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lunes, 27 de octubre de 2014

Torrecilla de Alcañiz (Bajo Aragón)

De libros, botánicos y despertadores
En la margen derecha del río Mezquín, y a escasos doce kilómetros de la capital del Bajo Aragón, se encuentra Torrecilla de Alcañiz, ciudad en tiempos protegida por una muralla de la que hoy día no queda nada. Posiblemente, como en otros casos similares, ésta haya pasado a formar parte de los muros de las casas del casco urbano.
Un casco urbano que se ubica en un llano de inviernos fríos y secos, y veranos calurosos pero llevaderos por la piscina y el bar. Un casco urbano más bien llano, ideal para moverse en bici, y un casco urbano del que destaca la iglesia y el ayuntamiento renacentista, con una pequeña lonja.
En Torrecilla de Alcañiz nació José Pardo Sastrón, eminente botánico aragonés que ejerció de boticario por todo el Bajo Aragón. Junto a Francisco Loscos y Bernal se dedico a catalogar minuciosamente la flora de la zona, con especial hincapié en las plantas medicinales (que para eso era boticario). Publicó varios libros especializados, y en Torrecilla completaron un jardín botánico en su nombre, que puede visitarse.
En uno de los muchos paseos que, por suerte, me ha tocado dar por este pueblo, y aprovechando que iba con alguien de allí, pregunté sobre algo que me había llamado la atención hacía tiempo: unas “placas” en muchas de las calles en las que ponía “Copla de los Despertadores”. Yo entiendo por “despertador” una esfera grande con numeritos y saetas, con su ruidoso tic-tac, y que cuando suena mona una escandalera que para qué… o bien una cuadrilla que vuelve a casa de madrugada y no tiene otra faena que ir armando alboroto, a voz en grito a poder ser, entonando cánticos regionales, y despertando a la gente. Casi acierto con esto último.
Me contó la persona en cuestión que, tradicionalmente, Torrecilla de Alcañiz había sido un pueblo de costumbres muy religiosas, tanto que cada calle podía considerarse una “unidad religiosa”, con su hornacina para el santo, sus marcas de vía crucis o, como comentamos, sus paradas de “Despertadores”. Bueno, pues resulta que en tiempos los domingos a primera hora (con la aurora) había misa y, por lo visto, tenía que ir todo el pueblo, así que para que nadie faltara con la excusa de “me he quedado dormido”, un grupo de hombres iba cantando por las calles para despertar a todo el mundo y que fueran al Rosario de la Aurora, que consistía en irlo cantando durante una segunda vuelta por el pueblo. Y luego, a misa.
Pero en uno de esos Concilios Vaticanos que se organizan de vez en cuando pusieron misa los sábados, quitando la de la aurora de los domingos, así que ya no había motivos para levantarse pronto ese día, y a punto (si no del todo) estuvieron de desaparecer estos “Despertadores”. Finalmente, como se lleva mucho lo de recuperar viejas tradiciones, en Torrecilla de Alcañiz han revivido estos “Rosarieros” o “Auroros” (como también se les conoce), aunque ahora más con fines folclóricos que religiosos. Si hasta han grabado un CD…
Para rematar esta historia, no puedo menos que añadir una curiosidad de esas que tanto me gustan; en este caso, sacada del libro “Guía mágica de la provincia de Teruel”, de Alberto Serrano Dolader (que la SGAE me perdone), y que atribuye poderes mágicos a los que leen libros en Torrecilla de Alcañiz. De hecho, cuenta tres casos:
Primer ejemplo: ”Un rebaño iba andando por la calle Mayor. Al llegar a las Yeserías se detuvo,  no había manera de hacerlo andar a pesar de los gritos y los palos del pastor. Levantando éste la mirada vio que en una ventana había uno con un libro, leyendo. Se dirigió a él y lo amenazó con el garrote. El otro paró de leer y el rebaño siguió andando”.
Segundo ejemplo: “Llegó a la plaza un vendedor de vajilla. En una casa vecina había uno leyendo en la ventana. Se apareció una perdiz sobre la vajilla, y los que estaban allí empezaron a dar garrotazos para matarla, pero no pudieron: siempre se escapaba. Hasta que el lector fue visto por el vendedor, que le increpó. El otro paró de leer y desapareció la perdiz. Bajó el lector y pagó el estropicio”.
Tercer ejemplo: “Había uno que se ponía a leer un libro y veía y hacia ver mujeres desnudas”.
Visto el último, casi dan ganas de coger un libro y leérselo en este pueblo.




miércoles, 11 de diciembre de 2013

Valmuel y Puigmoreno (Bajo Aragón)

Pueblos de colonización
colonizar.
1. tr. Formar o establecer colonia en un país.
2. tr. Fijar en un terreno la morada de sus cultivadores.
colonia (del latín colonia, de colonus, labrador).
1. f. Conjunto de personas procedentes de un territorio que van a otro para establecerse en él.
2. f. Territorio o lugar donde se establecen estas personas.
No es que me haya entrado "vaguitis"; es simplemente que tanto Valmuel como Puigmoreno, además de estar próximos entre sí y ser ambos pedanías de Alcañiz, son muy semejantes en su estructura urbana. Vamos, que para los que no somos de allí, después de haber estado en los dos, si te vendan los ojos, te dan vueltas y te dejan en uno de ellos, te costaría saber en cuál has ido a parar.
Y es que Valmuel y Puigmoreno son dos claros ejemplos de lo que se conoce como "pueblos de colonización", pueblos creados en los años cincuenta (del siglo XX) con el propósito de desplazar parte de la población a zonas de cultivo próximas a poblaciones más o menos grandes (tanto es así, que un centro de interpretación y una estatua -cada cosa en un pueblo- recuerdan sus orígenes).
En este caso, los pueblos se construyeron en la vaguada del río Regallo, actualmente zona de gran producción melocotonera y de vides. Son pueblos llanos, de calles rectas y viviendas unifamiliares, normalmente de un máximo de dos plantas y con amplio patio trasero destinado en sus orígenes a acomodar los animales de labor y de granja, y actualmente reconvertido en garaje/jardín. Las casas suelen organizarse en torno a la plaza principal, donde generalmente se ubican también la iglesia, el ayuntamiento y el médico.
Son pueblos tranquilos, agrícolas y ganaderos (como decía un conocido de San Jorge), con escaso o nulo desnivel en sus calles, merendero bajo pinos... una pocholada de pueblos, vamos. Como de cuento. Me encantan.
Como ya habéis leído, estos pueblos se construyeron a mediados del siglo XX, pero para hacernos una idea mejor de esta época histórica, decir que, en sus orígenes, Puigmoreno se llamó Campillo de Franco, posteriormente Puigmoreno de Franco y, finalmente, Puigmoreno a secas. Similar suerte corrió Valmuel, que en un principio se llamó Alpeñés del Caudillo, posteriormente Valmuel del Caudillo y, tras la dictadura, Valmuel.






miércoles, 20 de marzo de 2013

La Mata de Los Olmos (Bajo Aragón)

De neveras y bautizos
Situada en la parte más occidental de la Comarca del Bajo Aragón, lindando con las comarcas del Maestrazgo y Andorra-Sierra de Arcos, y casi casi con las Cuencas Mineras, La Mata de los Olmos debe su nombre a la "matta" o masa forestal de su entorno. Aunque hasta 1857 la localidad siempre aparece como "La Mata" (a secas), algo debió de pasar ya que desde 1860 se emplea su denominación actual: La Mata de Los Olmos (Los Olmos es un pueblo de al lado, al que ya le llegará su turno -espero-).
Territorio ya ocupado por íberos y romanos, como todo el Bajo Aragón Histórico, La Mata de los Olmos se estructura a ambos lados de lo que en tiempos debió ser la calle principal y ahora es la carretera nacional N-211. De hecho, es en este tramo donde se hallan los dos bares del pueblo.
Además de los edificios del siglo XVI y XVII, iglesia incluida, La Mata de los Olmos es puntos de partida "oficial" de la ruta de "Las Bóvedas del frío", una serie de antiguas neveras del Bajo Aragón restauradas y musealizadas.
La nevera de La Mata de los Olmos está a la salida de la población, en dirección a Gargallo, a mano izquierda, al final de una cuesta que acaba en unas antiguas eras. El acceso es a través de una especie de búnker cuya misión es ser el centro de recepción/interpretación de la ruta, y donde se nos informa de la localización y temática del resto de neveras. Aquí encontramos una maqueta de cómo "funcionaba" una nevera, un interesante audiovisual de cómo se transportaba el pescado desde la costa hasta el interior (que en aquel entonces costaba días, y el pescado debía llegar fresco), y cómo no, la nevera: un pozo excavado en el propio terreno y asegurado por bóveda de sillería, de 9 m. de altura y 9,5 m. de diámetro, y con una muy buena acústica.
Esta impresionante nevera funcionó desde mediados del siglo XVII hasta finales del XIX, cuando empezaron a aparecer las máquinas que producían hielo a nivel industrial. Una visita que merece la pena.
Y, como a todo el mundo le gustan las historias y las leyendas, aquí va una sacada del libro "Guía mágica de la provincia de Teruel", de Alberto Serrano Dolader, que a su vez está sacada de un artículo de Francisco Lázaro en el Diario de Teruel del 4 de junio de 1992 (por si la SGAE pregunta). Vamos allá:
"Parece ser que, desde tiempos antiguos, los de La Mata de los Olmos debían llevar a Los Olmos a los niños recién nacidos para que fuesen bautizados. En La Mata de los Olmos no había pila bautismal y eso creaba cierto complejo entre los habitantes del pueblo. Sucedió, sin embargo, que, en una de las guerras -la leyenda duda de cuál sea- que le ha tocado soportar a España, llegaron al pueblo un puñado de soldados, hambrientos y heridos muchos de ellos. En ninguno de los pueblos por los que habían pasado les habían dado nada para comer ni ningún otro tipo de hospitalidad. Al llegar a La Mata de los Olmos, los habitantes recibieron con agrado y cariño al pequeño ejército. Los soldados, transcurridos unos días, partieron hacia sus tierras. Pasó el tiempo y, en prueba de agradecimiento, mandaron hasta La Mata una pila bautismal".




miércoles, 3 de octubre de 2012

Belmonte de San José (Bajo Aragón)

Cosas veredes
A unos 30 km. de la actual Alcañiz, en un terreno que ya ocuparon gentes de la Edad del Hierro y, posteriormente, los íberos, sobre una pequeña colina decidieron los romanos levantarse un pueblo, muy a su estilo: dos calles principales que se cruzan, y que lo dividen en cuatro partes, con sus cuatro accesos al recinto amurallado. Y lo llamaron algo así como "bellus mons". El pueblo fue pasando de manos y, hasta 1917, lo llamaron "Belmonte". Desde esa fecha pasó a llamarse "Belmonte de Mezquín", por el río que fluye a las afueras y, por marear más la perdiz, en 1979 le cambiaron el apodo por el de "Belmonte de San José", imagino que por la ermita situada a unos 3 km. del núcleo urbano en un altozano, y desde donde las vistas abarcan todo el valle del río Mezquín.
Belmonte es un buen sitio para echar un día, comenzando por aprovechar la mañana para dar un paseo por el Barranco Hondo. Se trata de unos estrechos que forma el río Mezquín a lo largo de un recorrido que podemos hacer tan largo como nos apetezca. Está muy bien señalizado y acondicionado, y nos permitirá descubrir rincones curiosos, antiguas parideras... y es la excusa perfecta para hacer algo de hambre y llegar al pueblo a la hora del vermú.
Un bello rincón, casi siempre adornado con flores, da acceso al único bar del pueblo: un local amplio con terraza exterior que también alberga algún resto de patrimonio histórico. Es el típico "bar de toda la vida"; de los que me gustan. Al ser un bar que se adjudica por un tiempo determinado a los que lo van a llevar, no es posible predecir a medio-largo plazo lo que te vas a encontrar al otro lado de la barra: una pareja joven, un señor mal encarado al que parece sentarle mal el atenderte, o una señora un poco ida de la cabeza. Si cuando vayáis os encontráis con el último caso, ¡enhorabuena! pues unque la señora parezca de otra galaxia, cocina de maravilla, así que aprovechad y quedáos a comer, que no saldréis con hambre.
Belmonte de San José tiene un interesante patrimonio histórico-cultural que un tranquilo paseo nos puede ir descubriendo sin querer.
El ayuntamiento, renacentista, alberga en su trinquete una cárcel de la época, enmarcada dentro de la "Ruta de las Cárceles", y a la que hay que entrar sí o sí (es pequeña). Musealizada hace pocos años, no sé si da más miedo/respeto la ambientación y el chirriar de la puerta o el grillete original que aún conserva, y que a saber los cuellos de cuánta gente adornó.
El mazacote de iglesia parroquial, barroca del siglo XVIII, debe ser muy importante a nivel arquitectónico, pues cualquier descripción que busquemos de ella nos suelta palabrotas como "bóveda de medio cañón con lunetos", "cúpula sobre tambor" o "cuerpos superiores ochavados". A mí, ignorante en estos temas, lo que más me sigue fascinando es la base de las paredes de las fachadas exteriores, a las que el tiempo y la erosión se han ido comiendo y dejando caprichosas formas suaves en forma de ondas marinas, que hacen que te preguntes hasta cuándo pondrán soportar.
El resto del paseo por el casco urbano lo completan los arcos y portales, y las casas solariegas.
Extramuros, Belmonte está salpicado de ermitas y de una interesantísima nevera del siglo XVII que forma parte de la ruta temática "Las Bóvedas del Frío" y que, en mi opinión, es imprescindible visitar. Se trata de una construcción semisubterránea utilizada hasta comienzos del siglo pasado como pozo de hielo, donde se almacenaba la nieve caída en invierno para su uso en épocas de más calor. Sus más de 9 m. de altura y sus 8,5 m. de diámetro en la base la convierten en una de las más grandes del Bajo Aragón. Musealizada hace poco por la empresa attis-multimedia.com, la nueva iluminación y la ambientación nos trasladará, a través de una cuidada audición, a la época de su construcción.
Para su visita, hay que pedir la llave en el bar y dejar como señal un DNI (lo cual nos obliga a volver después de la visita a echar la penúltima). Ah, y llevad una chaquetica para por si acaso, aunque sea verano, que por algo la llaman "nevera".






miércoles, 11 de abril de 2012

La Ginebrosa (Bajo Aragón)

Con un par
El enebro es un arbustillo que puede alcanzar el porte de arbolillo, se adapta a csi todo tipo de suelos y es muy resistente a condiciones climáticas duras. Siempre verde, sus frutos son usados en la destilación de licores, principalmente ginebra, la base de los digestivos y refrescantes gintonics. Hasta aquí, la tradicional clase de botánica.
Debido a la gran abundancia de enebros en el término municipal, no es de extrañar que a este pueblo lo llamaran "La Ginebrosa", nombre derivado de la pronunciación "ginebre", que es como se conoce a estos arbolillos en la lengua de tradición oral de la zona: el chapurriao.
La Ginebrosa se ubica entre un par de ríos: el Mezquín y el Bergantes, al que los musulmanes llamaban Algerez. El Bergantes es un río normalmente tranquilo, y uno de los pocos no regulados del Valle del Ebro, así que cuando llega la época de tormentas fuertes se cabrea y arrambla con todo lo que pilla por delante. Aún así, sus aguas son generosas y aplacan la sed de algunos de los campos de La Ginebrosa, de la que (dicen) produce las mejores cerezas de la comarca.
De la muralla que en tiempos protegió la localidad ya sólo se conserva el portal de la Herrería como acceso medieval a una serie de calles alargadas, estrechas, con pasadizos... destacando entre la arquitectura popular su iglesia parroquial. Conforme vamos cruzando el pueblo por las calles intrincadas de la parte más antigua, las casas de piedra nos dirigen, casi sin quererlo, hacia la parte más alta del pueblo: las eras.
En La Ginebrosa hay un par de neveras o "pozos de hielo", donde hasta el siglo pasado se almacenaba la nieve caída durante el invierno para su uso y disfrute el resto del año. Una de estas neveras se halla en una finca particular. A la otra, integrada dentro de la ruta "Las Bóvedas del Frío", se llega desde las eras, bajando por la pista forestal en dirección a la carretera que sigue hacia Aguaviva. El camino está señalizado y, como no siempre está abierto el acceso al interior de la nevera, una buena idea para antes de ir es preguntar en el bar de las piscinas y, si acaso, que os dejen la llave (así también tendréis una buena excusa para, al ir a devolver la llave, echaros alguna cerveza que otra y, según quién esté en la barra, enteraros de las últimas noticias de la zona).
La visita a la nevera merece la pena, por un lado, porque se ha musealizado hace poco con la temática del fin de los pozos de hielo (asunto muy interesante) y, por otro, porque en realidad es una de las últimas neveras de la comarca en abandonarse, pues estuvo en uso hasta el primer tercio del siglo XX. Posiblemente quede alguna persona mayor en el pueblo que aún viera cómo se llenaba de nieve hace 80 ó 90 años.
Esta "Bóveda del frío" se utilizaba básicamente para el abastecimiento comunal, y una vez en la base nos podemos asombrar con un par de cosas que la caracterizan: arriba, una atractiva falsa bóveda de aproximación de hiladas de piedra; y, abajo, los restos del antiguo emparrillado formado por maderos entrecruzados que servían de plataforma aislante para la colocación de la nieve por capas, permitiendo así el agua del deshielo. Hay que verlo, que así contado pierde mucho.
La Ginebrosa cuenta con un par de cosas más en su término municipal: se trata de dos simas, una de las cuales tiene una profundidad de unos 50 m. y unas características similares a la de San Pedro en Oliete. El camino a ellas está sin señalizar (o lo estaba), y un intento de ir a visitarla me lo echó atrás uno delpueblo: "Si no vas con alguien, no la has de encontrar". Imagino que se referiría a "alguien" que supiera dónde está.
Hay una leyenda muy bonita relacionada con estas simas. Cuenta que, al principio de los tiempos, los obreros que estaban construyendo el mundo olvidaron colocar los dos últimos tornillos. Los agujeros donde debían haber ido son estas dos simas de La Ginebrosa.




martes, 2 de agosto de 2011

La Cerollera (Bajo Aragón)

Aquí huele a pino
Hace bastante tiempo un buen amigo me preguntó, sobre una zona más o menos concreta del Bajo Aragón, en qué pueblo mirar de comprar una casa para retirarse del mundanal ruido. Casi sin dudar, por la zona que me indicó, le dije que en La Cerollera.
Por motivos tanto de trabajo como de ocio he tenido la suerte de estar muchas veces en La Cerollera. Y me encanta. Es uno de esos pueblos, pequeños, pero que tiene de todo: un casco urbano muy bien arreglado, conjugando la historia con los tiempos modernos de una forma armoniosa, hay bar (fundamental), tienda, piscinas, buena gente (de la que te da los buenos días, te conozca o no, en vez de girarte la cara o mirarte como a un extraño con un rictus de "a qué habrá venido éste"), un entorno natural envidiable, con pistas y caminos para descubrirlo, un parking para evitar en la medida de lo posible que los coches circulen por las calles, un parquecico con un sitio para hacer brasas y mesas donde comerse las costillas, agua... en fin, todo bien.
Además de la gente, que para mí es lo más importante de un sitio (sea cual sea), en La Cerollera hay una gran cantidad de patrimonio histórico disperso por sus calles, en forma de detalles que hay que ir descubriendo poco a poco: claves en arcos de puertas de hace tres o cuatro siglos, dinteles labrados cuidadosamente, piedras huecas que en su momento tendrían la misión de almacenar agua, pasajes bajo cubierta para comunicar calles... y una impresionante fachada de iglesia. De esas de quedarte un rato mirando.
Para los que, como yo, gusten de dar paseos cortos, La Cerollera ofrece una red de pistas transitables y senderos que nos llevan a descubrir sitios insospechados, tanto por su ubicación como por lo que le rodea. Así, de repronto, os sugiero dos para cuando vayáis a pasar aquí un fin de semana (de primavera, a ser posible):

-Uno, a través de una pista transitable con vehículo, nos lleva entre pinos hasta un campamento guerrillero recientemente recuperado. El camino se hace despacio, aparte de porque es pista, porque las ventanillas bajadas hacen que el olor a pino se te meta por las narices, porque yendo despacio nos va a permitir fijarnos en cosas semiocultas, como un gigantesco azud o privilegiadas masías hoy día abandonadas, y porque sí, porque yendo despacio se disfruta más. Dejando el coche en el lugar indicado, comienza una pequeña ascensión por una senda que recorre todo el campamento de la guerrilla y que culmina en un mirador desde el que se aprecia toda la densidad de esta zona de pinos. Aquí, hay que respirar hondo y olvidar las prisas por volver. Además, se puede continuar andando un trozo más por una senda marcada, que no señalizada, y que a buen seguro ya pisaron pies cautos y silenciosos tras la guerra civil. Y por si queréis saber más sobre este tema, en el pueblo hay un pequeño centro de visitantes que explica cómo fue todo esto de la guerrilla en La Cerollera. Está en el antiguo horno, aunque a poco que preguntéis os dirán cómo llegar.

-El otro, oficialmente denominado "Ruta de las fuentes", y señalizado como PR, es una vuelta circular para hacer andando, de una duración de algo menos de dos horas yendo con una niña de tres años. El camino mezcla pista y sendero, y aunque el punto fuerte parezca que son las fuentes, lo realmente bonito es el andar entre una vegetación, principalmente pinos, que parece estar arropándote todo el rato, y que de vez en cuando se abre para ofrecerte amplias vistas del territorio. Este agradable paseo, en el que también se pueden ver masías hoy ya despobladas, acaba en un interesante lavadero que casi tapa una antigua fuente con un grabado que parece ser de época gótica. Aquí podremos refrescarnos antes de volver al pueblo... a ser posible, a echar una cerveza, que bien nos la habremos ganado.

En fin, que unos días aquí serán unos días bien aprovechados, y volveréis a donde quiera que hayáis venido, relajados y con la sensación de que os ha cundido el tiempo.
Ya para terminar, y como he hecho otras veces, voy a añadir una nota histórico-botánica-gastronómica. El nombre del pueblo viene de un árbol, el acerollo, que al parecer había bastantes por la zona y ahora ya no. El acerollo es un árbol caducifolio que puede superar los 15 m.; sus flores aparecen en mayo y dan como resultado un fruto en forma de pequeñas bolas que, cuando están maduras, adoptan un color pardo-rojizo, más bien tirando a marrón caguerilla, y que gastronómicamente tienen una peculiaridad muy interesante: o te gusta o no. Sin términos medios.
Conozco bastante este árbol porque en Utrillas, de crío, por la era del Tío Jorge había unos cuantos acerollos y, con la abuela, recogíamos las acerollas maduras y, las que no nos comíamos en el momento, las guardábamos y las dejábamos secar un poco. Luego, partíamos el fruto por la mitad y, con una aguja enhebrada en hilo, las "cosíamos" para hacer collares en los que las acerollas acababan de secarse. Y, cuando estaban secas, nos poníamos esos collares y ya teníamos la merienda casi a la altura de la boca.
¡Qué tiempos, Roque, qué tiempos! Me voy a la cama a rezar por las acerollas.


viernes, 27 de mayo de 2011

Alcorisa (Bajo Aragón)

Vuelta al cole
He estado en pueblos tan cortos que el cartel de bienvenida estaba pegado al del fin de la localidad. Alcorisa es todo lo contrario.
Desde que enfilas por la gasolinera hasta que por fin sales del pueblo por la otra punta, una de dos: o el tiempo se hace más lento o es que tienes la sensación de que Alcorisa no se va a acabar. Yo me inclino por la segunda opción.
El casco urbano de Alcorisa está partido por sus dos ejes vertebradores: la carretera y el río Guadalopillo.De la carretera hacia la montaña está la iglesia, alguna ermita y un monte donde, cada año para Semana Santa, se representa La Pasión. Del Guadalopillo para afuera está la parte nueva, con un parque muy majo arreglado hace poco y una colección de edificios más modernos. Y entre la carretera y el río está la parte que, dentro de lo que cabe, más me gusta del casco viejo de Alcorisa: la plaza del Ayuntamiento, con sus arcos y su fachada, sus estrechas (y frescas) callejas con imágenes de santos en las esquinas... y el Museo de la Escuela.
Llamadme nostálgico si queréis, pero la verdad es que me encanta este Centro en el que, además, he tenido la inmensa suerte de poner mi granito de arena a través de la empresa attis-multimedia.com, encargada de su remusealización.
El Museo de la Escuela está ubicado en el mismo edificio que el C.I. de la Semana Santa y el de los Iberos, y está adaptado para personas con movilidad reducida, así que ya sois más los que no tenéis excusa para visitarlo.
Además de conocer la historia de las escuelas rurales, de por qué se crearon y por qué desaparecieron, una recreación de una aula de las de antes, a través de un sonograma, irá sacando de nuestra memoria ese Cristo clavado encima de la pizarra pintada, esa foto de Franco y ese cuadro de la Virgen como motivos de decoración en las blancas paredes, esos pupitres de madera (biplazas), esos mapas en los que cualquier zagal de hoy día día estaría perdido...
Rizando el rizo y poniendo el broche de oro a la visita, el Centro alberga gran cantidad de interesantísimos zarrios y otras cosas de aquella época... ¡que se pueden tocar!. Así que (¡quién lo diría!) algunos van a tener una nueva oportunidad de leer El Parvulito o La Enciclopedia, jugar con esos puzzles cuyas piezas eran cubos de cartón (¡tenías 6 puzzles en uno!), escribir en los cuadernos Rubio... y el remate final: una foto con la bata del cole (azul para niños, rosa para niñas, lógicamente), con el correspondiente mapa detrás y la bola del mundo al lado, que os podréis hacer como bonito recuerdo (eso sí, con vuestra cámara digital).
Para los que hemos tenido el privilegio de educarnos de pequeños en las escuelas con los patios de recreo más grandes del mundo, este Museo de la Escuela nos va a volver a evocar ese pasado, dulce o amargo, que siempre permanecerá en nuestra memoria, queramos o no.

A Salvador, el padre de la criatura, que se lo ha currado.

Más información en su web: http://www.museodelaescuela.com/


jueves, 14 de abril de 2011

La Cañada de Verich (Bajo Aragón)

Viva el alcalde
¡Ah, qué cosa más bonita es la democracia, que nos permite elegir políticos de vez en cuando! ¡Y qué bonitas son las subvenciones, que por artes mágicas te dan dinero por la cara!.
Fuera cinismos, la verdad es que admiro a algunas personas que, gracias a su cargo, hacen todo lo posible por su pueblo y por las gentes que en él viven. Conozco varios que han hecho de sus pequeños pueblos turolenses casi perdidos unos lugares en los que se respira vitalidad, ganas de quedarse y seguir adelante.
El momento de escribir estas líneas es época de elecciones municipales (entre otras), y algunos de estos alcaldes turolenses han sabido aprovechar el momento (y todo el tiempo anterior que llevan en el cargo) para poner guapo su pueblo. Así, estos días se han inaugurado tranvías y pantanos, pero también Centros de día, Parques de mayores, centros de interpretación... y se han arreglado calles, fachadas... Olé por estos últimos.
Esto viene a cuento de que, en La Cañada de Verich, además de otras cosas que se irán desvelando poco a poco, se ha hecho un Parque de mayores, un Centro de la Tercera Edad y, en el mismo edificio, el pasado mes de marzo tuve la suerte de asistir a la inauguración del Centro de Interpretación "Molino aceitero de La Cañada de Verich", una rehabilitada almazara del siglo XVIII que estuvo produciendo aceite hasta 1982.
El ambiente festivo rezumó también una atmósfera un poco mágica, en la que la sabiduría de la gente mayor, algunos de los cuales habían trabajado en el molino, se puso con gusto a disposición de los niños y no tan niños, que señalaban admirados cómo giraban las enormes piedras de moltura, mientras aprendían de primera mano cómo se elabora el aceite, y con los mejores profesores sobre el tema. Algo que nunca podrían aprender tan sólo con un libro de texto.
Cuando vayáis a La Cañada de Verich no dejéis pasar la ocasión de ver este Centro, único en su género en Aragón. Preguntad en el bar (porque, además, hay bar en el pueblo, y eso siempre es un buen aliciente de final de actividades).
Y, ya que os vais a acercar al bar, dad una vuelta por el pueblo. Hay una ermita, un curioso peirón al lado de una fuente, un lavadero rehabilitado, calles que invitan a un andar lento, la plaza de la iglesia, con el edificio que hace de Ayuntamiento (creo) y bar, con una curiosa calavera en el dintel de una de las piedras sillares que rodean la puerta de lo que en tiempo fueron las escuelas... Ah, y si la iglesia está abierta entrad a ver un cristo colgado con cuerdas en medio de la estancia. Ahí queda eso.
Como alguien os habrá acompañado al Molino Aceitero, o bien tendréis que devolver las llaves en el bar, preguntad también por la nevera.
La rehabilitada nevera está a unos 10 minutos andando, un poco en las afueras y por un paseo agradable, y pertenece a la ruta temática "Las bóvedas del frío". Este antiguo pozo de hielo almacenó y comercializó nieve entre los siglos XVII y XIX, y está incluido en los depósitos de gran capacidad que se construyeron en el territorio bajoaragonés durante la Edad Moderna.
El acceso actual que se ha practicado para facilitar la visita es a través de un túnel al más puro estilo Indiana Jones, y desemboca en lo que es la nevera en sí: un enorme espacio de planta circular de unos 8 metros de diámetro y con la abertura superior de lo que era la entrada original allá arriba, a casi 9 metros del suelo.Es impresionante, y con una acústica cuasiperfecta que invita a gritar chorradas como si tuviéramos diez años.
Sobre todo, cerrad bien la puerta cuando os vayáis y devolved la llave.
Cuando os alejéis de La Cañada de Verich, no os olvidéis de despediros con la mano del pueblo, por el buen rato que a buen seguro os habrá hecho pasar, y por lo mucho que os habrá enseñado. Y tened cuidado con la carretera estrecha y las curvas traicioneras. A ver si con otra subvención se puede mejorar el acceso...

Dedicado al abuelo que, entre amenas y divertidas batallitas, contó que su hermano y él fundaron/abrieron el bar "Cafetería de Verich", en Zaragoza, por el que casualmente paso todos los días al estar cerca de casa. ¡Cuántas veces me habré preguntado de dónde había salido la palabra "Verich"!.

Nota informativa para evitar malentendidos: No sé de que partido político es el alcalde de La Cañada de Verich. Ni me importa.



miércoles, 23 de febrero de 2011

Las Parras de Castellote (Bajo Aragón)

Vino, jamón y guiñote
Siempre me acordaré de la primera vez que estuve en Las Parras de Castellote: aún no había acabado de cerrar la puerta del coche cuando vi, en el cristal de un 4x4 que estaba aparcado al lado, una original pegatina en la que se leía: "Las Parras de Castellote: vino, jamón y guiñote". Por un momento pensé que habíamos ido a caer en el Paraíso.
Y no. Pero casi.
Un paseo por sus pocas calles me descubrió flores, una iglesia impresionante, un río... y la joya de la corona: un fantástico lavadero al que, al poco, se acercó una señora mayor a hacer la colada.
Las otras veces que he tenido la suerte de volver a Las Parras de Castellote me han ido enseñando los cambios que se han ido produciendo en su casco urbano; cambios que han sabido mantener la esencia del pueblo, con un aire renovado pero sin perder sus aires del pasado. Y, siempre, un recorrido que pasa por el río y por el sempiterno lavadero.
El mentidero se ha mantenido, y el remodelado edificio del ayuntamiento (imagino, por las pintas, que es el ayuntamiento) alberga en su primera planta el bar. Un bar normal, funcional. Para tomar una caña o un café, y echar un guiñote.
Pero no olvidemos que estamos en la provincia de Teruel, y que esto es un territorio de sorpresas.
Y, como imagino lo que estáis pensando los que habéis leído hasta aquí, efectivamente, este es un bar del tipo de los que ya hemos "hablado" en otras ocasiones.
La última vez que estuve había tras la barra un abuelo y, como era la hora del vermú, le preguntamos por algo de picar. Nos señaló unos tristes frutos secos, una lata de berberechos... Estaban allí unos de la tele, que iban a rodar algo que el hombre no sabía muy bien, le contamos que también éramos de Teruel, hablamos del tiempo y del pueblo, y entre unas cosas y otras le dijimos que bueno, que nos pusiera algo porque si no íbamos a desfallecer.
Entonces el abuelo (a quien Dios guarde muchos años) se fue de la barra y volvió al poco con unos chorizos de jabalí que, según dijo, hacía su mujer (a quien Dios guarde también muchos años). Y, por no poner un taco, voy a escribir ¡my God!. Ha sido el mejor chorizo de jabalí que he comido en toda mi vida.
Reticente a vendernos alguno (cosa que entiendo, pues lo he vivido), nos fuimos de Las Parras de Castellote con un inmejorable sabor de boca y dejando al abuelo con una media sonrisa hasta la oreja y con una historia que contar a su mujer a la hora de comer y a sus amigos en el mentidero.
Y es que en Teruel somos así.