miércoles, 12 de septiembre de 2012

Alcalá de la Selva (Gúdar - Javalambre)

Una mirada en dos tiempos
El origen árabe del castillo da nombre a la primera parte de esta localidad: "al-qual'at" (el castillo). Y, aunque no lo parezca, la segunda parte no viene dada por las densas masas arbóreas de esta parte de la sierra de Gúdar, sino porque al reconquistar el pueblo en el siglo XII, el rey Alfonso II lo donó a los monjes de la abadía francesa de la Gran Selva Mayor, en Gascuña. Alcalá de la Selva estuvo en poder de estos monjes hasta 1375, fecha en la que fue vendida a la familia Heredia.
La primera vez que estuve en Alcalá de la Selva fue con Miguel, hace muchos años, y fue por motivos de trabajo. Todavía no era invierno, pero los días ya acortaban y, aunque no llegamos muy tarde, la oscuridad de la noche ya se cernía sobre nosotros. No se veía un alma por la calle e hicimos varias llamadas buscando un alojamiento para esa noche en un pueblo en el que, fuera de la temporada de invierno, no debería haber habido problemas. Pues los hubo. Misteriosamente, no había vacantes. Al final, de una de las casas que llamamos (estábamos en la plaza, junto a la iglesia) se asomó una señora al balcón, y no sé qué se debió creer al vernos con cámaras de fotos, trípodes... el caso es que nos dijo que tenía un apartamento libre, en la última planta de un edificio (propiedad de la señora, nos dijo) en el que no parecía haber nadie más, y en el que "si es sólo para una noche, no voy a ponerles la calefacción". Las noches ya eran frías, pero al menos había mantas.
Nuestra impresión fue que todos los apartamentos ya estaban apalabrados para cuando llegaran los valencianos en la temporada de esquí, y no les merecía la pena alquilar uno "para una sola noche".
Era entre semana, ya casi era noche cerrada, y en el pueblo no daban de cenar en ningún sitio, así que nos mandaron como a 1 Km., a las afueras, a la Virgen de la Vega, donde la sombra fantasmagórica de un impresionante santuario se proyectaba contra las contadas luces de un par de casas (no parecía haber más) y un bar, en el que pudimos comernos tres o cuatro tapas que debían llevar allí desde las 12 de la mañana (si somos optimistas). La "sobremesa de noche" se salvó un poco con el único bar abierto, aún pudimos echar unas risas y unas copas con el camarero (un chaval muy majo, de Montalbán).
Volví a Alcalá de la Selva, con Marta, allá por el año 2009.
Desde el mirador de San Rafael se divisa, a lo lejos, Alcalá de la Selva. En primer plano, en el lugar que antes debió ocupar una densa concentración de pinos, ahora se puede ver una gran urbanización (en Mora nos dijeron que sólo había tres o cuatro casas vendidas). Frente a ella, un campo de golf con nadie jugando.
Alrededor del Santuario de la Virgen de la Vega, las cuatro casas que hubo otrora se habían convertido en cuarenta (por decir un número), y ya no parecía haber problemas de hostelería. Luego leí que estas "afueras de Alcalá de la Selva" se habían convertido en una pedanía de la localidad debido al auge de estas urbanizaciones.
Llegamos al pueblo más o menos a la hora del vermú; no nos cruzamos con casi nadie (por no decir nadie); echamos una caña y una tapa en un bar amplio de una de las calles principales de la localidad, casi frente a la fuente de la que siempre salen unos enormes chorrazos de agua. En el establecimiento, sólo estaba el camarero. Bueno, y nosotros, claro.
Subimos al castillo, construido durante los siglos XIII al XV, y que ya en el siglo XXI parecía recuperado del todo, pero no pudimos entrar, así que fuimos a la gasolinera.
Alcalá de la Selva está cerca de las pistas de esquí de Valdelinares, y la gasolinera está en la rotonda que da acceso a ellas, al pueblo, y a la Virgen de la Vega. No estaba abierta todavía, así que pululamos por los alrededores, y aprovechamos para replegar los últimos arañones que quedaban en un par de solitarias matas.
Al rato llegó el gasolinero en un coche largo, con adornos heavy metaleros y aires años 80-90... un tipo curioso. Como era más o menos pronto, y no había nadie más, nos liamos a charrar y, entre una cosa y otra, acabamos hablando de las endrinas, y de las pocas que habían dejado por ahí. Fue entonces cuando se arrancó ya del todo y nos dijo dónde podríamos coger hasta aburrirnos. Así que, dicho y hecho, cuando acabamos con la gasolina volvimos al pueblo, al lugar que nos había indicado. Y, efectivamente, había endrinas como para aburrir. Pero, lógicamente, en vez de aburrirnos hicimos buen acopio de ellas, de las que salieron unos cuantos litros de pacharán buenísimo.
Así que: ¡Gracias!











martes, 28 de agosto de 2012

Tronchón (Maestrazgo)

La Matilde
Fuimos a Tronchón aposta a comer en casa de La Matilde. Tal cual.
Llevábamos ya más de un año rumiando el venir aquí porque nos habían dado muy buenas referencias. Pero, como pasa muchas veces, lo vas dejando, lo vas dejando… Así que un buen día se nos cruzaron los cables y dijimos: "Hala, vamos a comer". Y dicho y hecho, salimos de Zaragoza y nos plantamos en Tronchón.
Llegamos a este pueblo templario, declarado conjunto histórico artístico en 1983, a la hora de comer (ya estaba todo previsto). Dejamos la furgoneta aparcada a la entrada del pueblo (recordad lo que digo siempre de no entrar a los pueblos pequeños con el coche), y fuimos a buscar la casa de la Matilde pensando que, a pesar de no llevar ninguna referencia, en una villa como Tronchón la encontraríamos rápido, ya que esto no es Washington. Efectivamente, pasamos por la plaza de la iglesia y el ayuntamiento, y en seguida vimos en la esquina de un edificio: "Comidas Caseras - Casa Rural Matilde". Otra cosa fue entrar.
Buscando un cartel sobre una puerta que especificara más el acceso, estuvimos un rato dando vueltas a la manzana, oyendo todo el tiempo ruido de cocinas y comensales. Al fin, nos atrevimos a llamar al timbre de una puerta (más que nada, también por preguntar), y tras una cortina se oyó una voz queda: "¿Llamaaan?" (así, estirando la "a" del final). Arriesgándonos a que fuera este el lugar, contestamos: "Sí, veníamos a ver si podíamos comer…". Y hubo suerte, porque la voz volvió con un: "Ah, pues pasen, pasen…". Y pasamos, Vaya, que si pasamos. Un poco más y hasta la cocina.
En los pueblos el tiempo transcurre de distinta forma que en las ajetreadas ciudades. A veces, un minuto esperando a ver qué carta echa tu contrincante al guiñote te parece una eternidad, y otras, los veinte minutos que tardan en atenderte en un restaurante se te pasan volando. Porque te da tiempo a ver la decoración (fotos familiares al lado de un póster de un cuadro de Dalí o un barco en el mar, al lado de una mesa cajonera que ya debía estar ahí cuando hicieron la casa, todo escasamente iluminado con luces que parecían traídas del Ikea…), e incluso da tiempo a ver toda la casa si es que te decides a viajar hasta el baño. Desde luego esta casa, en la que el lado práctico de las cosas se conjuga apelotonadamente con elementos antiguos y modernos, debería estar subvencionada.
Llega una chica y nos suelta una retahíla de platos que hace las delicias de nuestros oídos, todo cocina casera y contundente, y elegimos tres primeros y tres segundos, por probar lo más posible y con la seguridad que nos da ver a una abuela pequeña trajinando de aquí para allá, sin parar, en la cocina y, a ratos, en el enorme comedor. Es la Matilde, nos dice la chica, y que para beber, vino. No hay carta de vinos; sólo hay "vino", y es lo primero que nos trae, afortunadamente acompañado de gaseosa (¡qué invento, la gaseosa!).
A la pobre señora Matilde se le han debido de romper todos los platos, o eso creemos, cuando aparece de nuevo la chica con tres fuentes tipo ensaladera con los primeros "platos". Unos garbanzos con alioli, una menestra de verduras de huerto y no recuerdo qué otro pozal más fueron la presentación de una comida larga, abundante y buenísima, toda ella regada con vino de batalla y gaseosa.
Tras la opípara comida, el café y las copas (que aquí, todo hay que decirlo, sí que flojearon un poco las cosas), hay que esperar tro poco para pagar, pues la señora parece estar más por la labor de dar bien de comer que por la de cobrar.
El colofón lo puso un pequeño cuarto donde la Matilde tenía una pequeña tienda con "de todo", así que obligatoriamente había que salir de allí con el excelente queso de Tronchón. Buenísimo. Tanto, que ya lo menciona Miguel de Cervantes en la segunda parte del Quijote (cap. LXVI), donde Sancho y un lacayo del duque, Tosillos, dan buena cuenta de él.
Así que esta aventura sanchopancesca la voy a terminar con este fragmento del Quijote, como cuña cultural, y animando a que os leáis (entera) esta gran obra:
-(…) y yo voy ahora a Barcelona a llevar un pliego de cartas al virrey, que le envía mi amo. Si vuesa merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajetas de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está durmiendo.
-Quiero el envite -dijo Sancho-, y échese el resto de la cortesía, y escancie el buen Tosillos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias.
-En fin -dijo don Quijote-, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo, y el mayor ignorante de la tierra, pues, no te persuades que este correo es encantado, y este Tosillos contrahecho. Quédate con él, y hártate; que yo me iré adelante poco a poco, esperándote a que vengas.
Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus rajas, y sacando un panecillo, él y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz y compaña despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas, con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porque olía a queso.
Miguel de Cervantes
Don Quijote de la Mancha - Segunda parte - Capítulo LXVI








viernes, 20 de julio de 2012

Maicas (Cuencas Mineras)

A mal tiempo, buena gente
La última vez que entré en Maicas fue yendo con Marta, y hacía un día de perros. De perros, perros. El cielo denso deslucía un color marrón tirando a gris plomizo que parecía querer caer sobre nuestras cabezas en cualquier momento. El aire, fresco tirando a frío, soplaba en la dirección que quería y en ráfagas cortas. Y el tiempo, en general, parecía que quería llover pero hacía como que esperara la ocasión en la que fastidiar más.
Pero claro, ya que estábamos bien habría que dar una vuelta. Así que salimos del coche hacia el día de perros y éste, al fin, cambió. Pero no porque cambiara el tiempo, sino porque lo hizo cambiar, primero, una señora mayor con la que estuvimos hablando del clima y de los gatos (que alguno aún se atrevía a salir a dar un paseo); luego se unió a la conversación otro abuelo que venía del campo empujando un carretillo ("No hace día para estar en el huerto", o con unas palabras parecidas, se presentó). Cuando nos despedimos de ellos conocimos a otra señora, más joven que los anteriores, con quien también tuvimos un rato de cháchara, entre la que nos soltó: "El pueblo es muy pequeño; lo veréis en seguida". Y, sí, es pequeño, pero desde que habíamos llegado no habíamos parado de conocer gente, así que para mí ya se convirtió en un gran pueblo. Hasta el día de perros parecía haber cambiado un poco (pero poco; como "a día de gatos", por ejemplo).
Desde la carretera, las verdes paredes del frontón parecen querer ocultar las pocas casas de este, efectivamente, pequeño pueblo en el piedemonte de la Sierra de Cucalón.
El singular entorno está poblado por ya abandonadas construcciones cuya única misión ahora es contemplar el día a día de la vida cotidiana entre las viviendas, las calles y la iglesia parroquial de San Juan Bautista, cada vez más deteriorada, más anciana, pero aún orgullosa de conservar en el exterior de su torre dos relojes de sol, para saber la hora desde dos puntos diferentes, imagino.
Tal vez este hermoso paraje también añore la fragua, de la que sólo parece quedar un mural en la plaza, junto a un recién arreglado canal que, a la vez que hace de calle, conduce las aguas de los días lluviosos hasta la cuenca del Segura.
Escribiendo estas palabras sale de algún fondo atemporal de la memoria, otra vez, el autobús de la línea Utrillas-Zaragoza, con parada en el cruce de Maicas. Nunca entraba al pueblo. Y aparecen imágenes de invierno, nevando. Y limpiando el vaho del cristal veo una pareja mayor descender y alejarse con una gran maleta, bajo la nieve, en dirección al pueblo. Quinientos metros de frío hasta el calor del hogar.
Ahora el coche de línea no llega ni hasta el cruce. Pero eso no quiere decir que Maicas no exista.








lunes, 25 de junio de 2012

Terriente (Sierra de Albarracín)

Mirando la Sierra
Paramos en Terriente durante una de nuestras incursiones por la Sierra de Albarracín. Pueblo serrano, pues, dimos breve vuelta por las calles que separan sus pocas casas, distribuidas rodeando la plaza principal, algunas de ellas con claras connotaciones del alto nivel adquisitivo de sus históricos propietarios. Recuerdo con especial intriga la ventana de una de ellas, con curiosas tallas de símbolo solar y flor de lis, una a cada lado.
Tanto el ayuntamiento como la iglesia parroquial dedicada al Salvador son del siglo XVI, aunque Terriente tiene más fama por los numerosos manantiales de la zona, como el del Algarbe (que unas veces aparece escrito con "b" y otras con "v"), a unos 6 km. del núcleo urbano.
Y, hablando de El Algarbe: parada obligatoria en el mirador, desde podremos contemplar el poderío de los bosques de la Sierra de Albarracín, sus campos, sus sabinares y algún que otro pueblo de la redolada.



viernes, 22 de junio de 2012

Castellote (Maestrazgo)

Villa templaria
Son tantas las cosas que podría contar de Castellote y sus numerosas pedanías que, la verdad, no sé por dónde empezar. De alguna de sus pedanías ya he escrito; de las otras, espero escribir más adelante. Y de Castellote... bueno, como acabo de decir, no sé cómo empezar. Y como no sé cómo empezar, empezaremos por el principio.
Al principio era la nada. Luego, los dinosaurios corretearon alegremente por estas tierras. Después, otros bichos; más tarde, a unos señores se les ocurre pintar por las paredes de los montes y, aún más tarde, en el año 1158 d.C., a alguien se le ocurre mencionar en un escrito que Castellote existe. Luego hubo guerras y paces y, finalmente, un polideportivo y un frontón.
A Castellote se puede llegar por dos carreteras: la que viene desde Bordón, y que pasa bordeando el pantano de Santolea (fundamental parar en uno -o en los dos- miradores, a sacar fotografías), y la que viene desde el Bajo Aragón por Mas de las Matas, y que se junta con la de Molinos y Seno antes de la entrada triunfal. Ésta es mi favorita pues, al aproximarte, lo único que ves es una enorme muralla rocosa que parece inaccesible, y que es por donde antes tenían que cruzar los habitantes de Castellote para salir de su pueblo por esta parte. Pero tranquilos, que antes de estamparon contra la Sierra de los Caballos, atinaréis con el túnel que hace ya años se horadó en la montaña para facilitar el tránsito entre localidades. Ya digo, una entrada de película con una luz al fondo que se va acercando, acercando... y que nos hace acabar en una despejada rotonda, eje vertebrador de las comunicaciones por carretera, pero también eje vertebrador del propio Castellote, que parece separar su parte histórica de la zona más moderna.
Hay muchas cosas que ver y hacer en Castellote, como la que ya hemos comentado de los miradores sobre la margen derecha del Guadalope en el embalse de Santolea (de lo que nos podemos encontrar por su margen izquierda ya hablaremos en su momento, que también es muy interesante). Y, como no sé como juntar todas las cosas en un relato seguido, pues voy a hacerlo por trozos. Así que ahí van:
a) Visita obligada a la ermita del Llovedor, situada a la entrada del túnel (considerando que la salida del mismo es la plaza del pueblo). Recomiendo llegar allí con el coche, por no pasar andando por el túnel, y luego acercarse a pie. Son cuatro pasos, y hay una zona recreativa.
Se trata de una bonita ermita del s. XVIII encajada en la ladera norte de la cresta del castillo, donde las aguas surgen como fuentes, componiendo un precioso cuadro en el que los musgos contribuyen a dispersar el líquido y cristalino elemento en forma de lluvia fina. No hay que perdérselo.

b) Excursión obligada por una parte de la historia de Castellote. El camino está perfectamente señalizado y sube hasta la parte más alta, hasta el castillo. Este castillo templario, estratégicamente situado sobre un cortado rocoso, ha sido parte implicada en todas las guerras que se han ido sucediendo desde la Reconquista. Aquí, las vistas panorámicas abarcan toda la entrada del Maestrazgo. A nuestros pies, la parte más antigua de Castellote, lo auténtico. Un poco más allá, la época moderna en forma de edificios nuevos, un hotel, unos "algo" que no sé lo que son y, más allá, todo. Merece la pena sentarse y relajarse, respirar, mirar, sentirse parte de la historia...
El paseo no acaba aquí. Por lo que sería la parte de atrás del castillo, el sendero continúa en descenso por la ladera trasera hasta llegar a un estrecho de altas paredes de roca digno de una película de Indiana Jones. Se trata del Acueducto de Las Lomas, una construcción que en tiempos canalizaba el agua que abastecía a la villa. Caminando por este paisaje fantástico llegamos a lo más de lo más: el Puente del Gigante, la parte del acueducto que cruza el estrecho de lado a lado a unos impresionantes 14 metros de altura.
Y ahora sí, continuando el camino, llegamos de nuevo al pueblo, finalizando así esta ruta circular.

c) Paseo obligado por el centro urbano, hoy día Conjunto Histórico-Artístico. Preparaos a subir y bajar cuestas, como corresponde a la orografía del terreno, y sobre todo, sobre todo, no se os ocurra hacer la visita en coche; esto es algo reservado a la gente que vive aquí el día a día, y a los repartidores asiduos. Sólo ellos pasan por estas estrechas calles sin partir los retrovisores, sólo ellos conocen los recovecos donde cruzarse con otro coche, sólo ellos conocen qué escaleras se pueden subir o bajar con el vehículo...
Bueno, a lo que vamos: a tirar cuesta arriba, agarrados a la baranda si hace falta (imaginaos, en invierno, subir o bajar sin estos apoyos, con las calles heladas...), hasta llegar a lo más alto: la iglesia de la Virgen del Agua, románica del siglo XII. A partir de aquí, vamos bajando hasta llegar a otra plaza, en la que se encuentra la iglesia gótica de San Miguel y el Torreón Templario, un edificio defensivo convertido hoy día en un Centro de Visitantes gracias a una excelente musealización (según la crítica) que nos introduce en la vida de la Orden del Temple en particular y en la historia de Castellote en general.
Ahora ya, el resto lo hace cada uno, y se trata de ir callejeando para encontrarse con un antiguo lavadero, el Ayuntamiento con su interesante lonja y, junto a él, un precioso abrevadero con una curiosa decoración a la que llaman "la dama de la sargantana". Durante el paseo, no hay que perder de vista las casonas por las que se pasa, algunas con unos interesantes aleros, y muchas, desgraciadamente, condenadas al derrumbe. En general, no son visitables, pero sólo lo que son los edificios en sí es algo que ya vale la pena.

d) Paradas gastronómicas voluntarias: en el hotel se come (y se cena) muy bien a precios asequibles, y en el bar de la rotonda hacen unos muy buenos bocatas para almorzar (eso sí, hay que esperar a que abran la panadería de enfrente). Y, para echar alguna cerveza (esto sí que es obligatorio, permitidme insistir en ello), id a La Bodega. Se pasa por la puerta a poco que se dé una vuelta por el pueblo, y se reconoce en seguida porque es la que tiene los periódicos y las revistas en la calle, y que a veces hay que recoger para que no los pise alguna ocasional furgoneta o pequeño camión que pase por la calle (porque pasan). Bueno, también se reconoce por el cartel de encima de la puerta, pero es menos romántico.
Un matrimonio mayor lleva la pequeña barra de este bar/tienda/kiosko y, a poco de coba que les deis, os podrán contar muchas historias. Hay que decirles también que os enseñen la bodega, abajo. Y que os hablen de ella, que les encanta. No habréis echado el rato (ni las cervezas) en vano.
Ah, y que no se os olvide en esta visita a Castellote parar cuenta de los montes de vez en cuando. No sería de extrañar que vierais alguna que otra cabra hispánica, tan habituadas ya a los humanos que están como locas por dejarse fotografiar.