martes, 30 de agosto de 2011

Villar del Salz (Jiloca)

El Ayuntamiento más estrecho de Teruel
Villar del Salz nos recibe con un tiroteo en toda regla, gritos, ruido de helicópteros y numerosas explosiones en un día claro de febrero. No es para menos; el bar está abierto y, con la tele a todo volumen, a buen seguro hay alguien viendo una película de acción a esas horas.
Dejamos el coche en la plaza y ya, imposible no verlo, aparece ante nosotros el ayuntamiento más estrecho de la provincia de Teruel, que con sus cuatro plantas de altura resulta una construcción larga, estrecha, alta y, cuando menos, curiosa, toda ella en piedra roya, como casi todo el resto del pueblo, por el que damos algo de vuelta.
Una señora que está barriendo la calle (típico en los pueblos aragoneses) nos augura un día de calor a pesar de las fechas en las que estamos, y continuamos viaje en dirección al límite de las comarcas del Jiloca y la Sierra de Albaarracín con la provincia de Guadalajara, dejando que en Villar del Salz acaben con los malos antes de la hora del vermú.

A Miguel Mena, que justo me hizo la entrevista por la radio preguntándome por el ayuntamiento más estrecho de Teruel el día que estábamos en Villar del Salz.



martes, 2 de agosto de 2011

La Cerollera (Bajo Aragón)

Aquí huele a pino
Hace bastante tiempo un buen amigo me preguntó, sobre una zona más o menos concreta del Bajo Aragón, en qué pueblo mirar de comprar una casa para retirarse del mundanal ruido. Casi sin dudar, por la zona que me indicó, le dije que en La Cerollera.
Por motivos tanto de trabajo como de ocio he tenido la suerte de estar muchas veces en La Cerollera. Y me encanta. Es uno de esos pueblos, pequeños, pero que tiene de todo: un casco urbano muy bien arreglado, conjugando la historia con los tiempos modernos de una forma armoniosa, hay bar (fundamental), tienda, piscinas, buena gente (de la que te da los buenos días, te conozca o no, en vez de girarte la cara o mirarte como a un extraño con un rictus de "a qué habrá venido éste"), un entorno natural envidiable, con pistas y caminos para descubrirlo, un parking para evitar en la medida de lo posible que los coches circulen por las calles, un parquecico con un sitio para hacer brasas y mesas donde comerse las costillas, agua... en fin, todo bien.
Además de la gente, que para mí es lo más importante de un sitio (sea cual sea), en La Cerollera hay una gran cantidad de patrimonio histórico disperso por sus calles, en forma de detalles que hay que ir descubriendo poco a poco: claves en arcos de puertas de hace tres o cuatro siglos, dinteles labrados cuidadosamente, piedras huecas que en su momento tendrían la misión de almacenar agua, pasajes bajo cubierta para comunicar calles... y una impresionante fachada de iglesia. De esas de quedarte un rato mirando.
Para los que, como yo, gusten de dar paseos cortos, La Cerollera ofrece una red de pistas transitables y senderos que nos llevan a descubrir sitios insospechados, tanto por su ubicación como por lo que le rodea. Así, de repronto, os sugiero dos para cuando vayáis a pasar aquí un fin de semana (de primavera, a ser posible):

-Uno, a través de una pista transitable con vehículo, nos lleva entre pinos hasta un campamento guerrillero recientemente recuperado. El camino se hace despacio, aparte de porque es pista, porque las ventanillas bajadas hacen que el olor a pino se te meta por las narices, porque yendo despacio nos va a permitir fijarnos en cosas semiocultas, como un gigantesco azud o privilegiadas masías hoy día abandonadas, y porque sí, porque yendo despacio se disfruta más. Dejando el coche en el lugar indicado, comienza una pequeña ascensión por una senda que recorre todo el campamento de la guerrilla y que culmina en un mirador desde el que se aprecia toda la densidad de esta zona de pinos. Aquí, hay que respirar hondo y olvidar las prisas por volver. Además, se puede continuar andando un trozo más por una senda marcada, que no señalizada, y que a buen seguro ya pisaron pies cautos y silenciosos tras la guerra civil. Y por si queréis saber más sobre este tema, en el pueblo hay un pequeño centro de visitantes que explica cómo fue todo esto de la guerrilla en La Cerollera. Está en el antiguo horno, aunque a poco que preguntéis os dirán cómo llegar.

-El otro, oficialmente denominado "Ruta de las fuentes", y señalizado como PR, es una vuelta circular para hacer andando, de una duración de algo menos de dos horas yendo con una niña de tres años. El camino mezcla pista y sendero, y aunque el punto fuerte parezca que son las fuentes, lo realmente bonito es el andar entre una vegetación, principalmente pinos, que parece estar arropándote todo el rato, y que de vez en cuando se abre para ofrecerte amplias vistas del territorio. Este agradable paseo, en el que también se pueden ver masías hoy ya despobladas, acaba en un interesante lavadero que casi tapa una antigua fuente con un grabado que parece ser de época gótica. Aquí podremos refrescarnos antes de volver al pueblo... a ser posible, a echar una cerveza, que bien nos la habremos ganado.

En fin, que unos días aquí serán unos días bien aprovechados, y volveréis a donde quiera que hayáis venido, relajados y con la sensación de que os ha cundido el tiempo.
Ya para terminar, y como he hecho otras veces, voy a añadir una nota histórico-botánica-gastronómica. El nombre del pueblo viene de un árbol, el acerollo, que al parecer había bastantes por la zona y ahora ya no. El acerollo es un árbol caducifolio que puede superar los 15 m.; sus flores aparecen en mayo y dan como resultado un fruto en forma de pequeñas bolas que, cuando están maduras, adoptan un color pardo-rojizo, más bien tirando a marrón caguerilla, y que gastronómicamente tienen una peculiaridad muy interesante: o te gusta o no. Sin términos medios.
Conozco bastante este árbol porque en Utrillas, de crío, por la era del Tío Jorge había unos cuantos acerollos y, con la abuela, recogíamos las acerollas maduras y, las que no nos comíamos en el momento, las guardábamos y las dejábamos secar un poco. Luego, partíamos el fruto por la mitad y, con una aguja enhebrada en hilo, las "cosíamos" para hacer collares en los que las acerollas acababan de secarse. Y, cuando estaban secas, nos poníamos esos collares y ya teníamos la merienda casi a la altura de la boca.
¡Qué tiempos, Roque, qué tiempos! Me voy a la cama a rezar por las acerollas.


martes, 19 de julio de 2011

Jarque de la Val (Cuencas Mineras)

Cosas curiosas
No quería haber escrito sobre Jarque hasta haberme pasado por allí otra vez por lo menos, pero una serie de casualidades casuales han hecho que me decida a hacerlo ahora.
Situado en llanura al sur de San Just, las casas de Jarque de la Val rodean una pequeña colina, en cuya parte alta está la iglesia y el ayuntamiento, y a donde se llega tras subir una empinada costera (al menos por el lado que subí yo).
El hecho que ha desembocado en que aparezca esta historia ahora ha sido que hace poco, buscando no sé qué en Internet (por trabajo, lo aseguro) me apareció una cosa curiosa sobre Jarque, cosa que me llevó a otra cosa, y cosas que ahora escribo porque, además de curiosas, me parecen interesantes:

  • Primero: Durante el reinado de los Reyes Católicos el pueblo se llamó Ejarque, y así hasta el siglo XVIII, que pasó a llamarse Jarque. Luego, como en otros pueblos, bien para no confundirlo o bien porque el nombre pareciera corto, desde 1916 se llama Jarque de la Val.
  • Segundo: A principios del siglo XX Jarque de la Val fue el primer pueblo de España que no tuvo analfabetos (ahí queda eso).
  • Tercero: Aunque las casas del casco urbano rodean la colina, hacia el Este parecen extenderse más; a este barrio lo llaman "el del Gallo", ya que es por donde sale el sol y, por tanto, los gallos de aquí eran los primeros en cantar.
  • Cuarto: Por contra, el extremo opuesto al barrio del "Gallo" es el barrio de la "Zorra" pues, al ser más sombrío y estar ahí la huerta, solía ser frecuentado por estos animales, que en tiempos difíciles entrarían en los corrales de las casas a buscar el sustento.
Ya para terminar, y como no sabía dónde meterla si no, aquí va una bravuconada de esas que no te dejan indiferente y sí con una sonrisa cuando te giras a ver quién la ha soltado. Fue en el bar El Serón, y uno le decía a otro: "Más vale que te dé una coz un macho que una hostia uno de Jarque".
No sé si se referían a los de este pueblo o no, pero en fin, queda dicho.


lunes, 11 de julio de 2011

Plou (Cuencas Mineras)

Anacronismos del siglo XXI
En la llanura que antaño habitaron los íberos hoy día se alza el núcleo urbano de Plou, algo resguardado por un pequeño cerro de las duras adversidades climáticas de esta zona.
Este pequeño pueblo de no más de 50 habitantes (creo) sin duda debió conocer tiempos mejores, como aquellos en los que el tren que unía Utrillas con Zaragoza tenía aquí una parada de viajeros y mercancías.
Siempre que he tenido que hacer la carretera entre Cortes y Huesa del Común he parado en Plou. Y es que, para mí, tiene un par de cosas cercanas en la distancia pero lejanas en mi imaginación, que siempre me han fascinado. Por un lado, su iglesia barroca, altiva pero cansada de tantos duros inviernos y cálidos veranos, y de algún que otro operario de alguna compañía eléctrica al que no le importa picar, taladrar y pasar cables por un monumento de más de tres siglos y del que, tras esta sufrida larga vida, no es de extrañar que una de las veces apuntara una señora: "Cualquier día se nos caerá encima".
Yo no lo creo. Ésta parece tener pitera para aguantar otros 300 años o más.
Por otro lado (es decir, al otro lado de la carretera) hay una fuente/lavadero que parece sacado de contexto en este entorno, y más al lado de la iglesia. Miras el lavadero y parece hecho hace cuatro días, como si le quisieran haber dado un aire modernista. Luego miras la iglesia y ahí sigue, vieja pero segura. Vuelves a mirar el lavadero y parece que lo han traído del patio interior de alguna casa romana; sólo le falta alguna ninfa nadando en sus aguas. Pasa un coche por la carretera y vuelves a mirar la iglesia, que no ha cambiado nada en estos diez minutos, y te apoyas en una de las columnes, y otra vez ves el lavadero, y posiblemente otro coche, y la iglesia luego... e intentas ordenar todo en tu cabeza. Pero no puedes, y eso es divertido.
Y, con una sonrisa, te vas de Plou, tal vez deteniendo el coche antes de perderlo de vista definitivamente, para verlo en su conjunto y en su entorno despoblado. Y, eso sí, te aseguro que las otras veces que pases, pararás. A lo mismo.



miércoles, 29 de junio de 2011

Obón (Cuencas Mineras)

In vino veritas
Perdido en lo profundo del Teruel más profundo, una interminable sucesión de curvas nos lleva hasta el pueblo de Obón, enclavado en el Parque Cultural del Río Martín.
Mi padre mencionaba a Obón algunas veces, cuando contaba que, de joven, se juntaban unos cuantos y se iban a comprar vino a Obón (un par de días o tres). El vino de Obón era el típico de aquel entonces por la zona de Lécera y Muniesa: fuerte, recio, peleón. Luego este vino ya lo traían a la bodega de Utrillas y no hacía falta ir a buscarlo (aunque alguien echaría de menos estas escapadas).
Escribir sobre el vino de Obón me trae el recuerdo de esos bocadillos de casi una barra de pan que nos merendábamos de críos: pan bien empapado de vino y un buen puñado de azúcar. No sé por qué ha desaparecido una comida tan sana de la dieta alimentaria infantil...
Así pues, no es de extrañar que en el escudo de Obón aparezca un enorme racimo de uvas (¿un "uvón", acaso?).
En la vuelta que nos dimos por el pueblo prácticamente no nos cruzamos con nadie. Eso sí, por la época que era, la vega del río Martín estaba de ese color verde sano que sólo lo dan las verduras cultivadas como es debido.
Y si alzamos la mirada podremos ver unas formaciones rocosas sobre las cuales, dicen, un enorme carnero se asoma el día de difuntos...