miércoles, 1 de junio de 2011

Peracense (Jiloca)

Revisited
Un fin de semana jauto de febrero de este año que tenía que hacer alguna cosilla cerca de Monreal, decidimos Marta y yo darnos una vuelta por las tierras rojas de Teruel, y aprovechar para visitar de nuevo el castillo de Peracense.
Nos entretuvimos un poco por el camino ya que toda la zona invita, por sus características, a ir parando cada dos por tres a admirar el curioso paisaje. Al final, llegamos al castillo, pero ya era tarde: estaban cerrando, y ya salían los últimos visitantes de la mañana. Así que decidimos dar una vuelta por el pueblo (cosa que no habíamos hecho la otra vez) y volver por la tarde.
Las bien cuidadas casas de Peracense tienen el color rojo de las areniscas y conglomerados del Triásico que tanto abundan en esta parte de la Cordillera Ibérica, destacando la torre de la Iglesia de San Pedro, del siglo XVIII. Un tranquilo paseo por el pueblo parece verificar lo que se cuenta de que fue lugar de descanso del Cid Campeador cuando venía por aquí a dar espadazos.
A la hora de comer nos metimos en el hostal/restaurante, y ahí ya empeoró la cosa: de barra pequeña y con cuatro botellas sobre un fondo agrietado de color dudoso, el local pocas pintas tenía de servir comidas. La chica que nos atendió nos dijo que, efectivamente, no daban nada de comer, pero que podríamos hacerlo en Alba, a unos 20 km. A falta de unos tristes cacahuetes de bolsa, yo me pude beber una cerveza; Marta, nada, pues no tenían ni coca-cola, ni pepsi, ni fanta, ni ningún tipo de refresco, según nos informó la chica que llevaba el "negocio". Así que, claro, visto el panorama nos fuimos de allí no sin antes echar una última mirada a los carteles de la fachada y a la simpática placa azul con un tenedor y una "R" que había al lado de la puerta.
Quiero imaginar que la afluencia de turistas al castillo servirá, al menos, para potenciar los otros pueblos de alrededor.
Ni que decir tiene que fuimos los primeros visitantes de por la tarde. Con cuidado despertamos al señor de la garita, que estaba echando una apacible siesta (yo hubiera hecho lo mismo a esas horas), pagamos las entradas y accedimos al interior del castillo.
Es impresionante. Todo rojo, rojo. Con un inmenso patio de armas alrededor del cual se puede andar por parte de las murallas, asomarse al aljibe que guardaba el agua, localizar sus puntos de vigilancia y maravillarse ante una torre del homenaje a la que se puede acceder... Todo invita a creerse un señor feudal dando un paseo por su castillo, adaptado a la topografía del terreno, y con la mano a modo de visera contemplar desde lo alto de la torre el cerro de San Ginés, la Sierra Palomera y la depresión del Jiloca, siempre vigilante ante un posible ataque de las tropas castellanas.
Imprescindible visitar este castillo, uno de los más bellos y singulares de Aragón.
Eso sí, llevaos un bocadillo. Por si acaso.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Rodenas está a 3-4 kms. Del castillo y si hay restaurante y de paso podéis visitar el pueblo q merece la pena.

Alberto dijo...

Ya estuvimos también, ya. Precioso. De hecho, tienes otra historia de Rodenas.