miércoles, 21 de marzo de 2012

Azaila (Bajo Martín)

Sedeisken
Tened cuidado cuando estéis en Azaila o, simplemente, paséis por ahí. Caprichosamente, la N-232 serpentea aquí en cerradas curvas por las que circulan autobuses, trailers y, de vez en cuando, los largos camiones articulados de Pretersa con sus megapiezas de hormigón. Encontrarse de morros con uno de estos impone, la verdad.
Azaila es un pueblo pequeño, de casas bajas, en el que sorprende la plaza principal, adornada con palmeras y una fuente, como haciendo honor a su topónimo árabe, "Zaylla" ("La plana"), posiblemente referido a la extensa llanura que se abre interminablemente en dirección a Alcañiz, y sólo rota en ocasiones por la vista de las chimeneas de la central de Andorra. Una "plana" salpicada de unas motas blancas que llegaron a representar la gran riqueza de la zona: el alabastro.
Más allá del Centro de Transformación, en el cruce con la carretera que lleva a Vinaceite o a Alcañiz, el alabastro impregna la tierra rojiza a modo de migas de pan que algún personaje de un cuento de fantasía hubiese ido dejando para señalar el camino a las lagunas. Nosotros no tuvimos suerte. Algún pájaro debió ir comiéndose las miguitas y acabamos perdidos en la telaraña de pistas, a pesar de las indicaciones que nos dieron desde el mentidero unos abuelos al sol, y del amable ofrecimiento de uno de ellos: "Si tuviera cuarenta años menos os acompañaría... si no, no sé si las encontraréis...". Bueno, pues no las encontramos.
A pesar de que Azaila parezca no dar mucho de sí, voy a proponer un plan mañanero bastante interesante. Este plan comienza con un buen almuerzo en el bar Ciudad Ibera, donde la gasolinera del cruce que tira para Belchite, y un poco antes de la empinada cuesta que sube a Azaila. Un lugar digno de aparecer en todas las "guías michelines" del noble arte de almorzar. Tras este arranque, uno ya se puede ir a tomar viento. Y lo digo literalmente, porque el yacimiento íbero de Azaila, su ojito derecho, está situado en un pequeño altiplano al lado de la localidad. Aquí arriba suele correr un aire que se las pela, y la vista al frente abarca una gran extensión, mientras por abajo discurre como puede el río Aguasvivas, normalmente con pocas aguas y casi siempre poco vivas.
El lugar que en tiempos poblaron íberos, celtas y romanos ha sido recuperado, dejando el perfecto esqueleto de sus calles y de la parte baja (en piedra) de las casas y lugares públicos que hace 2.500 años (uno arriba, uno abajo) rebosaban de vida. Pasear por él mientras el viento te da en la cara es una delicia histórica.
Este poblado se conoce como "Cabezo de Alcalá", y todo parece apuntar a que su nombre original íbero era Sedeisken, nombre que a su vez toma la fiesta que cada tercer sábado de septiembre se celebra en la localidad y en la que se intenta recrear todo ese amasijo de cultura íbera, incluida la fiesta-fiesta. Así que si no tenéis nada mejor que hacer ese día, acercarse por aquí es una buena opción.
Hasta tal punto es intrínseco a la localidad el mundo íbero que hasta en el escudo de Azaila aparece una falcata y un par de lanzas. Iberas, por supuesto.








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