jueves, 22 de septiembre de 2011

Las Ventas de Muniesa (Cuencas Mineras)

El tren
Yo no llegué a ver el tren. Lógico, pues el ferrocarril que llevaba el carbón desde Utrillas a Zaragoza hizo su último trayecto el 15 de enero de 1966, tras 62 años de funcionamiento. Sí que llegué a ver toda la infraestructura que este tren dejó en Utrillas durante muchos años, formando parte del paisaje urbano mis primeros años de escuela: puentes, vías, traviesas, túneles...
Cuando el autobús iba a Zaragoza por la carretera vieja, la que pasaba por Vivel y Segura, una forma de entretenerse durante el largo trayecto era ir viendo (adivinando, en algunas ocasiones) por dónde iba la vieja línea de ferrocarril, pues ambos trayectos corrían parejos.
Que pasara por muchos pueblos era normal, pero de todos los sitios por donde discurría siempre me llamó más la atención su paso por Las Ventas de Muniesa.
Lo conocí un poco decrépito, casi en fase de abandono, cuando empezaron mis desplazamientos a Zaragoza. Pero siempre estaba ahí: un lugar solitario entre gigantescos campos de cereal, un lugar que debió servir de abastecimiento de algo al ferrocarril y a quien en él iba. Una "venta", vamos. Al estilo de las del Quijote, pero en el siglo XX. O al menos eso me imaginaba.
Pasó el tiempo, una carretera nueva con un trazado nuevo sustituyó a la anterior, dejando de verse gran parte del trazado de las vías, pero siguió pasando por Las Ventas de Muniesa. Y un día me percaté de estaban arreglando (o habían arreglado ya) los pocos edificios que había.
Y yo siempre que veo estas cosas me alegro, porque una vieja y decrépita Venta se ha convertido en una parte del paisaje, en unos edificios en pie, en una nueva Venta.

A Anselmo, por la genial idea de llevarnos un día de excursión por el último tramo del ferrocarril, por la zona de Belchite. Y por preguntarse también: ¿Por qué no se hace aquí una Vía Verde?. Tiene una longitud adecuada, está el trazado, y están los apeaderos en pie. Sólo faltaría la voluntad. Y el dinero, claro.


lunes, 19 de septiembre de 2011

Rodenas (Sierra de Albarracín)

Planeta Rojo
¡Cuánta razón tenía el filósofo cuando dijo que hay más cosas que desconocemos de las que sabemos, y cuando dijo que nunca había que dar nada por supuesto!.
Hasta hace no mucho creía que el pino rodeno era una especie de la familia de los pinos, como el pino negro o el pino royo. O como el estornino culebrero o el fardacho saltamontero, si es que existe. Y, mira por dónde, parece ser que no, sino que es más o menos el pino de toda la vida pero que crece en un lugar un tanto especial: lo que se conoce como "piedra rodena", y que geológicamente es un terreno arenisco de color rojizo, del triásico inferior, y técnicamente se denomina "butsandstein". Ahí queda eso.
Lo empecé a sospechar cuando en nuestro camino apareció un cartel anunciando un pueblo: Rodenas.
Rodenas es la puerta de entrada a la Sierra de Albarracín (una de ellas), comunicando ésta con el valle del Jiloca, y sirviendo en tiempos de frontera entre reinos moros y cristianos.
Es un pueblo rojo, como el entorno, en el que las casas parecen surgir por sí mismas de la propia tierra roja, tierra rodena.
Un tranquilo paseo por el pueblo nos descubre rincones curiosos y dinteles misteriosos, como el que tiene la fecha "MCMU". Una señora nos augura que hoy va a hacer un buen día; un hombre nos muestra orgulloso el abrevadero arreglado hace ya tiempo, y nos comenta que a ver cómo se presentaba el verano, porque este invierno había llovido más bien poco. Otro me dice que el bar no abrirá hasta dentro de un rato... y es una lástima, porque hace muy buena pinta: grande, terraza en parque y a la sombra, un cartel anunciando que hacen brasa... pero, en fin, si no son horas, no son horas.
Nuestros pasos nos llevan también a una enorme plaza con una mastodóntica iglesia (roja) en comparación con el resto de las casas del pueblo, y con virgen en pórtico incluida. Parece ser que desde aquí debería verse el castillo de Arrodenes, una fortificación andalusí del siglo X, cuando Rodenas era el límite occidental de la taifa de Albarracín. Pero no está nada claro. Tal vez si en el siglo XIV Pedro III no lo hubiera derruido piedra por piedra...
Así que, ya véis, en estos pueblos casi olvidados del Teruel profundo siempre aparecerá uno, como por arte de magia, como Rodenas, que además de por su curiosa belleza también destaca por su historia, por su geología... y por su literatura.
Y es que Rodenas aparece en una de las cantigas de Alfonso X el Sabio (Alfonso Equis para los amigos), contando la historia de una señora que se cayó desde una roca y no le pasó nada gracias a la intercesión de Santa María. Es la cantiga 191 y no la voy a reproducir aquí, pero sí os dejo el enlace donde poder leer la original y la currada traducción de Elvira Fidalgo y Xavier Cid: http://www.rodenas.info/cantiga.html.
Cuando salimos de Rodenas, con el excelente sabor de boca que nos había dejado, no sospechábamos que este pueblo todavía nos tenía preparado un dulce postre. Y así, a los cinco minutos, tuvimos que parar junto a las grandes extensiones de cereal pues, al otro lado, esta tierra rodena había modelado en pequeños montículos unas imposibles formas rojas que sólo la imaginación de cada uno puede desvelar.
Un gran broche de oro a una tibia mañana de febrero.

Nota: Y, por favor, que alguien le dé un par de collejas al que instaló la sirena de alarma en la oreja de la Virgen. Será que no había fachada...



lunes, 12 de septiembre de 2011

Formiche Bajo (Gúdar - Javalambre)

Mirador del Mijares
Como no hay altos sin bajos, ahora le toca el turno a Formiche Bajo, pedanía del alto y situado también en el valle del Mijares.
Perdido de la mano de Dios, y pese a ser un pueblo muy pequeño, resulta muy curioso que, además, esté dividido en dos barrios perfectamente diferenciados: el barrio bajo, más antiguo y más bonito, en el que debió existir en tiempos un castillo, y por el que merece la pena darse una vuelta (una vuelta corta porque no puede ser de otra manera); y el barrio alto, más nuevo, y por el que se accede al otro.
Pero lo más espectacular, sin duda, es el mirador que hay en la ermita de San Cristóbal, más alto que el barrio alto, y desde donde se contempla el valle del Mijares en toda su plenitud. Imposible no sentarse a que te dé el aire y fumarte un cigarro oyendo nada.

martes, 30 de agosto de 2011

Villar del Salz (Jiloca)

El Ayuntamiento más estrecho de Teruel
Villar del Salz nos recibe con un tiroteo en toda regla, gritos, ruido de helicópteros y numerosas explosiones en un día claro de febrero. No es para menos; el bar está abierto y, con la tele a todo volumen, a buen seguro hay alguien viendo una película de acción a esas horas.
Dejamos el coche en la plaza y ya, imposible no verlo, aparece ante nosotros el ayuntamiento más estrecho de la provincia de Teruel, que con sus cuatro plantas de altura resulta una construcción larga, estrecha, alta y, cuando menos, curiosa, toda ella en piedra roya, como casi todo el resto del pueblo, por el que damos algo de vuelta.
Una señora que está barriendo la calle (típico en los pueblos aragoneses) nos augura un día de calor a pesar de las fechas en las que estamos, y continuamos viaje en dirección al límite de las comarcas del Jiloca y la Sierra de Albaarracín con la provincia de Guadalajara, dejando que en Villar del Salz acaben con los malos antes de la hora del vermú.

A Miguel Mena, que justo me hizo la entrevista por la radio preguntándome por el ayuntamiento más estrecho de Teruel el día que estábamos en Villar del Salz.



martes, 2 de agosto de 2011

La Cerollera (Bajo Aragón)

Aquí huele a pino
Hace bastante tiempo un buen amigo me preguntó, sobre una zona más o menos concreta del Bajo Aragón, en qué pueblo mirar de comprar una casa para retirarse del mundanal ruido. Casi sin dudar, por la zona que me indicó, le dije que en La Cerollera.
Por motivos tanto de trabajo como de ocio he tenido la suerte de estar muchas veces en La Cerollera. Y me encanta. Es uno de esos pueblos, pequeños, pero que tiene de todo: un casco urbano muy bien arreglado, conjugando la historia con los tiempos modernos de una forma armoniosa, hay bar (fundamental), tienda, piscinas, buena gente (de la que te da los buenos días, te conozca o no, en vez de girarte la cara o mirarte como a un extraño con un rictus de "a qué habrá venido éste"), un entorno natural envidiable, con pistas y caminos para descubrirlo, un parking para evitar en la medida de lo posible que los coches circulen por las calles, un parquecico con un sitio para hacer brasas y mesas donde comerse las costillas, agua... en fin, todo bien.
Además de la gente, que para mí es lo más importante de un sitio (sea cual sea), en La Cerollera hay una gran cantidad de patrimonio histórico disperso por sus calles, en forma de detalles que hay que ir descubriendo poco a poco: claves en arcos de puertas de hace tres o cuatro siglos, dinteles labrados cuidadosamente, piedras huecas que en su momento tendrían la misión de almacenar agua, pasajes bajo cubierta para comunicar calles... y una impresionante fachada de iglesia. De esas de quedarte un rato mirando.
Para los que, como yo, gusten de dar paseos cortos, La Cerollera ofrece una red de pistas transitables y senderos que nos llevan a descubrir sitios insospechados, tanto por su ubicación como por lo que le rodea. Así, de repronto, os sugiero dos para cuando vayáis a pasar aquí un fin de semana (de primavera, a ser posible):

-Uno, a través de una pista transitable con vehículo, nos lleva entre pinos hasta un campamento guerrillero recientemente recuperado. El camino se hace despacio, aparte de porque es pista, porque las ventanillas bajadas hacen que el olor a pino se te meta por las narices, porque yendo despacio nos va a permitir fijarnos en cosas semiocultas, como un gigantesco azud o privilegiadas masías hoy día abandonadas, y porque sí, porque yendo despacio se disfruta más. Dejando el coche en el lugar indicado, comienza una pequeña ascensión por una senda que recorre todo el campamento de la guerrilla y que culmina en un mirador desde el que se aprecia toda la densidad de esta zona de pinos. Aquí, hay que respirar hondo y olvidar las prisas por volver. Además, se puede continuar andando un trozo más por una senda marcada, que no señalizada, y que a buen seguro ya pisaron pies cautos y silenciosos tras la guerra civil. Y por si queréis saber más sobre este tema, en el pueblo hay un pequeño centro de visitantes que explica cómo fue todo esto de la guerrilla en La Cerollera. Está en el antiguo horno, aunque a poco que preguntéis os dirán cómo llegar.

-El otro, oficialmente denominado "Ruta de las fuentes", y señalizado como PR, es una vuelta circular para hacer andando, de una duración de algo menos de dos horas yendo con una niña de tres años. El camino mezcla pista y sendero, y aunque el punto fuerte parezca que son las fuentes, lo realmente bonito es el andar entre una vegetación, principalmente pinos, que parece estar arropándote todo el rato, y que de vez en cuando se abre para ofrecerte amplias vistas del territorio. Este agradable paseo, en el que también se pueden ver masías hoy ya despobladas, acaba en un interesante lavadero que casi tapa una antigua fuente con un grabado que parece ser de época gótica. Aquí podremos refrescarnos antes de volver al pueblo... a ser posible, a echar una cerveza, que bien nos la habremos ganado.

En fin, que unos días aquí serán unos días bien aprovechados, y volveréis a donde quiera que hayáis venido, relajados y con la sensación de que os ha cundido el tiempo.
Ya para terminar, y como he hecho otras veces, voy a añadir una nota histórico-botánica-gastronómica. El nombre del pueblo viene de un árbol, el acerollo, que al parecer había bastantes por la zona y ahora ya no. El acerollo es un árbol caducifolio que puede superar los 15 m.; sus flores aparecen en mayo y dan como resultado un fruto en forma de pequeñas bolas que, cuando están maduras, adoptan un color pardo-rojizo, más bien tirando a marrón caguerilla, y que gastronómicamente tienen una peculiaridad muy interesante: o te gusta o no. Sin términos medios.
Conozco bastante este árbol porque en Utrillas, de crío, por la era del Tío Jorge había unos cuantos acerollos y, con la abuela, recogíamos las acerollas maduras y, las que no nos comíamos en el momento, las guardábamos y las dejábamos secar un poco. Luego, partíamos el fruto por la mitad y, con una aguja enhebrada en hilo, las "cosíamos" para hacer collares en los que las acerollas acababan de secarse. Y, cuando estaban secas, nos poníamos esos collares y ya teníamos la merienda casi a la altura de la boca.
¡Qué tiempos, Roque, qué tiempos! Me voy a la cama a rezar por las acerollas.