lunes, 16 de junio de 2014

Bronchales (Sierra de Albarracín)

Organizando un fin de semana
Permitidme, en esta ocasión, hacer un poco de cicerone pues la propuesta es pasar un fin de semana tranquilo pero ocupado, en contacto con la naturaleza pero en un núcleo urbano con servicios y, como siempre, en nuestra querida provincia de Teruel, esa gran desconocida (aunque cada vez menos, afortunadamente).
Así que vayámonos a Bronchales, un pequeño pueblo de la Sierra de Albarracín, en pleno Sistema Ibérico, a 1.569 m. sobre el nivel del mar (llevaos algo de abrigo, aunque sea verano) y en medio de uno de los pinares más densos y más bonitos de la península ibérica. Vamos allá.

Viernes tarde/noche: Llegada
En Bronchales hay unas cuantas casas de turismo rural, un hotel y un hostal (al menos). Nosotros estuvimos en el hostal Isabel: trato familiar, comida casera, unas habitaciones normales (total, para dormir y ducharte…), bar en la parte de abajo, y precio muy asequible.
Si llegáis por la tarde-noche, y más en uno de esos días cortos en los que se hace de noche enseguida, no haréis ya gran cosa: aposentaros, dar una vuelta por el pueblo (tranquilos, hay bares), cenar y poco más.
Si, por el contrario, lleváis pensado llegar a primera hora de la tarde, antes de entrar a Bronchales veréis un desvío a mano derecha que os lleva, por una pista accesible para todo tipo de ven´culos, a un singular paraje repleto de celadas, como las llaman por estos lares. Estas "celadas" o "dolinas" (como se denominan en otros sitios) son unos hundimientos de tierra que acaban convirtiéndose, como es el caso, en unos enormes agujeros en el terreno. Podemos adentrarnos, como digo, un buen tramo en el vehículo; luego, es simplemente pasear por entre este curioso fenómeno geológico. Hay que verlo.

Sábado: Excursión y turismo local
El sábado no hay que madrugar. Con levantarse para estar a las 9 o así desayunando, basta. Porque la actividad principal va a ser una excursión a Sierra Alta, uno de los montes más emblemáticos de la zona y buen mirador del entorno.
La mochila se hace pronto: algo de abrigo (a estas altitudes, aunque sea verano no te puedes fiar), algo para picar y/o un bocadillo y algo de agua, aunque en este último caso con llevarse el envase vale, pues en los alrededores de Bronchales hay más de cuarenta fuentes (todas con un buen chorro), y pasaremos por más de cinco.
A la cima de Sierra Alta casi se puede llegar en coche. Ni se os pase por la cabeza esta opción, o echaréis a perder el fin de semana. Hoy el coche queda aparcado para todo el día.
El camino a Sierra Alta arranca desde la parte más alta del pueblo, al lado de la carretera, indicado por un cartel y junto a la fuente del Chorrillo. El sendero, de itinerario circular, está balizado como PR-TE-131 y, aunque poco marcado en algunos tramos, el camino es fácil de seguir si estamos atentos. 
Remontamos el barranco de la Rambla Cavera, pasando por la fuente del Pilar y otra más (¡como para acordarse del nombre de todas!), y al cabo de un rato llegamos al paraje de Las Corralizas, siempre entre pinares. Este curioso prado nos va a permitir tener unas primeras vistas del terreno si hacemos un poco el cabra por entre las blancas rocas que lo delimitan en parte. Este primer tramo es todo verde, todo naturaleza, y si ha llovido hace poco da gusto ver el agua manando a todas caras. Además, la gente que sea aficionada a las setas tendrá un aliciente añadido, pues Bronchales es bien conocido por su excelencia micológica.
Desde Las Corralizas, cruzamos la carretera que va a la Fuente del Canto y a Orihuela y cogemos la pista (o seguimos paralelos a ella, por entre los pinos) que, en suave subida, acaba en unos paneles indicadores que marcan dirección a Fombuena.
Nosotros tiraremos aún un poco más, repecho arriba, hasta llegar a la cima, donde un ajado cartel nos indica que hemos llegado a nuestro destino: la despejada cumbre de Sierra Alta, a 1.856 m. de altitud. Ya sólo nos queda mirar alrededor, admirar la frondosa carraca con el buzón correspondiente y el no menos intrigante árbol seco cercano, sentarnos a picar algo y respirar aire puro el rato que haga falta. Bueno, y si se tercia, echar un cigarro.
Cuando decidamos empezar a volver, descenderemos el último repecho subido, de nuevo hasta el cartel indicador que ya vimos a la subida y, en vez de tirar por la pista de la que vinimos, iremos por el sendero de la derecha, hacia la Fombuena.
Si el sendero de subida era agradable y llevadero, éste lo es más; incluso más bonito. Y, además, ya es todo cuesta abajo. Eso sí, prestad atención a las marcas del camino pues en algunos puntos del denso pinar no es fácil localizarlas.
Este camino de vuelta nos lleva por más fuentes, más pinos, campo abierto… y nos introduce de nuevo en Bronchales por la puerta de atrás, donde se está levantando una urbanización. A falta de una cerveza fresca y una ducha, ya hemos completado la excursión de hoy.
El resto del día, hasta la hora de cenar, lo echaremos dando una vuelta por el pueblo. Podemos comenzar acercándonos hasta el merendero que hay al principio de la rambla, con su río y su fuente de aguas ferruginosas, de esas que echas un trago, pones cara de desagrado, y luego repites. Desde aquí, una senda nos lleva en fuerte subida hasta la parte más alta del pueblo, y bajando hacia la plaza siempre podemos hacer un alto en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI, con sus esquinas levantadas con ladrillos rojizos, color que se acentúa al atardecer, cuando los últimos rayos de sol dan directamente sobre la fachada principal.
También podemos visitar la ermita, pero a la cita que no podemos faltar de ninguna de las maneras (y esto hay que apuntarlo bien, y remarcarlo) es a hacerle una visita a Paco, en su nave de Jamones Bronchales. Maja persona, le podéis pedir que os enseñe cómo curamos los jamones en Teruel, según el método tradicional, y que os haga una demostración del proceso si no va muy liado. Los jamones más exquisitos de Aragón que he probado han salido de aquí. Y espero seguir catándolos muchos años más.

Domingo: Turismo de alrededores
Para el último día del fin de semana, algo tranquilo: una pequeña ruta circular en coche rodeando los pinares de Bronchales. Se trata de ver únicamente dos pueblos: Noguera de Albarracín y Orihuela del Tremedal.
En el primero, pequeño, no podremos evitar "jugar" a adivinar fechas y días de la semana fijándonos en el Almanaque de San Román que adorna la fachada principal de su iglesia. No es fácil.
Orihuela del Tremedal es más grande, y aquí sí que podréis echar un buen rato paseando por sus empinadas calles, viendo "la reja más bonita de la Sierra de Albarracín" y, subiendo a la ermita, parar a echar fotos a los ríos de piedras. La ermita del Tremedal es un excelente mirador a la par que un encantador entorno natural.

Pues con esto ya hemos completado un fin de semana diferente: natural, cultural y gastronómico. Ya sólo queda volver a casa con esa sonrisa que se queda en la cara cuando has disfrutado de algo. ¡Buen regreso!.


A Carlos B., que creo que era esto lo que me pidió.






lunes, 12 de mayo de 2014

Huesa del Común (Cuencas MIneras)

Recuperándose poco a poco

Entonçes se mudo el Cid | al puerto de Alucat,
dent corre mio Çid | a Huesa e a Mont Alvan;
en aquessa corrida | .x. dias ovieron a morar.

Así reza uno de los fragmentos del Cantar de Mio Cid, recordando aquellos tiempos de reconquistas en los que Rodrigo Díaz de Vivar campaba por estas tierras, ya luchando contra el moro, ya desafiando a reyes cristianos. Y es que Huesa jugó un importante papel en la historia del Reino de Aragón (no todo el mérito iba a ser oscense), pues llegó a integrar diez pueblos bajo lo que se conoció como "El Común de Huesa". Más tarde, Ossa (que era el nombre antiguo de la localidad) y su Común se integraron en la Comunidad de Aldeas de Daroca, formando todo este territorio la Sesma de Honor de Huesa.
He parado varias veces estos últimos años en Huesa del Común, y tengo que decir que cada vez veía mejor el pueblo. La primera vez, una vieja carretera flanqueada por un cansado cartel anunciando e pueblo, y por unos desordenados contenedores de basura y un par de casas abandonadas, me dio la sensación de que éste iba a ser otro pueblo al que le quedaba poco. Pero un breve paseo por sus calles me descubrió que aún conservaba un cierto aroma medieval y, como contrapunto moderno, hacía poco que habían arreglado un local que ya era bar y que en breve llevaban idea de dar comidas también. Había una pequeña chispa que quería comenzar a arder.
Otra de las veces íbamos a hacer una excursión que salía de una arreglada zona de recreo, con puente medieval. Aunque el día era claro, la ventolera y lo poco señalizado del  camino nos hicieron abortar la misión al cabo de un rato de caminar; pero a cambio descubrimos que acababan de acondicionar una vía ferrata que, por una ladera caliza, acababa en el castillo. Mis compañeros se animaron a subir; los que tenemos algo de vértigo preferimos dar un rodeo y subir al castillo por el camino normal. Construido en los siglos XII y XIII, el castillo de Peña Flor fue una muy importante pieza en el juego de las reconquistas que hemos comentado. Al final, este castillo se lo cargaron en el siglo XIX con tanta guerra: la de la Independencia, las carlistas... también la modernidad descubrió el castillo, y algún gracioso ya había hecho en sus sólidas paredes las correspondientes inoportunas pintadas con spray. Desde ahí arriba aún parecía discernirse algo de su pasado amurallado y, desde abajo, la iglesia barroca de San Miguel (s. XVII) seguía en pie (y con trazas de aguantar aún muchos más años), alguna casa comenzaba a arreglarse, y comimos e el bar.
Una visita posterior a este pueblo al lado del Aguasvivas confirmó su recuperación: las casonas solariegas del s. XVI, ayuntamiento incluido, se estaban restaurando; habían abierto vías de escalada y ferratas, colocando a Huesa del Común en el mapa de las zonas de escalada del Sistema Ibérico, y hasta el cansado cartel anunciando el nombre del pueblo parecía lucir más orgulloso. Que así sea.




miércoles, 9 de abril de 2014

Alacón (Andorra - Sierra de Arcos)

El barranco del Mortero
Pues dicho y hecho. Aprovechando el miércoles de la cincomarzada en Zaragoza, nos llevamos a dos de los tres sobrinos de excursión. Al barranco del Mortero, que ya lo habíamos dejado en "cosas pendientes".
Una buena previsión, a la larga más que acertada, hizo que comenzáramos la excursión desde la cabeza del barranco, espectacular por sus pinturas (que sólo César decía ver), sus cuevas, el lugar que, en tiempos de lluvias, debía desplomar una hermosa cascada y, en fin... por la belleza misma del rincón en sí.
Desde aquí, la excursión se convierte en un agradable paseo de suave bajada. Poco marcado, el camino no necesita nada pues el propio barranco te va guiando, paso a paso, por las trazas del sendero que discurre parejo al riachuelillo que se debe formar en días de tormenta fuerte.
El barranco es un escenario natural para abrir la imaginación; igual puedes estar en una película del oeste que, expectante, esperar que un animal prehistórico salga de alguna cueva. El entorno es fantástico.
Poco a poco, el barranco del Mortero se va abriendo; las miradas hacia arriba cada vez son menos y el camino pedregoso cada vez es más ancho. Hemos visto todo tipo de rocas, buitres y otros pájaros, César ha visto un fósil, Elena se ha manchado con una oliva madura, y todos nos hemos frotado las manos con las matas de romero que tanto abundan. Toda una experiencia para unos niños que, en la ciudad, pocas o ninguna de estas cosas tienen ocasión de conocer de primera mano.
El regreso nos vuelve a meter en la garganta del barranco; la airera no cesa y cuesta encontrar un lugar recogido donde dar buena cuenta de la comida, pues la excursión nos ha abierto el apetito a todos. Encontrado el lugar, y dando buena cuenta de la tortilla y los embutidos, ya sólo queda subir de nuevo la empinada cuesta que bajamos al llegar. Arriba el viento es aún más fuerte, así que da juego para que los críos y los no tan críos enreden un rato más antes de volver a meternos en el coche.
La siguiente parada es en Lécera, en el bar de la gasolinera, a tomarnos una cocacola, unas fantas y una jarra de cerveza. Que todos nos lo hemos ganado, qué caramba.




miércoles, 2 de abril de 2014

La Puebla de Híjar (Bajo Martín)

La Vía Verde
Fugaz la visita a La Puebla de Híjar, donde un poco de cabezonería nos llevó al Barrio de La Estación, al lugar donde el día 23 de octubre de 1882 el rey Alfonso XII colocó la primera piedra de la vía ferroviaria de Val de Zafán, que comunicaría la localidad con Tortosa y el mar. Hasta 1973, convirtió el pueblo en uno de los más prósperos del Bajo Aragón histórico.
Ahora queda la monumental estación y alguna vieja máquina arreglada para hacer de monumento/recuerdo de tiempos mejores y pasados. La tardía hora del día de invierno que fuimos, junto con las grises nubes que amenazaban tormenta, daban al conjunto un aire triste, casi decadente, pero con una chispa de nostalgia que parece saltar cuando te imaginas semejante edificio mirando hacia el este. Hacia el mar.
Ahora La Puebla de Híjar son tres núcleos: el Barrio de la Estación, la Venta del Barro (el polígono, donde se almuerza estupendamente) y, sobre la colina, vigilante, el núcleo urbano.





domingo, 9 de marzo de 2014

Alacón (Andorra - Sierra de Arcos)

Cuevas de hospitalidad
Tras conocer Blesa y su entorno, como aún era pronto para regresar a casa decidimos, en uno de esos días "colgados", tomar la carretera que sale entre Lécera y Muniesa en dirección a Alacón, a ver qué había por ahí. Era una de esas horas jaulas, concretamente la de después de comer, y la llana y solitaria carretera traía consigo algo de modorra. Así que, en una campa que vimos con maderas y lo que parecían unos carteles, decidimos parar y tomar un poco el aire para despejarnos (que, por cierto, soplaba bien ese día).
Esta vez, nuestro sorprendente Teruel rompió con el llano por el que veníamos, ofreciéndonos bajo los pies un impresionante cañón, profundo, largo y estrecho. Y abrigo de varias pinturas rupestres, a las que nos acercamos, y en la que nuestros inexpertos ojos no distinguieron nada a pesar de tener delante un esquema con la localización de los dibujos. El resto del barranco, a tareas pendientes.
Luego, lógicamente, nos acercamos al pueblo, curiosamente distribuido sobre una pequeña montaña: cara sur, el casco urbano; cara norte, agujeros que horadan los cimientos del casco urbano en forma de casas/bodegas. Una pequeña Tierra Media con calles/sendas que unen estas viviendas, unas mejor cuidadas que otras, pero todas con trazas de sitios donde pasar un agradable rato. De hecho, en más de una ya se habían reunido grupos de gente que, con brasa, vino y buena conversación, no iban a necesitar nada más durante un buen rato.
Subimos por un lado y bajamos por otro, con parada en el alto, donde la plaza de la iglesia hace de excelente mirador.,
Ya nos íbamos a volver cuando un sistema automatizado de riego en un huerto me llamó la atención (ya veis, en lo que nos entretenemos algunos). Y mirando el susodicho huerto estábamos cuando apareció el dueño, un vecino no muy mayor con el que enseguida cogimos capazo. Él nos contó su vida, nosotros parte de la nuestra… él se ofreció a enseñarnos su bodega y a probar el vino ("la más bonita de todas, seguro que os habéis tenido que fijar cuando habéis pasado" -añadió), nosotros tuvimos que declinar su amable invitación, más que nada porque estas cosas se sabe cómo empiezan pero no cómo ni cuándo acaban, y teníamos que volver a la capital.
Como, por lo visto, no nos podíamos ir de vacío, el hombre aún nos dio una generosa bolsa de almendras ("este año han salido más pequeñas, pero están muy buenas"). Y con las almendras nos despedimos, paramos un momento a ver la balsa empedrada de la ermita de San Miguel, del siglo XVII, y ya cogimos rumbo a casa.
Las almendras, efectivamente, estaban bien buenas. Muchismas gracias, de nuevo.