron rápidamente, pero como estábamos pendientes de llegar a la hora para comernos un cordero al horno en una localidad cercana, pues tuve que abandonar pueblo y preguntas por el momento.
Y ahora, días después del hecho que nos ocupa, este no-cristiano puede ya autocontestarse, pedir humildemente perdón si alguien se ha sentido ofendido por las dudas anteriores, y compartir con todo aquél que quiera leerlo el resultado de las pesquisas sobre tan curioso nombre de iglesia. Queda así la cosa:
  • La Santa Cruz es la cruz en la que se cree que murió Jesús, y que también se conoce como Vera Cruz. Así pues, las cruces donde murieron los santos y demás acólitos de Jesús, incluido el padre de éste, no eran santas (o, por lo menos, no tan santas, lo cual induce a cierta gradación de la santidad de algo).
  • Hacia el año 326, a la emperatriz Elena de Constantinopla, a sus ochenta años, le dio por buscar la famosa cruz y, a través de métodos cuestionables, acabó encontrándola, conociéndose este hecho como “La Invención de la Santa Cruz”. Así pues, la “invención” de la Santa Cruz fue, en realidad, un hallazgo, un descubrimiento de algo que ya existía. La rueda y la gaseosa, en cambio, sí que fueron inventos.
  • Tras una serie de accidentados viajes, esta cruz acabó en Jerusalén y, en época de las Cruzadas, todo el que iba a dar espadazos a Tierra Santa quería traerse de recuerdo un trozo de esta cruz. Y vaya si se los trajeron: con todos los trozos del santo madero que hay hoy día repartidos por las iglesias, ermitas y demás lugares santos de Europa, Hispanoamérica y resto del mundo cristiano, se pueden hacer varios bosques.
Hala pues, con esto ya me quedo más contento, con mis dudas despejadas, y así la próxima vez que vea una iglesia con un nombre como el de ésta de Santa Cruz de Nogueras, al menos ya sabré de qué va la historia.



lunes, 12 de mayo de 2014

Huesa del Común (Cuencas MIneras)

Recuperándose poco a poco

Entonçes se mudo el Cid | al puerto de Alucat,
dent corre mio Çid | a Huesa e a Mont Alvan;
en aquessa corrida | .x. dias ovieron a morar.

Así reza uno de los fragmentos del Cantar de Mio Cid, recordando aquellos tiempos de reconquistas en los que Rodrigo Díaz de Vivar campaba por estas tierras, ya luchando contra el moro, ya desafiando a reyes cristianos. Y es que Huesa jugó un importante papel en la historia del Reino de Aragón (no todo el mérito iba a ser oscense), pues llegó a integrar diez pueblos bajo lo que se conoció como "El Común de Huesa". Más tarde, Ossa (que era el nombre antiguo de la localidad) y su Común se integraron en la Comunidad de Aldeas de Daroca, formando todo este territorio la Sesma de Honor de Huesa.
He parado varias veces estos últimos años en Huesa del Común, y tengo que decir que cada vez veía mejor el pueblo. La primera vez, una vieja carretera flanqueada por un cansado cartel anunciando e pueblo, y por unos desordenados contenedores de basura y un par de casas abandonadas, me dio la sensación de que éste iba a ser otro pueblo al que le quedaba poco. Pero un breve paseo por sus calles me descubrió que aún conservaba un cierto aroma medieval y, como contrapunto moderno, hacía poco que habían arreglado un local que ya era bar y que en breve llevaban idea de dar comidas también. Había una pequeña chispa que quería comenzar a arder.
Otra de las veces íbamos a hacer una excursión que salía de una arreglada zona de recreo, con puente medieval. Aunque el día era claro, la ventolera y lo poco señalizado del  camino nos hicieron abortar la misión al cabo de un rato de caminar; pero a cambio descubrimos que acababan de acondicionar una vía ferrata que, por una ladera caliza, acababa en el castillo. Mis compañeros se animaron a subir; los que tenemos algo de vértigo preferimos dar un rodeo y subir al castillo por el camino normal. Construido en los siglos XII y XIII, el castillo de Peña Flor fue una muy importante pieza en el juego de las reconquistas que hemos comentado. Al final, este castillo se lo cargaron en el siglo XIX con tanta guerra: la de la Independencia, las carlistas... también la modernidad descubrió el castillo, y algún gracioso ya había hecho en sus sólidas paredes las correspondientes inoportunas pintadas con spray. Desde ahí arriba aún parecía discernirse algo de su pasado amurallado y, desde abajo, la iglesia barroca de San Miguel (s. XVII) seguía en pie (y con trazas de aguantar aún muchos más años), alguna casa comenzaba a arreglarse, y comimos e el bar.
Una visita posterior a este pueblo al lado del Aguasvivas confirmó su recuperación: las casonas solariegas del s. XVI, ayuntamiento incluido, se estaban restaurando; habían abierto vías de escalada y ferratas, colocando a Huesa del Común en el mapa de las zonas de escalada del Sistema Ibérico, y hasta el cansado cartel anunciando el nombre del pueblo parecía lucir más orgulloso. Que así sea.




lunes, 30 de diciembre de 2013

Orihuela del Tremedal (Sierra de Albarracín)

Naturaleza, patrimonio, historia y leyenda
Vayáis a Orihuela por donde vayáis, seguro que es atravesando extensos y densos pinares, principalmente de la variedad albar. Hoy día, la madera es uno de los recursos naturales de la localidad, acompañada (¡cómo no!) por la recolección de hongos y setas cuando es época.
Una primera panorámica del pueblo la podemos tener desde la gasolinera, antes de meternos en la plaza, que será un buen lugar para dejar el coche, nada más pasar el río Gallo, hábitat de la trucha común y solaz de pescadores.
Orihuela del Tremedal fue declarada Conjunto Histórico Artístico en 1972, y no es de extrañar pues basta con mirar alrededor para admirar las casas señoriales, comenzando por el propio Ayuntamiento y acabando con (perdón, "en") la mansión de los Franco Pérez de Liria, en cuya fachada se encuentra (y cito casi literalmente) "la mejor y más bonita reja de la Sierra de Albarracín".
Ya que fueron los caballeros del navarro Pedro Ruiz de Azagra quienes por estas tierras reconquistaron la taifa de Albarracín, es lógico que dejaran huella a su paso por aquí, y esa huella se traduce en el culto mariano de la Virgen del Tremedal y en la advocación de un santo riojano: San Millán de la Cogolla, al que se le unió el nombre del río Gallo (por alusiones) y la fuente del Gallo, a su vera.
Por las empinadas calles llegaremos, pues, a la iglesia parroquial de San Millán de la Cogolla, una enorme mole arquitectónica que resalta con creces sobre el resto del pueblo, y a cuya edificación le pega más ser una catedral que una iglesia. Si os la encontráis cerrada, como nosotros, habrá que conformarse con las vistas desde el excelente mirador que su ubicación ofrece, con leer (al que le apetezca) la lista de los "caídos por la patria" (tan extendida por los pueblos de Teruel) y, si paráis cuenta, veréis que en una piedra sillar de las que forman una esquina del edificio ha sido convenientemente tallada para que podamos saber la hora cuando no está nublado. Sí, es un reloj de sol.
Esta iglesia, declarada Monumento Nacional, parece ser que se construyó en tan sólo cinco años (entre 1770 y 1775) y, por si en Orihuela no tuvieran bastante con "la reja más bonita de la Comarca", y los "Ríos de Piedra más espectaculares del mundo" (luego os digo lo que son), la parroquial de San Millán es "la más hermosa del barroco de la provincia". Si es que no debemos tener abuela...
Fuera ya de este casco urbano de casi 600 habitantes, una carretera nos conduce por la hospedería y nos lleva a visitar, por un lado, unas curiosas vertientes de piedras a las que, originalmente, llaman "Ríos de Piedra" y que, debido a sus dimensiones, parece ser que constituyen unos de los más espectaculares a nivel  mundial. ¡Será por piedras en Aragón!. Continuando hasta el final de la carretera, llegamos a nuestro último objetivo: el Santuario de la Virgen del Tremedal, cuyos orígenes se remontan a los siglos XII-XIII y cuyo templo actual es del siglo XVIII, aunque al final se inauguró en 1884 por culpa de la Guerra de la Independencia (suceso del que ahora nos ocuparemos).
Varias cosas hay que contar del Santuario:
1) La primera, que es un excelente mirador de los Montes Universales ya que estamos en los límites de las provincias de Guadalajara y Teruel, aunque actualmente está bastante invadido por antenas y repetidores. Y es que la tecnología tiene un precio.

2) La segunda, que durante la Guerra de la Independencia los españoles de la zona se habían hecho fuertes en el santuario, y un general francés, Henriot para más señas, organizó una emboscada para acabar con ellos. Pero los españoles se percataron de la jugada y se retiraron hacia los pinares, dejando al francés con dos palmos de narices. Éste, muy muy muy cabreado, ordenó quemar el pueblo, el Santuario, los pinares y todo lo que se le iba ocurriendo en su personal rabieta. Las consecuencias fueron desastrosas para el pueblo y para la zona, pero los oriolanos supieron reponerse a la catástrofe. Eso sí, imagino que por aquí seguirán acordándose del francés y de su... tropa.
3) La leyenda de la aparición de la Virgen, que más o menos dice así:

A un pastor manco que apacentaba su rebaño por estos lares, en medio de una luz resplandeciente se le apareció la Virgen, que venía con hambre, y le pidió un trozo de torta que, misteriosamente, sabía que el pastor llevaba en su zurrón. Cuando fue a echar mano al zurrón, la Virgen le dijo que con el brazo bueno no, que lo sacara con el que no tenía. El pastorcillo debió pensar que le estaba tomando el pelo, y así se lo dijo. El caso es que, tras discutir un poco, la perra chica fue para la Virgen y el pastor metió el muñón en el zurrón y, a la que lo sacó, llevaba el brazo entero. Y el trozo de torta, imagino.

La historia acaba aquí; ya no cuenta si al final merendaron los dos juntos o si el pastor, directamente, echó a correr al pueblo a contar lo de su brazo nuevo.

No sé a vosotros, pero a mí se me asemeja a la del cojo de Calanda, sólo que cambiando un cojo por un manco...
4) La cuarta, que sepáis que "Tremedal" no es el apellido del pastor ni el de la Virgen que se le apareció, sino "un terreno pantanoso, abundante en turba, cubierto de césped, y que por su escasa consistencia retiembla cuando se anda sobre él" (R.A.E.). No es de extrañar, pues, que la ganadería sea otro de los pilares de la zona.
Y hasta aquí. Ya veis lo que puede dar de sí un día por estas tierras.




miércoles, 11 de diciembre de 2013

Valmuel y Puigmoreno (Bajo Aragón)

Pueblos de colonización
colonizar.
1. tr. Formar o establecer colonia en un país.
2. tr. Fijar en un terreno la morada de sus cultivadores.
colonia (del latín colonia, de colonus, labrador).
1. f. Conjunto de personas procedentes de un territorio que van a otro para establecerse en él.
2. f. Territorio o lugar donde se establecen estas personas.
No es que me haya entrado "vaguitis"; es simplemente que tanto Valmuel como Puigmoreno, además de estar próximos entre sí y ser ambos pedanías de Alcañiz, son muy semejantes en su estructura urbana. Vamos, que para los que no somos de allí, después de haber estado en los dos, si te vendan los ojos, te dan vueltas y te dejan en uno de ellos, te costaría saber en cuál has ido a parar.
Y es que Valmuel y Puigmoreno son dos claros ejemplos de lo que se conoce como "pueblos de colonización", pueblos creados en los años cincuenta (del siglo XX) con el propósito de desplazar parte de la población a zonas de cultivo próximas a poblaciones más o menos grandes (tanto es así, que un centro de interpretación y una estatua -cada cosa en un pueblo- recuerdan sus orígenes).
En este caso, los pueblos se construyeron en la vaguada del río Regallo, actualmente zona de gran producción melocotonera y de vides. Son pueblos llanos, de calles rectas y viviendas unifamiliares, normalmente de un máximo de dos plantas y con amplio patio trasero destinado en sus orígenes a acomodar los animales de labor y de granja, y actualmente reconvertido en garaje/jardín. Las casas suelen organizarse en torno a la plaza principal, donde generalmente se ubican también la iglesia, el ayuntamiento y el médico.
Son pueblos tranquilos, agrícolas y ganaderos (como decía un conocido de San Jorge), con escaso o nulo desnivel en sus calles, merendero bajo pinos... una pocholada de pueblos, vamos. Como de cuento. Me encantan.
Como ya habéis leído, estos pueblos se construyeron a mediados del siglo XX, pero para hacernos una idea mejor de esta época histórica, decir que, en sus orígenes, Puigmoreno se llamó Campillo de Franco, posteriormente Puigmoreno de Franco y, finalmente, Puigmoreno a secas. Similar suerte corrió Valmuel, que en un principio se llamó Alpeñés del Caudillo, posteriormente Valmuel del Caudillo y, tras la dictadura, Valmuel.






martes, 10 de septiembre de 2013

Arens de Lledó (Matarraña)

Un paseo por la Edad del Hierro
Los túmulos funerarios son enterramientos típicos de los siglos VII y VI a.C., de la Edad del Hierro,y coincidentes con el inicio de la cultura ibérica al menos por esta zona turolense. Al difunto se le quemaba en una pila funeraria y luego sus cenizas se guardaban en una vasija. Esta vasija, y a veces enseres personales, se depositaban en una especie de "caja" construida en el suelo con losas de piedra, y luego se tapaba todo con tierra y más piedras. Este conjunto es lo que constituye un túmulo funerario. Interesante, ¿no?.
A la altura del km. 7, en la carretera que une Cretas con Calaceite, hay una explanada (imagino que ya con las señales de parking correspondientes) donde aparcar el coche. Estamos en el término municipal de Arens de Lledó, y punto central de nuestro paseo funerario ya que, según indica el panel de ruta, podemos iniciarlo tanto hacia la derecha como por la pista que parte a nuestra izquierda. Ambos son caminos de ida y vuelta, por lo que habrá que pasar por aquí una vez más antes de volver a coger el coche para irnos.
Se trata de una ruta cómoda, no muy larga, sin apenas desnivel y perfectamente señalizada, ideal para esos paseos con calma que invitan, además, a contemplar este paisaje típicamente mediterráneo.
La mayor parte de los enterramientos se encuentran junto a la pista, aunque para visitar otros es preciso desviarse algunos metros del camino principal; estos desvíos están indicados y, en este sentido, desde aquí me descubro ante la magnífica labor de limpieza y desbroce de toda esta ruta por parte de las brigadas de la Comarca del Matarraña. Un gran trabajo.
Nuestro recorrido por los enterramientos de la Edad del Hierro se verán gratamente complementados por otros elementos como canalizaciones en roca para conducir el agua de lluvia a pequeñas balsas,peirones, antiguo caminos de herradura... y nos os perdáis una cruz de granito alusiva a la guerra civil que hay en un margen del camino. Sin palabras.
Una vez acabado el paseo, no estaría mal dar una vuelta por el pueblo e, incluso, remojarnos en "El Galeró", unas piscinas naturales que nos ofrece el río Algars (si baja con agua, claro).




lunes, 17 de junio de 2013

Santa Eulalia (Comunidad de Teruel)

Pobre cría
Santa Eulalia es un pueblo "grande" para lo que es la tónica general de la provincia de Teruel. Dispone de todo tipo de servicios, incluidos varios bancos y/o cajas de ahorros, algo lógico pues concentra gran actividad agrícola e industrial, y está cerca de la capital. Como patrimonio, personalmente puedo destacar: alguna que otra casona, y la Iglesia de la Inmaculada, en cuya construcción intervino Pierres Vedel (el mismo que hizo el acueducto de Teruel y la Mina en Daroca, entre otras cosas), un señor francés que era arquitecto e ingeniero, y que le dio por trabajar en el sur de Aragón allá por el siglo XVI.
Y hete aquí que leyendo el panel informativo de la iglesia (soy gran lector de este tipo de carteles, por la parte que me toca), hete aquí, repito, me encuentro con un episodio de la vida de Santa Eulalia. Un episodio macarra, tirando a gore, que me impresionó bastante. Así que quise saber más acerca de la santa que le dio el nombre al pueblo, y me encontré con un relato espeluznante que pienso compartir, así que ahí va:
Eulalia era una niña cristiana que nació y vivió allá por el siglo III en España, y que a los trece añicos no se le ocurrió ora cosa que fugarse de casa e ir a ver a Daciano, gobernador romano, a echarle en cara las persecuciones contra los cristianos y a decirle que parara de una vez por todas. Éste no sólo le dijo que no, sino que más le valía abjurar de su fe cristiana o se iba a enterar de lo que valía un peine (que ya había peines en esa época). La niña lo debió mandar a cascala y Daciano, lógicamente cabreado pues para eso era el gobernador, la condenó a trece martirios, tantos como los años que tenía. Y vaya si se los aplicó:
1.-Primero la encerraron en una oscura cárcel.
2.-Luego le dieron una buena somanta de azotes.
3.-La pasaron por el potro de tortura.
4.-Aprovecharon para desgarrarle la carne con garfios, estilo Hellraiser.
5.-La pusieron sobre un brasero ardiendo.
6.-Le quemaron los pechos.
7.-Le frotaron las heridas (que a estas alturas ya debían ser muchas) con piedra tosca.
8.-Insistiendo en el tema, sobre dichas heridas le echaron aceite hirviendo y plomo fundido.
9.-La arrojaron a una fosa de cal viva.
10.-La metieron en un tonel lleno de objetos punzantes varios (clavos, hierros afilados, cristales...) y lo tiraron rodando por una calle cuesta abajo.
11.-Fue encerrada en un corral lleno de pulgas.
12.-La pasearon desnuda por la calle hasta el cadalso, donde...
13.-Fue crucificada hasta morir (eso si no llevaba ya rato muerta).
Como queriendo suavizar un poco el final de esta historia, la tradición cristiana dice que en su último suspiro le salió por la boca una paloma blanca (ya, lo que le faltaba), que alzó su vuelo hacia el Reino del Señor.
Y esta es la historia/leyenda de la chiqueta, digna de guión para una película de terror, sangre y vísceras. Y menos mal que Santa Eulalia tenía trece años, que si llega a ponerse chula con 30 ó 40, a Daciano le hubiera hecho falta muchísima imaginación para aplicarle la sarta de castigos.



miércoles, 20 de marzo de 2013

La Mata de Los Olmos (Bajo Aragón)

De neveras y bautizos
Situada en la parte más occidental de la Comarca del Bajo Aragón, lindando con las comarcas del Maestrazgo y Andorra-Sierra de Arcos, y casi casi con las Cuencas Mineras, La Mata de los Olmos debe su nombre a la "matta" o masa forestal de su entorno. Aunque hasta 1857 la localidad siempre aparece como "La Mata" (a secas), algo debió de pasar ya que desde 1860 se emplea su denominación actual: La Mata de Los Olmos (Los Olmos es un pueblo de al lado, al que ya le llegará su turno -espero-).
Territorio ya ocupado por íberos y romanos, como todo el Bajo Aragón Histórico, La Mata de los Olmos se estructura a ambos lados de lo que en tiempos debió ser la calle principal y ahora es la carretera nacional N-211. De hecho, es en este tramo donde se hallan los dos bares del pueblo.
Además de los edificios del siglo XVI y XVII, iglesia incluida, La Mata de los Olmos es puntos de partida "oficial" de la ruta de "Las Bóvedas del frío", una serie de antiguas neveras del Bajo Aragón restauradas y musealizadas.
La nevera de La Mata de los Olmos está a la salida de la población, en dirección a Gargallo, a mano izquierda, al final de una cuesta que acaba en unas antiguas eras. El acceso es a través de una especie de búnker cuya misión es ser el centro de recepción/interpretación de la ruta, y donde se nos informa de la localización y temática del resto de neveras. Aquí encontramos una maqueta de cómo "funcionaba" una nevera, un interesante audiovisual de cómo se transportaba el pescado desde la costa hasta el interior (que en aquel entonces costaba días, y el pescado debía llegar fresco), y cómo no, la nevera: un pozo excavado en el propio terreno y asegurado por bóveda de sillería, de 9 m. de altura y 9,5 m. de diámetro, y con una muy buena acústica.
Esta impresionante nevera funcionó desde mediados del siglo XVII hasta finales del XIX, cuando empezaron a aparecer las máquinas que producían hielo a nivel industrial. Una visita que merece la pena.
Y, como a todo el mundo le gustan las historias y las leyendas, aquí va una sacada del libro "Guía mágica de la provincia de Teruel", de Alberto Serrano Dolader, que a su vez está sacada de un artículo de Francisco Lázaro en el Diario de Teruel del 4 de junio de 1992 (por si la SGAE pregunta). Vamos allá:
"Parece ser que, desde tiempos antiguos, los de La Mata de los Olmos debían llevar a Los Olmos a los niños recién nacidos para que fuesen bautizados. En La Mata de los Olmos no había pila bautismal y eso creaba cierto complejo entre los habitantes del pueblo. Sucedió, sin embargo, que, en una de las guerras -la leyenda duda de cuál sea- que le ha tocado soportar a España, llegaron al pueblo un puñado de soldados, hambrientos y heridos muchos de ellos. En ninguno de los pueblos por los que habían pasado les habían dado nada para comer ni ningún otro tipo de hospitalidad. Al llegar a La Mata de los Olmos, los habitantes recibieron con agrado y cariño al pequeño ejército. Los soldados, transcurridos unos días, partieron hacia sus tierras. Pasó el tiempo y, en prueba de agradecimiento, mandaron hasta La Mata una pila bautismal".




martes, 19 de febrero de 2013

Teruel (Comunidad de Teruel)

Las torres de San Martín y El Salvador
Hace no mucho hubo una temporada televisiva en la que el mudéjar de Teruel (provincia) acaparó bastante espacio, tanto en la cadena autonómica como en las otras nacionales (aunque en menor medida, claro). Se trataba de promocionar esta arquitectura tan presente en este territorio y de la que (al menos yo) los turolenses estamos tan orgullosos.
Así que, aprovechando que hace poco ha sido la representación de los Amantes, que no existe sólo esa historia de enamorados en Teruel, y que aún me queda alguna que otra historia/leyenda en el tintero, intentaré poner mi pequeño azulejo a la difusión de este patrimonio contando lo que se dice sobre la construcción de las torres de San Martín y El Salvador, un par de lugares de obligada visita.
La historia (¿o la leyenda?) es ésta:
A finales del siglo XIII dos arquitectos mudéjares se enamoraron de la misma mujer. La pugna por ver quién se quedaba con ella se resolvió decidiendo que cada uno de ellos levantaría una torre, y la que resultase más perfecta y hermosa daría el triunfo a su constructor, que desposaría a la pretendida.
El alarife de El Salvador comenzó haciendo trampa: compró a uno de los moros que trabajaba para el de San Martín, de tal forma que siempre podría añadir alguna mejora a los planos copiados.
De esta forma, las torres terminadas se parecían tanto que fue imposible para los jueces decidir cuál era la más hermosa. Ante esta indecisión la pretendida, que ya tenía hecha su elección, se encerró con el arquitecto de San Martín en la torre.
Finalmente, y tras muchas cavilaciones, los jueces otorgaron la victoria al arquitecto de El Salvador. Pero los enamorados no cedieron y, antes que separarse en vida, decidieron estar juntos para siempre; se arrojaron desde la torre de San Martín, muriendo ambos al pie de ésta.

 

martes, 18 de diciembre de 2012

Cretas (Matarraña)

No estamos en Grecia
Según la mitología griega, Zeus raptó a Europa y se la llevó a una isla, a estar tranquilos. De su unión nacieron tres hijos; uno de ellos fue Minos, cuya mujer dio a luz al Minotauro, una bestia que fue encerrada en un laberinto construido por Dédalo (el de las alas). La dieta del Minotauro consistía en zamparse los sacrificios humanos que le ofrecían, hasta que un día un joven llamado Teseo, ayudado por Ariadna (también hija de Minos, pero bastante más agraciada que el Minotauro), entró en el laberinto desenrollando un ovillo de lana, mató al Minotauro, volvió a salir siguiendo el hilo, cogió a la chica y se fueron a una isla. Esa isla se llama Creta, y aunque en principio no tiene nada que ver con el pueblo que toca ahora, me apetecía escribir esta reseña.
Los primeros pobladores de Cretas se dedicaron, entre otras cosas, al noble arte de la pintura y, hoy día, todas estas figuritas de toros, caballos y cabras del barranco de Calapatá son Patrimonio de la Humanidad (desde 1998), y pertenecen a lo que se conoce como Arte Rupestre Levantino.
Según algunos historiadores, los siguientes en pasar por ahí fueron los tratantes fenicios que, aparte de recordarles con el nombre de alguna calle, llamaron a la localidad "Curetas" o "Curetes", aunque según la mayoría de historiadores, el nombre de la localidad vendría de "Queretes" o términos similares, todos relacionados con la "tierra" y las "rocas".
Con estos fenicios, y también con los griegos, comerciaban los íberos que vivían en los mismos terrenos que ahora ocupa el pueblo, y a los que llamaban "Ausetanos del Ebro" (buen nombre para un grupo musical).
Aunque muchos os digan que lo más de lo más de Cretas es su Iglesia de la Asunción, no les hagáis caso. Lo más de lo más es Cretas en sí, su casco urbano en tiempos amurallado, sus casonas de piedra sillar, aparentemente inmutables a lo largo de los siglos y, en especial, la Plaza Mayor, centro de la vida social. En medio de ella hay una enorme columna con el escudo de la población en lo alto, y que hasta hace no mucho se encontraba extramuros de la población. Este es el mejor punto para, cámara de fotos en mano, iniciar un recorrido sin rumbo fijo por la villa, pasear por sus estrechas callejuelas y leer los nombres de las mismas, entrar en algún patio interior, coleccionar imágenes de escudos de familias ilustres y cruzar los portales-capilla, restos de las antiguas murallas.
En este viaje intemporal la vista se va a los pequeños detalles de los grandes edificios, las manos sienten el frío de la piedra sillar y los pies se amoldan al suelo empedrado que tapiza estas distancias cortas.
Si tenéis ocasión, acercaros a principios de abril. No soy muy amigo de los mercados medievales (los veo como una franquicia organizada), pero en el caso de Cretas hago una excepción. Todo el pueblo se engalana con pendones y banderas, y caballeros y danzantes animan durante un par de días la Plaza Mayor y sus calles aledañas. El aspecto ya de por sí medieval de Cretas se acentúa con estos ornamentos, y en algunos momentos da realmente la sensación de haberse transportado a otra época. Bueno, y que esto se simultanea con la Feria del Vino, por si alguien quiere pimplar, ya de paso.
Acabando como empezamos, volvemos a la isla de Creta, a recordar a esa bestia con cabeza de toro a quien Teseo le dio la puntilla, para decir que igual lo podía haber hecho también Nicanor Villalta, ilustre torero de Cretas. Para los que os gusten los toros.






viernes, 22 de junio de 2012

Castellote (Maestrazgo)

Villa templaria
Son tantas las cosas que podría contar de Castellote y sus numerosas pedanías que, la verdad, no sé por dónde empezar. De alguna de sus pedanías ya he escrito; de las otras, espero escribir más adelante. Y de Castellote... bueno, como acabo de decir, no sé cómo empezar. Y como no sé cómo empezar, empezaremos por el principio.
Al principio era la nada. Luego, los dinosaurios corretearon alegremente por estas tierras. Después, otros bichos; más tarde, a unos señores se les ocurre pintar por las paredes de los montes y, aún más tarde, en el año 1158 d.C., a alguien se le ocurre mencionar en un escrito que Castellote existe. Luego hubo guerras y paces y, finalmente, un polideportivo y un frontón.
A Castellote se puede llegar por dos carreteras: la que viene desde Bordón, y que pasa bordeando el pantano de Santolea (fundamental parar en uno -o en los dos- miradores, a sacar fotografías), y la que viene desde el Bajo Aragón por Mas de las Matas, y que se junta con la de Molinos y Seno antes de la entrada triunfal. Ésta es mi favorita pues, al aproximarte, lo único que ves es una enorme muralla rocosa que parece inaccesible, y que es por donde antes tenían que cruzar los habitantes de Castellote para salir de su pueblo por esta parte. Pero tranquilos, que antes de estamparon contra la Sierra de los Caballos, atinaréis con el túnel que hace ya años se horadó en la montaña para facilitar el tránsito entre localidades. Ya digo, una entrada de película con una luz al fondo que se va acercando, acercando... y que nos hace acabar en una despejada rotonda, eje vertebrador de las comunicaciones por carretera, pero también eje vertebrador del propio Castellote, que parece separar su parte histórica de la zona más moderna.
Hay muchas cosas que ver y hacer en Castellote, como la que ya hemos comentado de los miradores sobre la margen derecha del Guadalope en el embalse de Santolea (de lo que nos podemos encontrar por su margen izquierda ya hablaremos en su momento, que también es muy interesante). Y, como no sé como juntar todas las cosas en un relato seguido, pues voy a hacerlo por trozos. Así que ahí van:
a) Visita obligada a la ermita del Llovedor, situada a la entrada del túnel (considerando que la salida del mismo es la plaza del pueblo). Recomiendo llegar allí con el coche, por no pasar andando por el túnel, y luego acercarse a pie. Son cuatro pasos, y hay una zona recreativa.
Se trata de una bonita ermita del s. XVIII encajada en la ladera norte de la cresta del castillo, donde las aguas surgen como fuentes, componiendo un precioso cuadro en el que los musgos contribuyen a dispersar el líquido y cristalino elemento en forma de lluvia fina. No hay que perdérselo.

b) Excursión obligada por una parte de la historia de Castellote. El camino está perfectamente señalizado y sube hasta la parte más alta, hasta el castillo. Este castillo templario, estratégicamente situado sobre un cortado rocoso, ha sido parte implicada en todas las guerras que se han ido sucediendo desde la Reconquista. Aquí, las vistas panorámicas abarcan toda la entrada del Maestrazgo. A nuestros pies, la parte más antigua de Castellote, lo auténtico. Un poco más allá, la época moderna en forma de edificios nuevos, un hotel, unos "algo" que no sé lo que son y, más allá, todo. Merece la pena sentarse y relajarse, respirar, mirar, sentirse parte de la historia...
El paseo no acaba aquí. Por lo que sería la parte de atrás del castillo, el sendero continúa en descenso por la ladera trasera hasta llegar a un estrecho de altas paredes de roca digno de una película de Indiana Jones. Se trata del Acueducto de Las Lomas, una construcción que en tiempos canalizaba el agua que abastecía a la villa. Caminando por este paisaje fantástico llegamos a lo más de lo más: el Puente del Gigante, la parte del acueducto que cruza el estrecho de lado a lado a unos impresionantes 14 metros de altura.
Y ahora sí, continuando el camino, llegamos de nuevo al pueblo, finalizando así esta ruta circular.

c) Paseo obligado por el centro urbano, hoy día Conjunto Histórico-Artístico. Preparaos a subir y bajar cuestas, como corresponde a la orografía del terreno, y sobre todo, sobre todo, no se os ocurra hacer la visita en coche; esto es algo reservado a la gente que vive aquí el día a día, y a los repartidores asiduos. Sólo ellos pasan por estas estrechas calles sin partir los retrovisores, sólo ellos conocen los recovecos donde cruzarse con otro coche, sólo ellos conocen qué escaleras se pueden subir o bajar con el vehículo...
Bueno, a lo que vamos: a tirar cuesta arriba, agarrados a la baranda si hace falta (imaginaos, en invierno, subir o bajar sin estos apoyos, con las calles heladas...), hasta llegar a lo más alto: la iglesia de la Virgen del Agua, románica del siglo XII. A partir de aquí, vamos bajando hasta llegar a otra plaza, en la que se encuentra la iglesia gótica de San Miguel y el Torreón Templario, un edificio defensivo convertido hoy día en un Centro de Visitantes gracias a una excelente musealización (según la crítica) que nos introduce en la vida de la Orden del Temple en particular y en la historia de Castellote en general.
Ahora ya, el resto lo hace cada uno, y se trata de ir callejeando para encontrarse con un antiguo lavadero, el Ayuntamiento con su interesante lonja y, junto a él, un precioso abrevadero con una curiosa decoración a la que llaman "la dama de la sargantana". Durante el paseo, no hay que perder de vista las casonas por las que se pasa, algunas con unos interesantes aleros, y muchas, desgraciadamente, condenadas al derrumbe. En general, no son visitables, pero sólo lo que son los edificios en sí es algo que ya vale la pena.

d) Paradas gastronómicas voluntarias: en el hotel se come (y se cena) muy bien a precios asequibles, y en el bar de la rotonda hacen unos muy buenos bocatas para almorzar (eso sí, hay que esperar a que abran la panadería de enfrente). Y, para echar alguna cerveza (esto sí que es obligatorio, permitidme insistir en ello), id a La Bodega. Se pasa por la puerta a poco que se dé una vuelta por el pueblo, y se reconoce en seguida porque es la que tiene los periódicos y las revistas en la calle, y que a veces hay que recoger para que no los pise alguna ocasional furgoneta o pequeño camión que pase por la calle (porque pasan). Bueno, también se reconoce por el cartel de encima de la puerta, pero es menos romántico.
Un matrimonio mayor lleva la pequeña barra de este bar/tienda/kiosko y, a poco de coba que les deis, os podrán contar muchas historias. Hay que decirles también que os enseñen la bodega, abajo. Y que os hablen de ella, que les encanta. No habréis echado el rato (ni las cervezas) en vano.
Ah, y que no se os olvide en esta visita a Castellote parar cuenta de los montes de vez en cuando. No sería de extrañar que vierais alguna que otra cabra hispánica, tan habituadas ya a los humanos que están como locas por dejarse fotografiar.















miércoles, 21 de marzo de 2012

Azaila (Bajo Martín)

Sedeisken
Tened cuidado cuando estéis en Azaila o, simplemente, paséis por ahí. Caprichosamente, la N-232 serpentea aquí en cerradas curvas por las que circulan autobuses, trailers y, de vez en cuando, los largos camiones articulados de Pretersa con sus megapiezas de hormigón. Encontrarse de morros con uno de estos impone, la verdad.
Azaila es un pueblo pequeño, de casas bajas, en el que sorprende la plaza principal, adornada con palmeras y una fuente, como haciendo honor a su topónimo árabe, "Zaylla" ("La plana"), posiblemente referido a la extensa llanura que se abre interminablemente en dirección a Alcañiz, y sólo rota en ocasiones por la vista de las chimeneas de la central de Andorra. Una "plana" salpicada de unas motas blancas que llegaron a representar la gran riqueza de la zona: el alabastro.
Más allá del Centro de Transformación, en el cruce con la carretera que lleva a Vinaceite o a Alcañiz, el alabastro impregna la tierra rojiza a modo de migas de pan que algún personaje de un cuento de fantasía hubiese ido dejando para señalar el camino a las lagunas. Nosotros no tuvimos suerte. Algún pájaro debió ir comiéndose las miguitas y acabamos perdidos en la telaraña de pistas, a pesar de las indicaciones que nos dieron desde el mentidero unos abuelos al sol, y del amable ofrecimiento de uno de ellos: "Si tuviera cuarenta años menos os acompañaría... si no, no sé si las encontraréis...". Bueno, pues no las encontramos.
A pesar de que Azaila parezca no dar mucho de sí, voy a proponer un plan mañanero bastante interesante. Este plan comienza con un buen almuerzo en el bar Ciudad Ibera, donde la gasolinera del cruce que tira para Belchite, y un poco antes de la empinada cuesta que sube a Azaila. Un lugar digno de aparecer en todas las "guías michelines" del noble arte de almorzar. Tras este arranque, uno ya se puede ir a tomar viento. Y lo digo literalmente, porque el yacimiento íbero de Azaila, su ojito derecho, está situado en un pequeño altiplano al lado de la localidad. Aquí arriba suele correr un aire que se las pela, y la vista al frente abarca una gran extensión, mientras por abajo discurre como puede el río Aguasvivas, normalmente con pocas aguas y casi siempre poco vivas.
El lugar que en tiempos poblaron íberos, celtas y romanos ha sido recuperado, dejando el perfecto esqueleto de sus calles y de la parte baja (en piedra) de las casas y lugares públicos que hace 2.500 años (uno arriba, uno abajo) rebosaban de vida. Pasear por él mientras el viento te da en la cara es una delicia histórica.
Este poblado se conoce como "Cabezo de Alcalá", y todo parece apuntar a que su nombre original íbero era Sedeisken, nombre que a su vez toma la fiesta que cada tercer sábado de septiembre se celebra en la localidad y en la que se intenta recrear todo ese amasijo de cultura íbera, incluida la fiesta-fiesta. Así que si no tenéis nada mejor que hacer ese día, acercarse por aquí es una buena opción.
Hasta tal punto es intrínseco a la localidad el mundo íbero que hasta en el escudo de Azaila aparece una falcata y un par de lanzas. Iberas, por supuesto.