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miércoles, 30 de mayo de 2012

Mazaleón (Matarraña)

Echando la mañana
Poéticamente, los árabes lo llamaron manzil ayun ó manzal al'ayun, que significa "parador de fuentes". Los reconquistadores, algo más brutos, no se partieron mucho la cabeza y, como echaron a los moros luchando con mazas y peleando como leones, pues le pusieron Mazaleón como nombre al pueblo. Y así, el blasón de su escudo es un león blandiendo una maza.
El río Matarraña baja tranquilo por estos lares, sobre un curioso cauce rocoso y generalmente con poca agua, aunque sí la suficiente como para abastecer la huerta antes de juntarse con el Ebro en tierras zaragozanas. Sus aguas discurren entre dos colinas: sobre la de la margen izquierda se asienta el casco urbano de Mazaleón; en lo alto de la de la margen derecha se adivina una ermita.
Para visitar Mazaleón, recomiendo dejar el coche a la entrada de la población (al lado del río es un buen lugar pues luego habrá que pasar por ahí). Más que nada porque en estos pueblos pequeños, como no seas de aquí y te lo conozcas más que bien, si te metes puedes acabar encajado en alguna calle estrecha. Por eso, y porque los pueblos hay que verlos andando por sus calles, tocando sus paredes, bebiendo de sus fuentes, hablando con la gente...
Comenzaremos por el peñasco de la margen izquierda, donde una calle empedrada nos sube hasta la plaza del ayuntamiento, en la que aún puede verse parte de la roca donde se asientan los cimientos de la localidad. En la arcada bajo el ayuntamiento se encuentra la cárcel medieval, muy particular porque conserva cepos y algún potro de la época. Pero lo que realmente la hace singular es la colección de grafitis que, en las paredes, hicieron los reos que pasaron por estas dependencias. Visitarla es casi obligatorio; hacerlo no es fácil: en la cerrada puerta no hay un triste papel (nada de información, vamos) con un teléfono o una dirección o un aviso de alguien a quien pedirle que nos deje entrar.
La ruta que propongo continúa recto y, tirando poco a poco hacia la derecha, entre casas de regio abolengo, la pendiente va subiendo hasta lo más alto de Mazaleón donde, entre flores, permanecen los restos de un antiguo castillo, en una plaza con un mirador al río Matarraña y a la otra colina, que luego habrá que subir.
Y, siguiendo el recorrido circular, pronto nos encontramos con la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, cuya fachada extraordinariamente preciosa y monumental es casi imposible sacar entera en una única fotografía (cuando se está allí, en seguida se ve por qué). Desde aquí, ya sólo queda bajar por una empinada cuesta hasta encontrarnos de nuevo con el ayuntamiento. Si necesitamos comprar algo, ahora es el momento pues la tienda que hay en el pasaje tiene de todo: pan, comida, bebida, zapatillas, navajas, cuadros, figuritas que cambian de color según el tiempo que va a hacer...
Volvemos al río Matarraña para situarnos de nuevo entre las dos colinas, bajo el mismo cielo en el que un día San Clemente deshizo milagrosamente un huracán que amenazaba con arrasar todo.
Tomando el camino empedrado subimos hasta la ermita de San Cristóbal a través de un calvario y, desde allí, contemplaremos cómo se distribuyen los edificios de Mazaleón por las laderas de su montaña. Ampliada y reformada en el siglo XVII, las piedras de la ermita rezuman historia; y, tanteando con cuidado, acaso encontremos dos muy especiales, que nos indican los años en los que las riadas se llevaron el puente.
En la parte de atrás de la ermita, y compartiendo nombre con ella, se encuentra al lado de un merendero un yacimiento íbero cuyo actual esqueleto debió ser un gran poblado, allá por los siglos VII y VI a.C.
Los orígenes de Mazaleón se pierden en el tiempo, así que si todavía os queda tiempo en esta mañana que tan bien habréis aprovechado, podéis ir a ver vertigios de pinturas rupestres, o acercaros a otro poblado íbero que hay un poco antes de llegar a Mazaleón, viniendo desde Valdeltormo o Calaceite: el de los Escodines. Eso sí, si ya se ha hecho la hora del vermú (o la de comer, si nos hemos entretenido a gusto)... la decisión es vuestra.














viernes, 11 de marzo de 2011

Tramacastilla (Sierra de Albarracín)

Un paseo por el Barranco Hondo
La vez que vayáis a Albarracín (porque, al final, todo el mundo acaba yendo a Albarracín), buscad un hueco y acercaos, aunque sólo sea una mañana, a Tramacastilla. Vale la pena.
Del origen del nombre, una cosa está clara: "Trama-" significa "entre". Para el resto, unos dicen que el pueblo (la ubicación original) estaba entre dos castillos que había en lo alto de los montes que rodean a la población; para otros, el final "-castilla" se debía referir a que estaba ya en la frontera con el reino de Castilla.
Dejando al margen el nombre (pero es que estas cosas a mí me gustan mucho), os aconsejo daros primero un paseo siguiendo el curso del Guadalaviar hacia arriba. El camino empieza al lado del puente que hay a la entrada del pueblo, en un merendero bajo una cueva de aspecto tenebroso (creo que es la "Cueva de los Moros"), y el paseo es apto hasta para los más pequeños.
El camino sube poco a poco, va llaneando y es muy llevadero. Eso sí, estad atentos porque en algún momento habrá un desvío y tendréis que tomar la dirección de la derecha, hacia un (creo) antiguo depósito de agua. Si os pasáis, acabaréis en Villar del Cobo que, aunque tampoco estaría mal, luego hay que volver.
La ruta es circular, y la vuelta a Tramacastilla tiene las mejores vistas del Barranco Hondo, con el río allá abajo. No da vértigo (aclaro).
Volvemos a Tramacastilla por un tramo común al que que hemos realizado a la ida, entre huertos de labor y frutales.
Como es normal, tras esta excursión hay que ver el pueblo, dar una vuelta por sus casas rojizas, ver su fuente... y hasta podéis tomaros algo en el bar.
Tramacastilla es muy majo, casi de postal navideña, y, si queréis tener otra buena vista "aérea" de él, podéis acercaros al hotel nuevo (bueno, nuevo cuando estuve yo) que hay siguiendo la carretera, y que tiene un mirador excelente.
Y ya para terminar, como sé que a muchos os gusta el tema de las leyendas e historias, lo voy a hacer con una y, aunque esta zona de Albarracín es muy dada al Cid y a moros y cristianos, la que os voy a contar no tiene nada que ver con ellos, a mí me gusta mucho, y la primera vez que la leí fue a Manuel Pascual Guillén, a quien (como he dado a entender en otras ocasiones) le debo el haberme metido el gusanillo este de las historias que circulan por Teruel. Pero vamos allá con la historia, a la que muchos autores titulan "El huerto de las almas":
En tiempos antiguos, unos señores de Tramacastilla gravaron con censo en sufragio de sus difuntos un huerto que tenían junto al pueblo. Por esta razón, al huerto acabaron llamándole "De las Almas".
Por herencia, el huerto fue pasando de unas manos a otras, hasta que acabó en poder de un avaro la hacienda en cuestión. Este personaje decidió no cumplir la sagrada deuda que el huerto De las Almas llevaba consigo, y durante un tiempo las cosas transcurrieron con normalidad. Pero una noche, de la Peña del Castillo (que según se cree es la boca de la salida del mismo Infierno) surgieron grandes llamaradas que, con luz siniestra y misteriosa, iluminaron el paisaje. De entre las llamas apareció la figura de un caballo con el mismo Satanás por jinete. Llenos de estupor, los lugareños pudieron contemplar que en los bordes del camino apareció quemada la hierba con la huella de unas herraduras de fuego.
Ni que decir tiene que, en adelante, el avaro y codicioso hombre dueño del huerto pagó sus deudas religiosamente.
Hala, tras esto ya os podéis volver a Albarracín (aunque yo os aconsejaría haber cogido alojamiento en Tramacastilla o en alguno de los pueblos de alrededor). Eso sí, os vais a volver con la sensación de haber aprovechado muy bien la mañana. O el día.


viernes, 15 de octubre de 2010

La Aldehuela (Cuencas Mineras)

Si yo fuera rico...
Creo que La Aldehuela nunca llegó a ser pueblo, que comenzó siendo un "barrio rico" para los ingenieros que llevaban las minas de Aliaga. Hoy día esas cuatro casas (bien arregladas) al lado de la carretera son una pedanía de Aliaga.
Y, aunque el barrio en sí no me guste mucho, el potencial turístico de calidad que tiene es enorme. Eso sí, con perras.
El enorme mazacote de hierro y hormigón que hay al lado del lago que forma el embalse son los restos de la antigua central/subestación que, en un alarde de generosidad, Endesa regaló al ayuntamiento de Aliaga para ahorrarse los costes de desmantelarla y dejar el paraje natural como estaba.
El caso es que siempre que pasamos por ahí dejamos que vuele nuestra imaginación, y, así, imaginamos el esqueleto de hormigón convertido en un hotel de lujo, con vistas a la peña del Barbo; imaginamos el embalse con un agua clara y barcos de recreo, zonas de baño, algún cisne o similar...; imaginamos un teleférico a modo de las antiguas tirolinas de las vagonetas, que te lleve a lo alto, donde las vistas son fenomenales; imaginamos que los desechos del carbón que Endesa dejó se convierten en un área de recreo... e imaginamos, también, que milagrosamente nos llueve todo el dinero para poder hacerlo y convertir ese pequeño trozo de nada en una referencia mundial para geólogos, ornitólogos, excursionistas...
Por suerte o por intervención divina, el proceso de extracción de carbón no llegó a destruir el paraje que hay justo detrás: un cañón precioso donde anidan gran cantidad de buitres, y donde en su parte llana las extrañas formaciones geológicas permiten que se asomen unas especies vegetales difíciles de encontrar en otros lugares.
Así que si a alguien le sobra dinero (mucho dinero) y no sabe qué hacer con él, ruego se ponga en contacto conmigo y le facilitaré un número de cuenta. Y tal vez dentro de unos años haya que borrar la palabra "imaginamos" de esta historia. Y podamos dar una segunda oportunidad a este lugar.
Y, si no, ahí dejo la idea. Gratis.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Las Parras de Martín (Cuencas Mineras)

En El Chorredero nunca ha habido brujas
En verano, cuando era un joven sano y delgado, pasábamos bastante tiempo en Las Parras, donde teníamos casa. Y algunos días nos acercábamos, por sendas poco conocidas, hasta "El Chorredero", donde comíamos o merendábamos, y nos bañábamos.
El paraje era impresionante pues, por un lateral de la aparentemente impracticable pared de roca, se despeñaba el agua del río, en una fabulosa cascada. D
e ahí el nombre, del "chorro" de agua que caía.
La pared de roca de la que hablaba en realidad estaba completamente horadada, y una senda te llevaba a la parte alta del Chorredero, a una pradera.
Las cuevas que había a lo largo de esta senda eran un escenario ideal para jugar y hacer el cabra; algunas eran enormes, y de sus techos colgaban, como chupones de hielo, multitud de estalactitas, Estas cuevas las aprovechaban los pastores a modo de parideras y donde refugiarse y refugiar el ganado llegado el caso.
Una de las últimas veces que fui a Las Parras nos acercamos al Chorredero por una nueva pista asfaltada que ahora une este pueblo con Cervera y Pancrudo. Allí vimos lo que quedaba de él, pues una gran riada hacía unos años había desprendido una serie de rocas que habían roto un poco la magia de la cascada de siempre, mostrándonos ahora un simpático riachuelillo, manso, que discurría con resignación.

También habían colocado un cartel, de esos que llamamos "paneles interpretativos" o "mesas de información". Y aquí ya fue cuando se me cayó el alma al suelo y se me hinchó la vena, al ver que a este paraje lo habían rebautizado como "Las cuevas de las brujas" o algo así, y, para más inri, este cartel aún se atrevía a explicar que allí se reunían las brujas para hacer qué me sé yo qué. No sé a qué tipo de mente retorcida se le habría ocurrido inventarse semejante hatajo de estupideces; imagino que a alguien que, aparte de no conocer el sitio, pensaría que unas brujas atraen más turismo que un fantástico espacio natural.

En fin, espero no tener que encontrarme más con estas cosas, al menos en los sitios que conozco y a los que de pequeño cogí cariño.


Nota: Hace algún tiempo estuvimos visitando "La cueva de las güixas (las brujas)" en Villanúa, un pueblo al lado de Jaca (Huesca). Preguntada con alevosía, la guía nos contó que hasta hace poco en la ladera de ese monte se cultivaban muchas guijas (una legumbre parecida a la judía), y que, en aras de aumentar el turismo en la zona (volvemos a lo mismo), quedaba mejor reclamo llamar a la cueva "de las güixas" (de las brujas) que "de las judías" (de las guijas). La verdad es que aquí lo tenían fácil para cambiarle el nombre. Luego, como hay frikis para todo, se desarrolló toda la parefernalia brujeril que ha derramado ríos de tinta.



lunes, 30 de agosto de 2010

Peñarroya de Tastavins (Matarraña)

Siete novias para siete jóvenes... y otras muchas cosas
Peñarroya de Tastavins es uno de mis pueblos favoritos de la Comarca del Matarraña. Hace poco leí un libro sobre mitos y leyendas de Aragón y me topé con una historia que alguien me contó como verdadera hace unos años, así que me he dicho: "¡Qué joderse! ¡Para leyendas, las nuestras!", y con ella voy a empezar mi relato de este pueblo.
Bueno, pues cuenta la historia/leyenda que, en tiempos de la peste, ésta había diezmado la población castellonense de Villabona, así que visto el panorama siete jóvenes del pueblo se fueron hasta Peñarroya (donde la peste no había hecho tanto estragos) a buscar siete mozas casaderas para llevárselas a su pueblo, casarse con ellas (con el consentimiento de ambas partes) y repoblar el pueblo de niños villabonenses. Esto, parece que no pero tiene su mérito, ya que los jóvenes se arrearon 30 km. a pie para buscarlas, y luego los mismos 30 km. con ellas para volver a casa (recordemos que en Plan -Huesca- fueron algo más listos: les pusieron un autobús, y a esperarlas en la plaza del pueblo).
Como veis, leyendas como "El rapto de las sabinas" y guiones de películas como "Siete novias para siete hermanos" o "Los siete samurais" no son más que burdas copias de lo que aconteció en Peñarroya (eso sí, sin violencia).
El acceso a Peñarroya es con vistas a un hermoso puente sobre el río Tastavins, y nada más cruzarlo aparece el antiguo monasterio Virgen de la Fuente, hoy día reconvertido en bar-restaurante-hotel o algo así, pero que merece la pena visitar, y que da nombre también a la marca de jamones que salen del secadero de este pueblo, y que no tienen nada que envidiar a los de la dehesa extremeña. Os aconsejo volver a casa con uno.
Peñarroya de Tastavins es un pueblo en la ladera de un monte, con sus calles cuesta arriba y sus correspondientes calles cuesta abajo (cuando bajas). Las calles son estrechas, con solera, algunas conservando todavía el azulete en sus fachadas, y nunca sabes qué te va a deparar cuando doblas una esquina.
Tú vas subiendo cara arriba, así, al azar, por una calle cualquiera, y puedes ir a parar frente a una impresionante iglesia barroca del siglo XVIII, o llegar a un cruce de calles frente a una casa con una preciosa balconada plagada de flores (según cuándo vayáis, claro); o encontraros con un antiguo lavadero que sigue cumpliendo su cometido hoy día; o daros de bruces con la puerta de entrada a una antigua cárcel (pedid la llave para visitarla; está dentro de la "Ruta de las cárceles" y la verdad es que por dentro acojona); o mirar cara a cara al tastavinsaurio en la subsede de Dinópolis (esto ya, pagando); o... o, simplemente, pasear por sus calles y casas de piedra, sólo por pasear, porque la vista se os va a ir a los mil y un detalles que hay repartidos por todos los sitios.
Aunque, sin duda, la joya de la corona de Peñarroya de Tastavins ya la habréis visto si habéis venido desde Monroyo: Les Roques del Masmut. Se trata de una formación geológica impresionante, de color rojizo (lo que, en parte, da nombre al pueblo) y que, en una tarde limpia, hace imprescindible llevar encima una cámara de fotos para guardar el maravilloso espectáculo que ofrecen los últimos rayos de sol del atardecer al proyectarse sobre esta mole con el pueblo a sus pies.
Alrededor de esta montaña, para el que le guste, se puede practicar senderismo, escalada... o contemplar la colonia de buitres que anida allí todo el año (eso sí, sin molestar). El entorno merece la pena, como debieron pensar también una comunidad de mujeres budistas que se instalaron en sus proximidades; algunos frikis creen que estas montañas forman parte de una "línea de poder" que surge desde la cercana localidad de La Fresneda.
Y... no os vayáis todavía, que aún hay más: en Peñarroya tenéis también un espacio gótico, casas rurales, centros de interpretación...
Pero, como no todo va a ser turismo deportivo y cultural, si hacéis la visita por la mañana, en una de sus estrechas calles, discreto como él solo y difícil de localizar, está el bar del pueblo: el de casa.
Entrad a almorzar.

A Román. Buena gente.

lunes, 23 de agosto de 2010

Gúdar (Gúdar - Javalambre)

Un balcón a Teruel
Por mucho que se empeñe la guía Campsa en lo contrario, la carretera asfaltada acaba en Gúdar.
Me encantan los pueblos que son final de carretera, tal vez porque están menos masificados que el resto, ya que si llegas allí es porque es realmente donde vas.
Bueno, pues la carretera de Gúdar acaba allá arriba, en lo más alto. Y, en lo más alto del más o menos llano pueblo, una enorme balconada te invita a perder la vista por las extensas tierras turolenses del valle del río Alfambra.
Cuando acabéis de daros una vuelta por el pueblo, no os queda otra que volver por donde habéis venido. Eso sí, justo antes de llegar a la carretera "principal", tomad el desvío a mano izquierda (la antigua carretera), que os llevará a Los Caños de Gúdar, un paraje singular donde se puede hacer picnic (si os habéis llevado comida), donde los zagales pueden corretear (si os habéis llevado zagales), y desde donde parte una senda (apta para los que no se quieran cansar mucho) que remonta el curso del río Alfambra antre los árboles, hasta su nacimiento (supongo, pues nosotros sólo llegamos hasta una cascada pequeña).
Tanto el pueblo como la zona del merendero merecen la pena, de verdad.