miércoles, 2 de julio de 2014

Palomar de Arroyos (Cuencas Mineras)

Memoria de peces
Comenzar a escribir sobre Palomar de Arroyos es rescatar de la memoria una época lejana, un tiempo pasado en el que, con 13 o 14 años, comencé a trabajar en la pescadería de Utrillas los días de vacaciones escolares para así sacarme algo de dinero. La pescadería la llevaban unos tíos/primos, Enriqueta y Pedro (los parentescos en los pueblos no siempre coinciden con las definiciones de la Real Academia de la Lengua). Con ellos bajaba al Mercazaragoza a por pescado, repartíamos por todos los bares de la redolada, suministrábamos a las pescaderías de Montalbán, Martín del Río... y, una tarde a la semana, se cargaba el camión o la furgonetilla para ir a Palomar a vender el pescado en la plaza. Y, a veces, iba yo.
Buena época, hasta los 18 o 19 años. Se trabajaba, y duro. Madrugones, olor a pescado que no se iba ni con dos duchas, noches frías en invierno... pero todos los recuerdos que tengo son buenos: los bares, la gente, el poder pagarme mis vicios y algo más, las actividades extra-pescateras, las risas, el cocinar gambones o limpiar bonitos, el hacer coronas fúnebres o adornar coches de boda... le dábamos a todos los palos.
En fin, a lo que íbamos. Cuando me tocaba ir a Palomar solía ir con la Enriqueta o Pedro, y a veces con la Malena o la Mercedes. La carretera, a partir de Escucha, se convertía en una "mala carretera" que más tiraba a pista que a otra cosa, y en más de una ocasión bromeábamos de que los peces iban a salir disparados y tendríamos que echar la tarde recogiéndolos por las cunetas. Pero no. Siempre llegaban todos (también es verdad que ni los contábamos antes ni después). En la plaza de Palomar, con unos tablones y unas cajas, se montaba el mostrador, se colocaba el pescado, se echaba el bando (fundamental), y a esperar (no mucho) a ver aparecer a las vecinas. Durante la hora punta de la tarde, la plaza con el tenderete de peces se convertía en un foro romano, donde las ciudadanas (mayoría) exponían, debatían y solucionaban los problemas de la comunidad. Vamos, que aparte de ir a comprar pescado se acercaban a la plaza a alcahuetear, como en todo pueblo y comercio de pueblo que se precie.
Cuando ya comenzaban a decaer tanto la tarde como las ventas, se comenzaba a recoger el género, se volvían a ordenar las cajas en el vehículo, se atendía a la señora que venía a última hora (siempre había una), y nos volvíamos a Utrillas por la pista, donde de nuevo se descargaba el pescado y se guardaba en las cámaras.
Con el verano venían también las fiestas de todos los pueblos de la redolada y, lógicamente, no te podías perder ninguna (o, por lo menos, las menos posibles). Siempre había alguien que, haciendo dedo, te llevaba; y siempre había alguien que te traía. Palomar de Arroyos no era una excepción. Eso sí, pocos recuerdos tengo yo de esas fiestas (y no tiene nada que ver con la senectud), y la mayoría son de comentarios de las clientas los martes en la pescaderia, del tipo: "Pues te vieron en las fiestas de... y anda, que ibas fino...". Comentario al que no podías replicar nada porque tenía todos los aires de ser verdad. Y es que (ya me fastidia contradecir a Einstein) hay algo más rápido que la velocidad de la luz, y es la velocidad de los chismorreos entre los pueblos. Y no digo ya nada de las noticias en el mismo pueblo, donde a veces mis padres se enteraban de lo que había estado haciendo, incluso antes de aparecer yo por casa).
Pues esto es lo que tenia que contar de Palomar de Arroyos. Hoy día, es un pueblo muy arreglado, comunicado por amplias carreteras tanto con Castel de Cabra como con Escucha, con su iglesia en lo alto y sus calles siguiendo las curvas de nivel de la montañeta donde se ubica el casco urbano.
¡Ah, y una cosa más!. Que sepáis que hasta 1916 el pueblo se llamo, simplemente, Palomar. Pero como ya debíamos estar muchos "Palomar", se le añadió la coletilla "de Arroyos" que, según los estudiosos, proviene de la palabra hispánica arrugia = galería de mina. No podía ser de otra forma.

Agradecimientos: a Enriqueta y Pedro (que no mereció irse como se fue), a mi prima Mercedes, a la Malena la Nuri y a mi primo Pepe, a Juanjo (que nos dejó demasiado pronto), y a mi tía Virginia, a quien nunca olvidaré.





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