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lunes, 16 de junio de 2014

Bronchales (Sierra de Albarracín)

Organizando un fin de semana
Permitidme, en esta ocasión, hacer un poco de cicerone pues la propuesta es pasar un fin de semana tranquilo pero ocupado, en contacto con la naturaleza pero en un núcleo urbano con servicios y, como siempre, en nuestra querida provincia de Teruel, esa gran desconocida (aunque cada vez menos, afortunadamente).
Así que vayámonos a Bronchales, un pequeño pueblo de la Sierra de Albarracín, en pleno Sistema Ibérico, a 1.569 m. sobre el nivel del mar (llevaos algo de abrigo, aunque sea verano) y en medio de uno de los pinares más densos y más bonitos de la península ibérica. Vamos allá.

Viernes tarde/noche: Llegada
En Bronchales hay unas cuantas casas de turismo rural, un hotel y un hostal (al menos). Nosotros estuvimos en el hostal Isabel: trato familiar, comida casera, unas habitaciones normales (total, para dormir y ducharte…), bar en la parte de abajo, y precio muy asequible.
Si llegáis por la tarde-noche, y más en uno de esos días cortos en los que se hace de noche enseguida, no haréis ya gran cosa: aposentaros, dar una vuelta por el pueblo (tranquilos, hay bares), cenar y poco más.
Si, por el contrario, lleváis pensado llegar a primera hora de la tarde, antes de entrar a Bronchales veréis un desvío a mano derecha que os lleva, por una pista accesible para todo tipo de ven´culos, a un singular paraje repleto de celadas, como las llaman por estos lares. Estas "celadas" o "dolinas" (como se denominan en otros sitios) son unos hundimientos de tierra que acaban convirtiéndose, como es el caso, en unos enormes agujeros en el terreno. Podemos adentrarnos, como digo, un buen tramo en el vehículo; luego, es simplemente pasear por entre este curioso fenómeno geológico. Hay que verlo.

Sábado: Excursión y turismo local
El sábado no hay que madrugar. Con levantarse para estar a las 9 o así desayunando, basta. Porque la actividad principal va a ser una excursión a Sierra Alta, uno de los montes más emblemáticos de la zona y buen mirador del entorno.
La mochila se hace pronto: algo de abrigo (a estas altitudes, aunque sea verano no te puedes fiar), algo para picar y/o un bocadillo y algo de agua, aunque en este último caso con llevarse el envase vale, pues en los alrededores de Bronchales hay más de cuarenta fuentes (todas con un buen chorro), y pasaremos por más de cinco.
A la cima de Sierra Alta casi se puede llegar en coche. Ni se os pase por la cabeza esta opción, o echaréis a perder el fin de semana. Hoy el coche queda aparcado para todo el día.
El camino a Sierra Alta arranca desde la parte más alta del pueblo, al lado de la carretera, indicado por un cartel y junto a la fuente del Chorrillo. El sendero, de itinerario circular, está balizado como PR-TE-131 y, aunque poco marcado en algunos tramos, el camino es fácil de seguir si estamos atentos. 
Remontamos el barranco de la Rambla Cavera, pasando por la fuente del Pilar y otra más (¡como para acordarse del nombre de todas!), y al cabo de un rato llegamos al paraje de Las Corralizas, siempre entre pinares. Este curioso prado nos va a permitir tener unas primeras vistas del terreno si hacemos un poco el cabra por entre las blancas rocas que lo delimitan en parte. Este primer tramo es todo verde, todo naturaleza, y si ha llovido hace poco da gusto ver el agua manando a todas caras. Además, la gente que sea aficionada a las setas tendrá un aliciente añadido, pues Bronchales es bien conocido por su excelencia micológica.
Desde Las Corralizas, cruzamos la carretera que va a la Fuente del Canto y a Orihuela y cogemos la pista (o seguimos paralelos a ella, por entre los pinos) que, en suave subida, acaba en unos paneles indicadores que marcan dirección a Fombuena.
Nosotros tiraremos aún un poco más, repecho arriba, hasta llegar a la cima, donde un ajado cartel nos indica que hemos llegado a nuestro destino: la despejada cumbre de Sierra Alta, a 1.856 m. de altitud. Ya sólo nos queda mirar alrededor, admirar la frondosa carraca con el buzón correspondiente y el no menos intrigante árbol seco cercano, sentarnos a picar algo y respirar aire puro el rato que haga falta. Bueno, y si se tercia, echar un cigarro.
Cuando decidamos empezar a volver, descenderemos el último repecho subido, de nuevo hasta el cartel indicador que ya vimos a la subida y, en vez de tirar por la pista de la que vinimos, iremos por el sendero de la derecha, hacia la Fombuena.
Si el sendero de subida era agradable y llevadero, éste lo es más; incluso más bonito. Y, además, ya es todo cuesta abajo. Eso sí, prestad atención a las marcas del camino pues en algunos puntos del denso pinar no es fácil localizarlas.
Este camino de vuelta nos lleva por más fuentes, más pinos, campo abierto… y nos introduce de nuevo en Bronchales por la puerta de atrás, donde se está levantando una urbanización. A falta de una cerveza fresca y una ducha, ya hemos completado la excursión de hoy.
El resto del día, hasta la hora de cenar, lo echaremos dando una vuelta por el pueblo. Podemos comenzar acercándonos hasta el merendero que hay al principio de la rambla, con su río y su fuente de aguas ferruginosas, de esas que echas un trago, pones cara de desagrado, y luego repites. Desde aquí, una senda nos lleva en fuerte subida hasta la parte más alta del pueblo, y bajando hacia la plaza siempre podemos hacer un alto en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, con sus esquinas levantadas con ladrillos rojizos, color que se acentúa al atardecer, cuando los últimos rayos de sol dan directamente sobre la fachada principal.
También podemos visitar la ermita, pero a la cita que no podemos faltar de ninguna de las maneras (y esto hay que apuntarlo bien, y remarcarlo) es a hacerle una visita a Paco, en su nave de Jamones Bronchales. Maja persona, le podéis pedir que os enseñe cómo curamos los jamones en Teruel, según el método tradicional, y que os haga una demostración del proceso si no va muy liado. Los jamones más exquisitos de Aragón que he probado han salido de aquí. Y espero seguir catándolos muchos años más.

Domingo: Turismo de alrededores
Para el último día del fin de semana, algo tranquilo: una pequeña ruta circular en coche rodeando los pinares de Bronchales. Se trata de ver únicamente dos pueblos: Noguera de Albarracín y Orihuela del Tremedal.
En el primero, pequeño, no podremos evitar "jugar" a adivinar fechas y días de la semana fijándonos en el Almanaque de San Román que adorna la fachada principal de su iglesia. No es fácil.
Orihuela del Tremedal es más grande, y aquí sí que podréis echar un buen rato paseando por sus empinadas calles, viendo "la reja más bonita de la Sierra de Albarracín" y, subiendo a la ermita, parar a echar fotos a los ríos de piedras. La ermita del Tremedal es un excelente mirador a la par que un encantador entorno natural.

Pues con esto ya hemos completado un fin de semana diferente: natural, cultural y gastronómico. Ya sólo queda volver a casa con esa sonrisa que se queda en la cara cuando has disfrutado de algo. ¡Buen regreso!.


A Carlos B., que creo que era esto lo que me pidió.






miércoles, 5 de junio de 2013

Monreal del Campo (Jiloca)

Los ojos del Jiloca
Si bien Monreal del Campo es conocido, principalmente, por su relación con el mundo del azafrán y por la exquisita elaboración de productos derivados del cerdo (bendito animal), no hay que pasar por alto una pequeña joya de gran interés paisajístico y natural, y a la que merece la pena acercarse: "Los ojos de Monreal".
El acceso es desde el propio casco urbano. Nada más pasar el puente, viniendo desde la antigua carretera Teruel-Zaragoza, se tira por la calle de la izquierda (calle Rocasolano). El trayecto es para hacerlo en coche y sin correr, pues a mano izquierda iremos contemplando las huertas que riegan las aguas del Jiloca. Como a unos dos kilómetros nos encontramos con un panel informativo y un área recreativa junto a unas canalizaciones por las que durante años ha estado pasando un agua cristalina: son los ojos de Monreal, el manantial más caudaloso del valle del Jiloca. Tanto es así, que se dice que es aquí donde nace el río Jiloca.
Justo donde se aparca el coche arranca una senda que, en un corto recorrido, nos da una vuelta por este caudaloso humedal, entre un interesante patrimonio hidráulico destinado a canalizar su preciadas aguas. El denso carrizal que abarrota la zona inundada nos acompaña durante todo el camino, junto con chopos, sauces y otras especies vegetales.
En definitiva, un interesante espacio natural al que merece la pena acercarse.




lunes, 13 de mayo de 2013

Blesa (Cuencas Mineras)

Bien de agua
Decidimos aprovechar un día tonto, como lo fue el 1 de mayo del año del Señor de 2013, miércoles festivo, para acercarnos a Blesa y hacer algo que tenía pendiente desde hacía tiempo: la ruta del agua. Además, con lo que había llovido durante todo el mes de abril y, en particular, los dos últimos días del susodicho, las cosas deberían pintar bien.
El pequeño pueblo de Blesa te recibe con un amplio muestrario de huerta tradicional a orillas del río Aguasvivas. Siguiendo un poco el curso del río, un arreglado camino nos conduce al conjunto azud-Molino de la Cueva, en un estrecho/hocino que, en este día concreto, rebosaba agua por todas partes. El acondicionado paraje es fácil de recorrer, y es curioso observar cómo se solventa el acceso a los huertos, al otro lado de la caudalosa acequia que los abastece de agua, colocando grandes losas de piedra a modo de puentes. Muy pocas veces lo había visto, ya que la modernidad trajo tubos de canalización que acabaron con esta práctica práctica (valga la redundancia).
Lo de la Ruta de las presas históricas del Aguasvivas ya fue otra guerra. Para empezar, la ruta comienza a unos dos kilómetros (¿largos?) de Blesa, en la carretera que conduce a Moneva (menos mal que nos dio por ir en coche). El inicio de la ruta lo marca un cartel que señala una pista, a la derecha. Nos metimos por ahí sin bajar del vehículo, y los primeros 500 m. (o más) transcurren por la escombrera, donde ladrillos rotos, sillas de plástico y, entre otro material, una gran abundancia de colchones usados, nos acompañan sin posibilidad de escapatoria. Al final de la escombrera, por intuición, decidimos dejar el coche y andar por una pista a la derecha, en dirección al río. Buena intuición ya que, al poco de perder de vista el coche, una señal en cada cruce de pistas nos indicaba la dirección hacia nuestro destino: el azud de los arcos.
El camino, en gran parte transitable para un vehículo, transcurre entre pedregosos campos de almendros, en los que los frutos ya estaban bastante avanzados. Un agradable paseo para hacerlo en un día como el que nos salió, pero criminal hacerlo en verano.
Tras andar unos tres o cuatro kilómetros llegamos al barranco por donde el Aguasvivas brincaba por encima del azud debido al caudal que llevaba. Un apañado mirador con un panel informativo nos contaba la historia de esta obra hidráulica. El lugar estaba bien y el día seguía siendo plácido, así que estuvimos un buen rato contemplando el entorno, incluido el Molino del Vado, que se veía aguas abajo, algo más lejos, pero inalcanzable desde donde estábamos por no poder "vadear" el río.
Acabado el paseo, regresamos y decidimos dejar aquí la ruta, pues ya teníamos bastantes kilómetros de pista recorridos por hoy.
Me quedo con la huerta tradicional, el entorno del Molino de la Cueva... y el agua.





martes, 30 de abril de 2013

El Crespol, Ladruñán, La Algecira (Maestrazgo)

Where the roads have no name... y más allá
Suele contarse que para llegar a lejanos lugares fabulosos es necesario atravesar la Tierra Media, o seguir un camino de baldosas amarillas, o entrar por el cráter de un volcán supuestamente apagado. En Teruel somos más modestos; sólo hay que tener el depósito del coche lleno, toda una mañana por delante, y salirse un poco mucho de las carreteras más tansitadas.
Como la que en tiempos era el acceso a Castellote, en una era oscura en la que el actual túnel era sólo una vaga idea. Esta carretera pasaba por Dos Torres de Mercader e iba a salir a la altura del actual cruce con Jaganta (este dato lo supongo yo, así que si alguien sabe algo más, que me ilustre). Y, en algún punto de este trayecto, sale una carretera a mano derecha, pequeña pero no invisible, que remontando la margen izquierda del río Guadalope nos introduce en un mundo nuevo, de agua y de secanos, de llanos y de verdes montañas, atravesando lugares que el tiempo y las circunstancias dejaron deshabitados (que no olvidados). Pero esta desconocida senda, en tiempos conocida como TE-38, continúa más allá, a lo largo de curvas que bordean las aguas de lo que parecía una nueva construcción en el pantano, rumbo a lo desconocido.
Hasta que, al final, la carretera lanza sus últimos estertores y, tras La Algecira, acaba sus kilómetros en otros dos núcleos habitados: El Crespol y Ladruñán.
El calor comenzaba a hacerse notar en este recóndito lugar y los pocos habitantes que a estas horas encontramos ya nos avisaron que el asfalto acababa aquí, que muy pocos se aventuraban hasta estos lares y que, más allá, por donde la carretera ya no tiene ni nombre ni alquitrán, la diosa naturaleza llevaba desde tiempos inmemoriales jugando con el agua.
Y es que unas leguas más allá, en lo profundo del Teruel profundo, está el Monte del Destino, el maravilloso mundo de Oz o el centro de la tierra en forma de Puente Natural de Fonseca, un túnel natural que las aguas del Guadalope, el "río de los lobos", llevan excavando desde hace miles de años, generando un microclima húmedo que no es lo normal en esta zona, y del que muchas especies animales han hecho su particular hogar. Esta formación fue declarada Monumento Natural en el año 2006, cosa nada de extrañar pues el tipo de paisaje que en este punto concreto se da es muy peculiar dentro de la geografía de Aragón.
Finalmente, como todo viaje culminado, ya sólo quedaba el largo regreso a casa. En este caso, al estar dentro de horas razonables, a meternos en algún sitio que nos dieran de comer bien.
Y así fue.








miércoles, 20 de marzo de 2013

La Mata de Los Olmos (Bajo Aragón)

De neveras y bautizos
Situada en la parte más occidental de la Comarca del Bajo Aragón, lindando con las comarcas del Maestrazgo y Andorra-Sierra de Arcos, y casi casi con las Cuencas Mineras, La Mata de los Olmos debe su nombre a la "matta" o masa forestal de su entorno. Aunque hasta 1857 la localidad siempre aparece como "La Mata" (a secas), algo debió de pasar ya que desde 1860 se emplea su denominación actual: La Mata de Los Olmos (Los Olmos es un pueblo de al lado, al que ya le llegará su turno -espero-).
Territorio ya ocupado por íberos y romanos, como todo el Bajo Aragón Histórico, La Mata de los Olmos se estructura a ambos lados de lo que en tiempos debió ser la calle principal y ahora es la carretera nacional N-211. De hecho, es en este tramo donde se hallan los dos bares del pueblo.
Además de los edificios del siglo XVI y XVII, iglesia incluida, La Mata de los Olmos es puntos de partida "oficial" de la ruta de "Las Bóvedas del frío", una serie de antiguas neveras del Bajo Aragón restauradas y musealizadas.
La nevera de La Mata de los Olmos está a la salida de la población, en dirección a Gargallo, a mano izquierda, al final de una cuesta que acaba en unas antiguas eras. El acceso es a través de una especie de búnker cuya misión es ser el centro de recepción/interpretación de la ruta, y donde se nos informa de la localización y temática del resto de neveras. Aquí encontramos una maqueta de cómo "funcionaba" una nevera, un interesante audiovisual de cómo se transportaba el pescado desde la costa hasta el interior (que en aquel entonces costaba días, y el pescado debía llegar fresco), y cómo no, la nevera: un pozo excavado en el propio terreno y asegurado por bóveda de sillería, de 9 m. de altura y 9,5 m. de diámetro, y con una muy buena acústica.
Esta impresionante nevera funcionó desde mediados del siglo XVII hasta finales del XIX, cuando empezaron a aparecer las máquinas que producían hielo a nivel industrial. Una visita que merece la pena.
Y, como a todo el mundo le gustan las historias y las leyendas, aquí va una sacada del libro "Guía mágica de la provincia de Teruel", de Alberto Serrano Dolader, que a su vez está sacada de un artículo de Francisco Lázaro en el Diario de Teruel del 4 de junio de 1992 (por si la SGAE pregunta). Vamos allá:
"Parece ser que, desde tiempos antiguos, los de La Mata de los Olmos debían llevar a Los Olmos a los niños recién nacidos para que fuesen bautizados. En La Mata de los Olmos no había pila bautismal y eso creaba cierto complejo entre los habitantes del pueblo. Sucedió, sin embargo, que, en una de las guerras -la leyenda duda de cuál sea- que le ha tocado soportar a España, llegaron al pueblo un puñado de soldados, hambrientos y heridos muchos de ellos. En ninguno de los pueblos por los que habían pasado les habían dado nada para comer ni ningún otro tipo de hospitalidad. Al llegar a La Mata de los Olmos, los habitantes recibieron con agrado y cariño al pequeño ejército. Los soldados, transcurridos unos días, partieron hacia sus tierras. Pasó el tiempo y, en prueba de agradecimiento, mandaron hasta La Mata una pila bautismal".




lunes, 14 de enero de 2013

Torrelacárcel (Comunidad de Teruel)

Agipe
Tras un intento fallido de subir al Pico Palomera, y del que tal vez escriba en otro momento, nos plantamos en Torrelacárcel, pueblo que debe su nombre a una torre situada junto a la iglesia parroquial, y que en tiempos realizó las funciones de cárcel.
Llegamos a una de esas horas importantes en el día a día de los pueblos pequeños: cuando el panadero, tras recorrer rápidamente el pueblo a base de bocinazos, abre las puertas de su furgoneta para congregar en ese punto a gran parte de los habitantes, mayoritariamente mujeres, que no tardan en empezar a ponerse al día.
Tras las indicaciones de una señora, tomamos una pista rumbo a Sierra Palomera y, pasada la caseta del Charco (que es para verla), dimos con el agipe.
Nunca había oído esta palabra, y quiero pensar que se trata de un localismo de esta zona para referirse a lo que comúnmente se conoce como "aljibe", es decir, un lugar donde se almacena agua de lluvia o de corrientes subterráneas para un posterior uso. En este caso, y dada su ubicación, todo parece indicar que la finalidad principal de este aljibe era (es) su uso agrario.
El caso es que me encantó este desconocido vocablo, lo eché al morral de palabras y expresiones aragonesas, y nos fuimos a Calamocha a por un jamón.



lunes, 29 de octubre de 2012

Celadas (Comunidad de Teruel)

Ayuntamiento, iglesia y fuente
Llegamos a este pueblo con nombre de pieza de armadura con el objeto de aprovechar las últimas horas de luz de un buen día de febrero, y el tranquilo paseo por sus calles me sorprendió mostrándome unas casas (y casonas) en las que la piedra predominaba en todas sus construcciones.
En lo que fue un castillo-palacio del s.XIV ahora se erige una mole de líneas rectas que alberga el Ayuntamiento, y que tal vez por seguir conservando el espíritu de anteriores tiempos actualmente está catalogado como Bien de Interés Cultural.
De la iglesia, similar a otras de la provincia, lo que me llamó la atención fue el pasaje en uno de los laterales que la comunica (o parece haber comunicación) con el Hogar del jubilado. No sé cómo interpretar esto: si como una rareza constructiva original o si como que en tiempos fuera la "casa del cura" y el pasaje le permitiera ir al trabajo sin pisar la calle. El caso es que este tipo de uniones religioso-civiles no se ven a menudo.
Antes de irnos, aún fuimos a ver la Fuente Vieja, una serie de canalizaciones para el aprovechamiento del agua que en 1850 construyó Pierres Vedel, el mismo que hizo el acueducto de Teruel. Aunque un poco dejada (había vasos y bolsas de plástico en el agua, y mucho "pan de rana"), mereció la pena ver este conjunto de fuentes, canales y abrevaderos.






lunes, 25 de junio de 2012

Terriente (Sierra de Albarracín)

Mirando la Sierra
Paramos en Terriente durante una de nuestras incursiones por la Sierra de Albarracín. Pueblo serrano, pues, dimos breve vuelta por las calles que separan sus pocas casas, distribuidas rodeando la plaza principal, algunas de ellas con claras connotaciones del alto nivel adquisitivo de sus históricos propietarios. Recuerdo con especial intriga la ventana de una de ellas, con curiosas tallas de símbolo solar y flor de lis, una a cada lado.
Tanto el ayuntamiento como la iglesia parroquial dedicada al Salvador son del siglo XVI, aunque Terriente tiene más fama por los numerosos manantiales de la zona, como el del Algarbe (que unas veces aparece escrito con "b" y otras con "v"), a unos 6 km. del núcleo urbano.
Y, hablando de El Algarbe: parada obligatoria en el mirador, desde podremos contemplar el poderío de los bosques de la Sierra de Albarracín, sus campos, sus sabinares y algún que otro pueblo de la redolada.



miércoles, 11 de abril de 2012

La Ginebrosa (Bajo Aragón)

Con un par
El enebro es un arbustillo que puede alcanzar el porte de arbolillo, se adapta a csi todo tipo de suelos y es muy resistente a condiciones climáticas duras. Siempre verde, sus frutos son usados en la destilación de licores, principalmente ginebra, la base de los digestivos y refrescantes gintonics. Hasta aquí, la tradicional clase de botánica.
Debido a la gran abundancia de enebros en el término municipal, no es de extrañar que a este pueblo lo llamaran "La Ginebrosa", nombre derivado de la pronunciación "ginebre", que es como se conoce a estos arbolillos en la lengua de tradición oral de la zona: el chapurriao.
La Ginebrosa se ubica entre un par de ríos: el Mezquín y el Bergantes, al que los musulmanes llamaban Algerez. El Bergantes es un río normalmente tranquilo, y uno de los pocos no regulados del Valle del Ebro, así que cuando llega la época de tormentas fuertes se cabrea y arrambla con todo lo que pilla por delante. Aún así, sus aguas son generosas y aplacan la sed de algunos de los campos de La Ginebrosa, de la que (dicen) produce las mejores cerezas de la comarca.
De la muralla que en tiempos protegió la localidad ya sólo se conserva el portal de la Herrería como acceso medieval a una serie de calles alargadas, estrechas, con pasadizos... destacando entre la arquitectura popular su iglesia parroquial. Conforme vamos cruzando el pueblo por las calles intrincadas de la parte más antigua, las casas de piedra nos dirigen, casi sin quererlo, hacia la parte más alta del pueblo: las eras.
En La Ginebrosa hay un par de neveras o "pozos de hielo", donde hasta el siglo pasado se almacenaba la nieve caída durante el invierno para su uso y disfrute el resto del año. Una de estas neveras se halla en una finca particular. A la otra, integrada dentro de la ruta "Las Bóvedas del Frío", se llega desde las eras, bajando por la pista forestal en dirección a la carretera que sigue hacia Aguaviva. El camino está señalizado y, como no siempre está abierto el acceso al interior de la nevera, una buena idea para antes de ir es preguntar en el bar de las piscinas y, si acaso, que os dejen la llave (así también tendréis una buena excusa para, al ir a devolver la llave, echaros alguna cerveza que otra y, según quién esté en la barra, enteraros de las últimas noticias de la zona).
La visita a la nevera merece la pena, por un lado, porque se ha musealizado hace poco con la temática del fin de los pozos de hielo (asunto muy interesante) y, por otro, porque en realidad es una de las últimas neveras de la comarca en abandonarse, pues estuvo en uso hasta el primer tercio del siglo XX. Posiblemente quede alguna persona mayor en el pueblo que aún viera cómo se llenaba de nieve hace 80 ó 90 años.
Esta "Bóveda del frío" se utilizaba básicamente para el abastecimiento comunal, y una vez en la base nos podemos asombrar con un par de cosas que la caracterizan: arriba, una atractiva falsa bóveda de aproximación de hiladas de piedra; y, abajo, los restos del antiguo emparrillado formado por maderos entrecruzados que servían de plataforma aislante para la colocación de la nieve por capas, permitiendo así el agua del deshielo. Hay que verlo, que así contado pierde mucho.
La Ginebrosa cuenta con un par de cosas más en su término municipal: se trata de dos simas, una de las cuales tiene una profundidad de unos 50 m. y unas características similares a la de San Pedro en Oliete. El camino a ellas está sin señalizar (o lo estaba), y un intento de ir a visitarla me lo echó atrás uno delpueblo: "Si no vas con alguien, no la has de encontrar". Imagino que se referiría a "alguien" que supiera dónde está.
Hay una leyenda muy bonita relacionada con estas simas. Cuenta que, al principio de los tiempos, los obreros que estaban construyendo el mundo olvidaron colocar los dos últimos tornillos. Los agujeros donde debían haber ido son estas dos simas de La Ginebrosa.




lunes, 7 de noviembre de 2011

Molinos (Maestrazgo)

Viaje al centro de la tierra
He estado en Molinos un par de veces y, como casi siempre sucede, la primera es la que más me sorprendió.
Perdido del mundo, perdido en Teruel, un poco alejado de la carretera "principal" (que ya no entra en su casco urbano), Molinos se emplaza entre barrancos, en una vertiente del río Guadalopillo. Una buena vista del conjunto la tendremos desde la parte alta del pueblo, desde la torre-campanario.
Merece la pena darse una vuelta, sin prisas (como siempre), por sus calles en tiempo calatravas, y seguir las aguas del arroyo de San Nicolás, que discurre por en medio del pueblo, hasta el puente donde su curso se interrumpe bruscamente para caer al vacío en una impresionante cascada.
Y aunque resulta casi increíble este pequeño Monasterio de Piedra en medio del pueblo, sin duda el ojito derecho de Molinos, y lo que le ha dado renombre, son sus Grutas de Cristal, en las afueras del casco urbano. El paraje donde se ubican es (o "era", que hace mucho que no me acerco por ahí) de esos que parecen bajo monte, que no hay nada, y que te dices: "Pues aquí no hace trazas de que estén". Pero sí. Pagando la entrada correspondiente, un camino te lleva hacia lo que parece ningún sitio; de pronto hay un agujero, te metes dentro y en cuanto echan alguna luz ya se te abre la boca sola: ha comenzado el descenso al centro de la tierra.
Una serie de grutas con estalactitas y estalagmitas, banderas, coladas y todo tipo de formaciones geológicas con caprichosos recorridos nos irán sorprendiendo sin parar mientras procuramos mantener la cabeza gacha y un señor bajito de voz monótona, el guía, pretende que veamos la Virgen del Pilar entre estas maravillas de la geología.
Ya véis que en Teruel tenemos de todo. Pues para terminar, Molinos también tenía que destacar por algo, y en este caso es porque fue por aquí donde se encontraron los restos fósiles humanos más antiguos de Aragón. Los primeros mañicos.